martes, 22 de marzo de 2016

De Winston Churchill a Donald Trump, auge y decadencia de las elecciones



Ya está disponible en Amazon la versión electrónica del libro De Winston Churchill a Donald Trump: auge y decadencia de las elecciones. Aquí puedes leer el índice, prólogo e introducción, así como algunas de las entradas. Puedes comprarlo haciendo clic en el gadget correspondiente que aparece en la columna derecha de este blog.






Índice del libro



Índice:
Prólogo
Auge y Decadencia de las Elecciones en el Mundo
El León Humillado (Reino Unido, 1945)
Give ‘em Hell, Harry! (Estados Unidos, 1948)
El Príncipe y el "Méndigo" (Estados Unidos, 1960)
El Águila y el Zorro (Francia, 1965)
La Mayoría Silenciosa (Estados Unidos, 1968)
Brandt y el Auge de la Socialdemocracia (Alemania, 1969)
Thatcher: La Hora de una Opción Radical (Reino Unido, 1979)
Let´s Make America Great Again! (Estados Unidos, 1980)
La Fuerza Tranquila (Francia, 1981)
El Partido Verde Alemán (Alemania,1983)
La Reconstrucción de François Mitterrand (Francia, 1988)
México y su Eterna Transición a la Democracia (México 1988, 2000 y 2006)
Elecciones al Principio y Fin de las Democracias (Filipinas 1986, Polonia 1989, Perú 1990)
Nada Nuevo Bajo el Sol (Brasil, 1989)
El Fraude de la Anti Política en Italia (Italia, 1992 y 1994)
Dormir sobre Laureles (Estados Unidos, 1992)
Las Dos Décadas Pérdidas de Japón (Japón, 1993)
“La Más Dulce de las Derrotas” (España, 1996)
Boris Yeltsin, o como resucitar a un candidato moribundo (Rusia, 1996)
Tony Blair, o como reinventar a un partido moribundo (Reino Unido, 1997)
Schroeder, a Pesar de su Partido (Alemania, 1998)
Bush Jr. Vs. Gore, o el Fin del Paradigma (Estados Unidos, 2000)
La Decadencia de la V República Francesa (Francia, 2002 y 2012)
Obama y la Era de la Cyberpolítica (Estados Unidos, 2008)
Soberbia, Mentiras y un Naufragio Electoral de Última Hora (España, 2012)
Las Orejas del Lobo (Parlamento Europeo, 2014)
Podemos y Los Reaccionarios del 15-M (España, 2015)
A Contracorriente (Canadá, 2015)
¿Donald Trump en la Bandera de Estados Unidos? (Estados Unidos, 2016)

Elecciones en el Siglo XXI
Candidaturas Independientes y Personalización de la Política
Los Dos Filos de la Democracia Digital
¿Cuándo es Letal un Gaffe de Campaña?
¿Todavía es Viable la Democracia Representativa?
Recuperar la Lógica de los Contrapesos
Democracias Deficientes vs Regímenes Semiautoritarios
Combatir el Clientelismo
Gobernabilidad Democrática
Fórmulas Electorales y Calidad de Representación
Poder Ciudadano y Reforma Política
Crisis de los Partidos y Financiamiento de la Política
Grillo y Berlusconi: Dos Caras Distintas, una Misma Demagogia
Auge y Caída del Neo Populismo en América Latina
¿De Verdad ya no hay Líderes?

Campañas Electorales: Esa Apoteosis de Estupidez Humana.

Prólogo del libro, por Luis Carlos Ugalde

Prólogo del libro




Prólogo

El Libro De Winston Churchill a Donald Trump: Auge y Decadencia de las Elecciones en el Mundo, de Pedro Arturo Aguirre, es mucho más una historia electoral. Se trata de una reflexión sobre la fortuna y la tragedia -más allá de las urnas- de decenas de políticos en los últimos 70 años. Todos son políticos, aunque algunos hayan navegado como anti-políticos o ciudadanos buenos e impolutos. Algunos de los personajes que recorren las páginas de este libro fueron estadistas, otros meros oportunistas; algunos talentosos y elocuentes, otros grises y aburridos, pero casi todos con capacidad de adaptación y aprendizaje. No han faltado incluso “payasos”, según el autor.

