martes, 20 de marzo de 2012

Boris Yeltsin o como resucitar a un candidato moribundo.



En el año 2003 fue estrenada una curiosa película que se llama Spinning Boris y que trataba de la forma supuestamente “milagrosa” en la que tres consultores políticos norteamericanos lograban reconstruir a la “american way” la imagen impopular, desprestigiada, cansina, enfermiza e incluso alcoholizada del presidente Yeltsin hasta lograr lo que parecía su muy improbable reelección en las elecciones presidenciales rusas de 1996. Aunque la contribución de los asesores norteamericanos (Gorton, Dresner, and Shumate en la vida real) que es el tema de esta película no dejó de tener sus virtudes, la realidad es que más que la reconstrucción de un candidato que aparecía cachondo, alegre y bailarín en los actos de campaña fue una intensa campaña de desprestigio al adversario comunista, de miedo al retorno a un negro pasado y (debe decirse) a un sinfín de manipulaciones del sistema electoral y fraudes las que permitieron al buen Boris obtener la reelección para un mandato que ni siquiera terminó, viéndose obligado por su quebrantada salud a renunciar a la presidencia y dejar la estafeta a Vladimir Putin al principiar el año 2000.


Claro que fue un milagro la reelección de Yeltsin. A principio de 1996 hasta su esposa Naina le decía a Boris que era mejor no presentarse como candidato. "porque la gente vive demasiado mal en nuestro país". En aquella época, los sondeos sólo le concedían al mandatario un 6% de intención de voto. Rusia atravesaba por una angustiosa encrucijada. ¿Verdaderamente el país más extenso del mundo avanzaba hacia la instauración de una democracia estable, o la guerra en Chechenia es el primer episodio de la restauración de un régimen autoritario? ¿Podrán los rusos superar la crisis que afecta a su economía y tener éxito en la construcción de un sistema eficaz de libre mercado, o resucitará de su tumba el comunismo? ¿Que augura para Rusia y para el mundo el resurgimiento del ultranacionalismo eslavófilo?




En diciembre de 1995 se habían celebrado elecciones para renovar a la cámara baja del parlamento, en la que salió fortalecido el Partido Comunista, liderado por Gyennadi Ziuganov, el cual se ha caracterizado por su intransigente oposición a las reformas de tipo liberal que ha efectuado el gobierno desde la ascensión al poder del presidente Yeltsin. Asimismo, mantuvieron una presencia importante en el parlamento las organizaciones ultranacionalistas que demandaban el restablecimiento de Rusia, a-como-diera-lugar como una potencia mundial “de primer orden. Tendencias chauvinistas eslavófilas, las cuales, desde el siglo XIX han mantenido una presencia notable dentro de la sociedad rusa, incluso durante el largo período que duró el régimen comunista.


Además, las credenciales democráticas del Yeltsin se pusieron en tela de juicio con la sangrienta guerra en Chechenia, la cual no sólo fue prueba de que los viejos métodos autoritarios no habían sido desterrados del ánimo de los gobernantes de Moscú, sino que también coadyuvó a evitar la entrada de cuantiosas inversiones del exterior, las cuales resultan vitales para la recuperación económica del país. Para colmo, en los comicios de 1995 los comunistas aparecieron como la formación con mayor número de diputados, mientras que las fuerzas reformistas salieron debilitadas.


Por otra parte, poderosos factores trabajan en contra de la consolidación de un régimen democrático. El crecimiento de mafias organizadas, que funcionan en prácticamente todos los medios oficiales y no oficiales se habían convertido en una pesadilla para el Estado ruso y en una amenaza constante para la seguridad de los ciudadanos, particularmente de los hombres de negocios. A pesar de haberse registrado en los últimos meses algunas mejoras en algunos índices económicos, el desempleo y la carestía siguen atosigando a la mayoría de la población. La crisis chechena demostró, una vez más, la carencia en Rusia de una verdadera identidad nacional y es un indicio de que infinidad de conflictos regionales podrían estallar próximamente. Pero, tal vez, lo más grave fuese la debilidad y apatía de la sociedad civil rusa, la cual sigue esperando que una "mano dura" sea capaz de reinstaurar el orden.