El libro describe cómo el candidato, así como su contexto económico y político influyen los resultados de una elección, pero también el azar y otros accidentes coyunturales. También cómo los políticos se engrandecen o encojen en las campañas, cómo capturan el sentimiento de la gente y lo traducen en triunfos arrolladores o en fracasos rotundos cuando son incapaces de actuar y leer el humor público con sentido común.

El libro de Pedro Arturo también es un recuento pormenorizado de lo que ocurría en el mundo al momento de las elecciones que se narran. En el capítulo sobre la elección de 1945 en la Gran Bretaña, por ejemplo, cuando pierde Winston Churchill pocas semanas después de haber ganado la Segunda Guerra Mundial, nos enteramos de las alianzas europeas y atlánticas y el inicio de la Guerra Fría. Con la narración de la elección de 1960 en Estados Unidos, comprendemos el auge económico de los años cincuenta, pero también el segregacionismo que imperaba en aquel país y del inicio del movimiento de derechos civiles cuyas secuelas aun vivimos y que tuvieron su cenit en otra elección, la de Barack Obama, en 2008.

Con la narración de elecciones en Alemania y Francia en los años sesenta y setenta, entendemos la lógica del Estado del bienestar y la importancia de la social democracia en aquel continente. Años después vemos el cambio de paradigma con el ascenso de Margaret Thatcher en la Gran Bretaña.

Un tema que brota una y otra vez es la personalización de la política en las campañas. Reproduce el autor una nota del diario El País respecto a una campaña presidencial: “Un aire de galán de telenovela (…) un buen manejo de la televisión; un discurso simple, banal y sin contenido, (…) el apoyo de una todopoderosa cadena de televisión (…) y evitar a toda costa el debate con los otros candidatos y las entrevistas a cuerpo descubierto con la Prensa, le han bastado al candidato (…) para encaramarse en la cabeza de las encuestas”. No se trataba de México en 2012, sino de Brasil en 1990, hace 26 años, cuando Fernando Collor de Mello fue electo presidente, pero a la postre vituperado por escándalos de corrupción que lo forzaron a dimitir apenas dos años después de iniciar su mandato. Quien perdió en aquella contienda fue un joven y desconocido líder sindical que sería presidente con el nuevo milenio: Luis Ignacio “Lula” da Silva, y quien hoy se ve vería envuelto en escándalos de corrupción.

Pero 30 años antes de esa elección de Collor de Mello también la imagen y la TV habían jugado un papel relevante en el triunfo de John F. Kennedy en los Estados Unidos en 1960 y en la reelección de Charles de Gaulle en Francia en 1965, fomentada en buen grado por los medios masivos de comunicación. Nos dice Aguirre que “la importancia de los partidos y los programas de gobierno quedaba relegada frente a las figuras personales de los candidatos”.

Que la imagen pese tanto en la política electoral no significa que las ideas hayan desaparecido en la contienda por los votos. Notoria fue la elección en Gran Bretaña en 1979, cuando no solo se definió el cambio de mando de los laboristas a los conservadores, sino marcó un giro ideológico y económico mundial conocido como la revolución neoliberal y que marcaría el destino de decenas de naciones en las siguientes décadas.

El triunfo de Margaret Thatcher, la “Dama de Hierro”, fue una muestra —según el autor— de que no siempre es cierto aquello de que "gana las elecciones quien conquista el centro", sino que en situaciones de crisis profunda las opciones más radicales tienen una fuerte oportunidad de salir victoriosas. Y yo añadiría, ideas radicales con sustento ideológico y con contenido programático.

Sumamente interesante resulta vislumbrar que “no hay nada nuevo bajo el sol” en usar a la “anti-política” como táctica discursiva de campaña. Nos dice Pedro Arturo que muchos de esos experimentos acabaron en corrupción, compadrazgo, crisis y decepción ciudadana: “Los caudillos civiles resultaron muchas veces peores que los políticos tradicionales y los países que se embarcaron en la aventura de tratar de reconstruir sus sistemas de partidos seducidos con el discurso de la anti política enarbolado por estos ciudadanos supuestamente "impolutos" cayeron en graves crisis de diversa índole, cuando no en las garras de regímenes abiertamente autoritarios”.

Especial atención merece el caso italiano, no solo porque ahí se encumbró un supuesto antipolítico que prometió salvar a Italia de la corrupción de los políticos tradicionales, sino que ese salvador resultó un mesías y bufón que avergonzó a su país delante del mundo. Se trata, obviamente, de Silvio Berlusconi, un bufón usó el nombre de la porra de un equipo de futbol y llamó Forza Italia al partido que lo llevó al poder.

Pero acaso el fenómeno más relevante es el de la partitocrazia italiana, ejemplo de la auto complacencia de una clase política decrépita que se alejaba cada vez más de la sociedad a fines del siglo XX. El autor narra con detalle los intentos para reformar el sistema electoral italiano a lo largo de la década de 1990 y cómo todos ellos fracasaron. Intentos para lograr mediante la reingeniería constitucional un cambio en los hábitos de los políticos. Pero lo más sorprendente (u obvio) es que las reglas no cambian tradiciones centenarias. Fue una ingenuidad pensar que cambiando el sistema de representación proporcional por uno de elección uninominal de los parlamentarios significaría una mayor responsabilidad de los políticos frente a la sociedad.

Respecto al caso italiano, Pedro Arturo Aguirre cita a Michelangelo Bovero, quien dice que “el más execrable régimen posible, la Kakistocracia, es resultado de la nefasta combinación de las peores formas de gobierno: tiranía, oligarquía y oclocracia, en una crítica apenas velada contra tres de los principales dirigentes de la Italia actual: Fini, Berluscuni y Bossi”.

Que no haya nada nuevo bajo el sol significa también corta memoria de los electores y ello facilita una dosis de demagogia e incluso impunidad de los candidatos: repetir promesas, usar jiribillas populares como si fueran nuevas, cambiar de postura como si fueran zapatos y no pagar costos por ello. Los orígenes nacionalistas de la campaña presidencial de Donald Trump de 2015-16, por ejemplo, pueden trazarse a 1992: la demagogia y discurso estridente, nacionalista, aunque menos violento, de un independiente que se lanzó en busca de la Casa Blanca: Ross Perot. En 2016 como en 1992, los disparates y las aseveraciones sin sustento, por ejemplo, en temas de comercio internacional, fluían como agua sin que los candidatos antes y ahora tuviesen que contrastar sus dichos con los hechos.

La retórica anti Washington y anti establishment que ha dominado la política americana y de otros países ha sido usada por todos: demócratas, republicanos, activistas del Tea Party, independientes e incluso “socialistas” como el senador Bernie Sanders, quien en 2016 lanzó una muy atractiva campaña en pos de la nominación del Partido Demócrata.

Finalmente, un tema que brota una y otra vez en la obra de Aguirre es el desgaste natural del ejercicio del poder que lleva al abuso del poder, a la corrupción, al nepotismo y al desenamoramiento de los electores. Si en los sistemas presidenciales hay mandatos fijos de tiempo y restricciones absolutas o relativas para la reelección, en los sistemas parlamentarios el límite lo da la popularidad, la gobernabilidad al interior de los partidos y el entorno económico que debido a los ciclos coloca con frecuencia a los líderes políticos en una situación de declive.

Si Margaret Thatcher había inaugurado una revolución conservadora en 1979, no solo al interior de su partido sino en el mundo occidental, el ejercicio del poder desgastó su posición y eventualmente llevó a los tories a perder el poder en 1997. Si Tony Blair había sido un icono de renovación del Partido Laborista a mediados de los años noventa y llevado nuevamente a la izquierda nuevamente a Downing Street, fue el ejercicio del poder y su osadía de apoyar la guerra de Iraq en 2003, lo que lo llevó a su desgaste y nuevamente al regreso de otros al poder en la Gran Bretaña.

Lo mismo ocurrió en España como lo narra el capítulo dedicado a Felipe González, donde describe su ascenso en 1982 y su gradual, pero imparable, declive que culminó con el triunfo del Partido Popular en 1999. Por más carisma y talento que tuviese González en España o Blair en Gran Bretaña, el ejercicio del poder desgasta: siembra enemigos, cosecha acusaciones, detona la corrupción y eventualmente el enamoramiento termina en divorcio, tan solo para que inicie un nuevo ciclo que termina lustros después.

El futuro de las elecciones

Al concluir la lectura de este magnífico libro, la sensación que queda es que habrá pocas sorpresas en el horizonte; que las elecciones seguirán celebrándose con personajes de diferente calibre: visionarios, talentosos, incansables, oportunistas, ignorantes con sentido común, mitómanos y megalómanos.