En efecto, al poco tiempo de desaparecida la Unión Soviética, la mayor parte de los rusos se manifestaban "desilusionados" de la democracia y soñaban con el "líder providencial" que fuera capaz de sacar al país de sus múltiples problemas, al grado que muchos analistas políticos destacaron el parecido que preocupantemente presenta la actual situación rusa con la crisis que padeció Alemania a principios de los años treinta, y que llevó a este último país al fascismo. En efecto, la etapa de la historia alemana conocido como la "República de Weimar" (1919-33) fue caracterizada por muchos de los elementos que ahora podemos encontrar en la Rusia postsoviética: intensa crisis económica, hiperinflación, desempleo crónico, desprestigio de las instituciones gubernamentales, violencia política, disputas fronterizas con las naciones vecinas y presencia de poderosos partidos extremistas. Además, la Rusia de los noventas, como la Alemania de los veintes, sufría de constantes humillaciones y reveses internacionales, a pesar de ser heredera de un enorme imperio que influyó enormemente por muchos años en la balanza internacional del poder. En Alemania, las circunstancias empeoraron hasta el punto de que la república fue abatida por el demagogo ultranacionalista Adolfo Hitler. ¿Será el destino fatal de la incipiente democracia rusa el ser vencida por un demagogo ultranacionalista como Vladimir Zhirinovsky o Alexander Lebed? Esa era una de las preguntas a dilucidar en los comicios de 1996.


La considerable influencia dentro de un numeroso sector de la opinión pública de la extrema derecha, así como el reforzamiento de los comunistas, quedó confirmados en las elecciones legislativas de 1995. Desde luego, vale la pena advertir que el resultado de estos comicios poco modificó al panorama político ruso. Recuérdese que a finales de 1993, con la supresión a sangre y fuego del parlamento y la promulgación de la una nueva Constitución, el Poder Legislativo perdió influencia en favor del Ejecutivo. Además, ningún partido fue capaz de rebasar por sí mismo el 25% de los votos, con lo que el Congreso de Diputados del Pueblo sigue caracterizado por la atomización que tanto contribuye a reducir, aún más, la efectividad parlamentaria. Pero los comicios de diciembre fueron un termómetro que exhibieron el estado actual de la opinión pública en Rusia, y mostraron en su verdadera dimensión la presencia que algunos conspicuos personajes habían ganado rumbo a las elecciones que verdaderamente cuentan: las presidenciales.


Para 1996, básicamente, el complicado escenario partidista ruso podía dividirse en dos campos: los partidos "reformistas", más o menos adeptos a los programas económicos aplicados por el actual régimen, y los conservadores y ultranacionalistas, opuestos en la forma y el fondo a dichas políticas. Evidentemente, existían importantes matices que diferencian entre sí tanto a los partidos reformistas como a los conservadores, la principal de las cuales residía en las rivalidades personales que habían surgido en los noventas entre los líderes de los distintos grupos involucrados.


Dentro de los reformistas destacaba el partido Nuestra Casa es Rusia, liderado por el entonces primer ministro Viktor Chernomyrdin, quien se había convertido en el favorito de todos los sectores beneficiados por las reformas y quien indudablemente contaba con los suficientes recursos para efectuar una campaña nacional intensa. Chernomyrdin era también el consentido de occidente, gracias a que se había dedicado a moderar, en la medida de lo posible, las posiciones de Yeltsin tanto en lo concerniente a la política interior como a su trato con el exterior.


Otras organizaciones pro reforma eran el bloque Yabloko, dirigida por el economista radical Grigory Yavlinsky, grupo relativamente distanciado del presidente Yeltsin, al que acusaba de haber "frenado" a la reforma; el Partido de Unidad y Acuerdo, encabezado por Sergei Shakhrai, organización que sugería emprender una mayor descentralización; Alternativa Rusa, del ex premier Yegor Gaidar, el primer promotor del neoliberalismo "a la rusa"; y el partido Rusia hacia Adelante, de Boris Fedorov. Todos estos grupos apoyan en mayor o menor medida la idea de impulsar en Rusia una economía de mercado, mantener un sistema democrático de gobierno y establecer estrechos vínculos de colaboración tanto con occidente como con los países vecinos.