Ya está cambiando el medio para difundir el mensaje, pero como en las novelas de amor, los temas serán los mismos: acabar con los privilegios, ampliar las oportunidades, procurar justicia, mejorar la seguridad de las personas. Las redes sociales, como los medios electrónicos antes, jugarán un papel creciente en la competencia electoral y cambiarán la envoltura de los mensajes, pero éstos seguirán siendo los mismos, en buena parte, como resultado de que la política ha sido, todavía, insuficiente para cumplir las promesas que los políticos hacen en campaña.

Y en ese entorno, la anti-política y el populismo seguirán siendo un buen negocio de los oportunistas, de los ingenuos o de los salvadores para ofrecer el cielo en la tierra sin cambiar demasiado las cosas

Luis Carlos Ugalde

Ciudad de México, marzo de 2016


Auge y Decadencia de las Elecciones en el Mundo: introducción del libro




Introducción


Auge y Decadencia de las Elecciones en el Mundo
“La democracia: ¡Esa manía de contar cabezas!"
F. Nietzsche

La historia de las naciones democráticas es la historia de sus elecciones. En cada proceso electoral se determina el rumbo que un país seguirá en los años siguientes en los terrenos económicos, políticos, sociales e internacionales. Las elecciones son las coyunturas neurálgicas de nuestro tiempo. Tras la derrota del nazi- fascismo en la Segunda Guerra Mundial, la democracia se prestigió como el sistema político más plausible, lo que pareció corroborarse décadas más tarde con la caída del muro de Berlín y la consiguiente vorágine democrática que invadió Europa del Este. En un período de tiempo asombrosamente corto arribó la democracia a tambor batiente a todas las naciones que alguna vez conformaron al bloque soviético, desde las remotas regiones siberianas hasta los montañosos pueblos en Albania. En América Latina, también en un lapso vertiginoso, incluso los más recalcitrantes militarismos latinoamericanos cedieron el poder a gobiernos democráticamente electos, mientras en Asia desde los llamados "tigres" del Pacífico hasta la atribulada Indochina emprendían el camino de la apertura. Fue en 1989 que Francis Fukuyama escribió, célebremente: “Quizá seamos testigos del punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la implantación de la democracia liberal occidental como forma definitiva del gobierno humano.” Ya iniciada nuestra centuria, también en las naciones del África Subsahariana, dentro de las cuales se encuentran las sociedades más precarias del planeta, comenzaba a vislumbrarse un cambio democrático, y las inusitadas rebeliones de la llamada "Primavera Árabe” esbozaron, en su momento, cierto espejismo democrático.

Sin embargo, a estas ráfagas de cambios ha seguido una etapa de crecientes y severos cuestionamientos a la funcionalidad de la democracia. Actualmente los partidos políticos y, en general, las instituciones de representación política padecen de una severa crisis de legitimidad. En los cinco continentes han surgido opciones que con la bandera de la “antipolítica” y la pretensión de constituir opciones “puramente ciudadanas” han cobrado excepcional popularidad y representan serios retos para los partidos tradicionales. Asimismo, el abstencionismo electoral crece en numerosas democracias y aparecen con cada vez mayor frecuencia campañas más o menos espontaneas que invitan a los ciudadanos a anular su voto como forma de protesta contra la clase política. Es previsible que todos estos fenómenos crezcan en los próximos años. Larry Diamond ya advertía en 2005 de un moderado, pero constante, declive democrático y no sólo en los países en desarrollo o de democratización reciente, sino también en Occidente y Estados Unidos. Por el contrario, mientras el prestigio de la democracia se quebrantaba, crecía la presencia e influencia de regímenes autoritarios como los de China, Rusia, Irán y populismos latinoamericanos.

Los movimientos emergentes acusan a los partidos tradicionales de abandonar su obligación de establecer relaciones abiertas con la sociedad para centrar su lucha en la obtención y el mantenimiento del poder, de desgastarse en estériles pugnas antes que encarnar los valores y aspiraciones de los electores y de ser incapaces de ponerse a tono con las exigencias del mundo contemporáneo. Los constantes y cada vez más ignominiosos escándalos de corrupción, la profundización de la pobreza, las crisis económicas recurrentes, la creciente separación entre las élites políticas y los gobernados, la tendencia mundial de mayor concentración de la riqueza en pocas manos y el permanente incumplimiento de las promesas de campaña, son los factores clave en la pérdida de confianza de la ciudadanía. También muchos perciben un notable decaimiento en el nivel de los liderazgos políticos. El filósofo Tony Judt escribió en un brillante ensayo, poco antes de morir: “Durante el largo siglo del liberalismo constitucional, de Gladstone a Lyndon B. Johnson, las democracias occidentales estuvieron dirigidas por hombres de talla superior. Con independencia de sus afinidades políticas, Léon Blum y Winston Churchill, Luigi Einaudi y Willy Brandt, David Lloyd George y Franklin Roosevelt representaban una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades morales y sociales. Es discutible si fueron las circunstancias las que produjeron a los políticos o si la cultura de la época condujo a hombres de este calibre a dedicarse a la política. Políticamente, la nuestra es una época de pigmeos”.