En el sector anti-reformista se encontraban los comunistas, quienes contaban con el partido mejor organizado a nivel nacional y el menos dependiente de personalidades, y el Partido Agrario, muy popular entre los campesinos por su tenaz oposición a la reforma agraria radical promovida por el gobierno. Después tenemos a Poder para el Pueblo, organización lidereada por Nikolai Ryzhkov, ex primer ministro en la era Gorbachov, un nostálgico de la Perestroika a quien le hubiese gustado refundar a la Unión Soviética.


A extrema derecha se ingresaba al territorio del ultranacionalismo, donde destacaba el general Alexander Lebed, quien encabezaba a la sazón al Congreso de Comunidades Rusas, al ex vicepresidente Alexander Rutskoi, jefe del partido Gran Poder, y al vesánico Vladimir Zhirinovsky con su Partido "Liberal Democrático". Son precisamente estos partidos chauvinistas los que más acaparaban la atención de la opinión pública tanto al interior como fuera de las fronteras de la Federación Rusa.


Como lo habrá podido notar el lector, la gran mayoría de los partidos rusos gravitaban en torno al carisma de su principal dirigente. En efecto, el inestable sistema de partidos ruso era (y aun es en 2012) sumamente débil, y ha estado caracterizado por contar con estructuras exageradamente descentralizadas e indisciplinadas, carentes de programas de gobierno realmente coherentes. La personalización es todavía más grave en los grupos ultranacionalistas, donde una serie de políticos han logrado notoriedad pública enarbolando propuestas caracterizadas por su mesianismo, su rechazo a las "fórmulas extranjeras", su odio a las minorías y su pretensión de devolver a Rusia el estatus de “gran potencia”.


Una docena de partidos lograron acceder a la representación parlamentaria en los comicios generales de 1993, e incluso lograron ingresar al parlamento más de un centenar de candidatos independientes, quienes lograron triunfar en los distritos uninominales sin el apoyo de ningún partido, lo que coadyuvó a atomizar aún más al Congreso de Diputados del Pueblo. Por cierto que buena parte de estos independientes se dedicaban a vender alegre y cínicamente su voto al mejor postor, dando lugar a un sinfín de casos de corrupción y coadyuvando a la ingobernabilidad del régimen político ruso. Una lección más que aprender en México, sobre todo por quienes ven en las “candidaturas ciudadanas” la solución a todos nuestros problemas políticos.


Pero volviendo al tema, las elecciones legislativas de diciembre de 1995 sirvieron fundamentalmente para perfilar a los candidatos que habrán de competir en la carera presidencial del año siguiente. La esperanza de Yeltsin era, desde un principio, que los rusos lo consideren un “mal menor” ante la inusitada resurrección de los comunistas. Para ello, el actual presidente debe convencer a sus conciudadanos de que el camino del libre mercado sigue siendo el mejor, de que él es un estadista de talla internacional capaz de tratar de tú a tú con occidente y de que la infame guerra en Chechenia está por terminar. A su favor, Yeltsinpodrá contar con el apoyo de la nueva casta de empresarios y banqueros rusos y con el respaldo del aparato gubernamental. Por eso el presidenteprocuró presentarse como el garante de un proceso de reformas hacia una economía mixta de mercado, pero reconociendo la necesidad de suavizar el coste social, pero hizo tantas y a menudo tan contradictorias promesas en campana que nadie esperaba que podría satisfacer las expectativas creadas. Contradicciones que tenían que ver con el contenido y el ritmo de las reformas económicas, la corrupción, el cruento conflicto checheno (en ese momento en su punto más álgido) y sobre el papel internacional de Rusia. Ello, aunado a la declinante salud del mandatario, hicieron comentar a algunos especialistas que Yelsin había ganado un poco al modo de El Cid. Habría que añadir un Cid que triunfó agitando como espantajo toda una campaña negra de desprestigio al adversario.


No fue, pues, únicamente la venta de Yeltsin el personaje convertido en bonito objeto de explotación mercadológica la clave del triunfo, tal y como nos lo pretende hacer creer Spinning Boris, aunque para la primera vuelta electoral si se procuró explotar como figura central al mismo presidente, dinámico y chabacanote, en plena forma y coqueto. Un ritmo de campaña que (y esto si lo cuenta Spinning Boris) fue muy pesado para Yeltsin, que había sufrido dos infartos el año previo. El presidente se resintió sobre todo eso. Además, un célebre escándalo protagonizado por uno de los favoritos del entorno yeltsiniano, Alexandr Korzhakov - el jefe del Servicio de Seguridad presidencial-y que se suscito entre la primera y segunda vuelta casi hace que todo se echara a perder. Pero Yeltsin tuvo buenos reflejos y destituyó a Korzhakov y a sus aliados, incluido el jefe del servicio federal de Seguridad y el viceprimer ministro, Alexandr Soskovets, haciendo que todo este peligroso asunto apareciera como un victoria de los reformistas frente a los conservadores.


Pero hacia la segunda estrategia, con el candidato postulado por el partido comunista como único sobreviviente en liza frente a Yeltsin, lo que imperó fue una intensa y despiadada campaña negativa. Desde todas las cadenas de televisión (controladas por el Estado) y de forma masiva, los ciudadanos fueron bombardeados con anuncios y spots que respondían al esquema de desprestigiar al Partido Comunista y a su candidato, principales adversarios de Yeltsin. Se recordaban los años negros del stalinismo, de la brutal represión y las purgas, del hambre, de los años de estancamiento económico. Se sucedían en las pantallas imágenes documentales con terroríficas escenas: niños famélicos de cuerpos depauperados, ejecuciones de tiro en la nuca, campos de concentración, bolcheviques en plena tarea de derribar campanarios. Y el conjunto iba acompañado de un texto en el que, a tenor de las imágenes, alternaban tres ideas: "En 1917 nadie en Rusia podía pensar que el hermano atacaría al hermano y el padre al hijo", "que podía haber hambre"', "que iban a fusilar a familias enteras y a eliminar a pueblos enteros". "Los comunistas no han cambiado, ni siquiera han cambiado su nombre. Tampoco cambiarán sus métodos. Aún no es tarde para evitar la guerra civil". El clip concluía con una exhortación al elector -"¡No permitas el caos rojo!"- y una invocación al mismo Dios en el tipo de letra habitual en la liturgia ortodoxa: "Salva y conserva a Rusia".


Otra jugada maestra la hizo Yeltsin cuando, rumbo a la segunda vuelta, anunció que nombraría al popular general Alexander Lebed, quien había quedado tercero en la primera vuelta, como responsable de la seguridad del estado “con el encargo supremo de extirpar la corrupción en Rusia”. Con ello el presidente ganó para la segunda vuelta buena parte de los 11 millones de votos que obtuvo Lebed en la ronda preliminar. Y claro que una vez reelecto Yeltsin cumplió su promesa y nombró a Lebed con el pomposo título de secretario general del Consejo Nacional de Seguridad, paro solo para obligarlo a renunciar dos mese después.

Fue así como se gestó el milagro de la resucitación de Yeltsin en las elecciones presidenciales a pesar de haber encabezado durante cinco años una gestión que había hundido el nivel de vida y los ingresos de la mayoría de la población y que se encontraba entrampado en un humillante y ominoso conflicto bélico, con recursos financieros ilimitados, medios de comunicación bajo control, una Comisión Electoral Nacional parcial y dócil a los dictados del gobierno, un candidato al que no le falto voluntad de poder a la hora de la verdad, una desmedida campaña negra contra su adversario comunista, la presencia de ultranacionalistas impresentables…….ah, y con la amable asesoría de un grupo de consultores gringos.

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