Es así que se percibe a democracia como incapaz de funcionar como un mecanismo de transformación social o de redistribución de oportunidades para funcionar como meramente cancha exclusiva del juego de sectores poderosos e influyentes. Se habla hoy como nunca antes de democracias degradadas, corruptas, carentes de reglas justas, en fin, de una democracia de muy baja calidad, sin proyecto y sin audacia, restringida únicamente a la tarea de renovar élites y elencos, que ha propiciado una pérdida de credibilidad en las instituciones y una devaluación generalizada de la política.

Tradicionalmente, las elecciones funcionaban por intermedio de organizaciones que proponían candidatos representativos de determinados bloques de opciones políticas expresados en una plataforma electoral. Sin embargo, por diversos motivos, esta vieja práctica se ha vuelto obsoleta. Los armazones ideológicos han perdido fuerza. Los votantes no aceptan ya plantillas programáticas, por eso los partidos se han transformado en máquinas constituidas por cuadros de profesionales muy organizados como estructura, pero cada vez menos identificados con un puntal filosófico. Paradójicamente se han vuelto más tribales al perder sus peculiaridades ideológicas. En los partidos actuales, pertenecer importa más que creer. Esta trivialización los aleja del ámbito ciudadano. La inmensa mayoría de los electores no desea pertenecer a partido alguno, por tanto, el juego electoral se convierte en un deporte de minorías. El resultado es una desconexión evidente entre los actores políticos y el electorado. Como los partidos son los principales responsables de la representación parlamentaria, esta desconexión afecta a una de las instituciones democráticas cruciales. La gente ya no se considera representada por los parlamentos, por consiguiente, éstos pierden legitimidad en la misión de tomar decisiones en su nombre.

Ante este panorama no es de extrañar que proliferen movimientos y candidaturas independientes o “antipolíticas” que dicen ser ajenos a los intereses y prácticas de los partidos tradicionales. Sin embargo, no debe perderse de vista que esta revolución de la antipolítica muchas veces ha desembocado en desilusiones aún mayores.  En naciones como Italia, Japón, Venezuela y Perú emergieron en el pasado reciente grupos encabezados por caudillos pretendidamente “civiles” que decían encabezar una revuelta de las “auténticos” ciudadanos en contra de los “perversos políticos de siempre”. En su momento se tenía la esperanza de que el surgimiento de candidatos supuestamente ajenos a los grupos de poder y dueños de una fachada “ciudadana” fuera capaz de revigorizar los gobiernos de países que habían padecido clases políticas excesivamente corruptas e ineficientes. Los resultados, a la vuelta de los años, fueron enormemente decepcionantes. Los caudillos “civiles” resultaron muchas veces peores que los políticos tradicionales y algunos países que se embarcaron en la aventura de tratar de reconstruir sus sistemas de partidos seducidos con el discurso de la antipolítica enarbolado por estos ciudadanos supuestamente “impolutos” cayeron en graves crisis de diversa índole, cuando no en las garras de regímenes abiertamente despóticos. Y con el autoritarismo nunca llegan esas soluciones fáciles a problemas complejos que siempre ofrecen los líderes mesiánicos, sino todo contrario, sobreviene la violación sistemática de los derechos humanos, más corrupción, peor subdesarrollo, y –a la larga- mayor concentración de la riqueza en las manos de oligarcas con el consiguiente empeoramiento de la pobreza.

Asimismo, el debilitamiento de los partidos puede dar lugar a una excesiva personalización de la política y a incrementar la influencia de poderes fácticos, de los intereses económicos, de los grupos de presión y medios de comunicación.  Ante la ineptitud de la política, la plutocracia y la “mediocracia” pueden ganarle la batalla a la democracia. Sí, debe dársele la bienvenida a la aparición de nuevos movimientos y candidaturas independientes. Pero es importante no caer en la tentación de idealizar estas opciones. Si bien los partidos han entrado en crisis y debe demandárseles encontrar fórmulas para reconectar con la ciudadanía, también es cierto que una sociedad políticamente madura entiende que la democracia es un sistema de gobierno, en buena medida, desilusionante, y que los atajos a los desafíos sociales son quimeras que venden los demagogos.

También hay quienes postulan que los males de la democracia solo se solucionan con más democracia y exploran alternativas para ampliar la pluralidad de la participación ciudadana, pero cada una de las alternativas plantea sus propios problemas. La acción directa mediante manifestaciones callejeras se ha vuelto un hecho común y -a menudo- eficaz, pero es muchas veces violenta y suele servir solo para enquistar posturas. Además, tenemos a las organizaciones no gubernamentales, en principio más estrechamente vinculadas con la ciudadanía, aunque sus estructuras suelen ser muy poco democráticas. Sobra quien propone apelar al máximo a la democracia directa, sobre todo ahora en la era del internet, pero no es posible establecer conexiones duraderas entre gobernantes y gobernados reduciendo el debate público al simple referéndum cotidiano. Lo dijo De Gaulle poco tiempo antes de renunciar a la presidencia: “Los referéndums son peligrosos porque suele ocurrir que la gente no responde a la pregunta que se le fórmula”.

Desafío hercúleo será revertir la desilusión con la democracia y las elecciones en este siglo en que impera la cultura de la inmediatez y de la satisfacción instantánea.  La democracia es, a final de cuentas, un sistema ingrato, aburrido, siempre nugatorio. Es la tierra de las negociaciones, de los “toma y daca”, de las limitaciones que impone lo que Bismarck llamó “mundo de lo posible”. La demanda de inmediatez produce que el exceso de pragmatismo, la frivolidad, lo efímero, la simplicidad conceptual y la retórica meramente persuasiva. El espectáculo vende más que las ideas y los razonamientos. Lo superficial prima sobre lo esencial. Se va perdiendo la dimensión de las cosas en el afán de hacerse del poder por el poder mismo. Dicho en los términos expresados por Ralf Dahrendorf: “A esta altura, entra en juego otro hecho totalmente disociado de aquél. El pueblo está más impaciente que nunca. En tanto consumidor, se ha habituado a la gratificación instantánea. Pero como votante debe esperar a que se manifiesten los frutos de su elección en las urnas, si los hubiere. A veces, nunca ven los resultados deseados. La democracia necesita tiempo, no sólo para votar, sino también para deliberar, revisar y compulsar. El consumidor-votante es reacio a aceptar esto y, por ende, se aparta”.

El fenómeno electoral y todo lo que le concierne merece conocimiento y reflexión. Este libro es un sucinto recorrido por treinta y cuatro de los procesos electorales más emblemáticos y trascendentales celebrados en el mundo a partir de 1945. Pone el énfasis en la descripción de los candidatos que las protagonizaron y de los avatares políticos y muchas veces personales que enfrentaron en su afán de conquistar el poder. También describe brevemente los contextos nacionales en los que estas elecciones se llevaron a cabo y analiza lo que algunos llaman, no sin algo de pedantería, “estrategias de comunicación política”. No se pretende hacer un examen “a fondo” sociológico o politológico del fenómeno electoral, ni se examinan los “pros y contras” de los sistemas de votación, y mucho menos es una historia conceptual de ideologías políticas, Simplemente se trata de un ejercicio para repensar la evolución (¿involución?) de las elecciones en el mundo. Por aquí desfilan los grandes y pequeños candidatos, los estadistas y los payasos, los visionarios, demagogos, tecnócratas, oportunistas, semianalfabetos y mesiánicos que han protagonizado el drama electoral desde las cimas de su auge hasta las simas de su triste decadencia.






lunes, 6 de octubre de 2014

En 2016 se Publicará el Libro "Historia de las Elecciones: de Winston Churchill a Donald Trump"




En algún momento de 2016 se publicará el libro "Historia de las Elecciones: de Winston Churchill a Donald Trump". Abordará las más notables campañas electorales desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el momento y analizará, entre otras cosas, la profunda crisis de representatividad en la que están inmersos los partidos políticos en pleno siglo XXI. Para tal efecto estoy revisando exhaustivamente las entradas de este blog y publicándolas en El Blog de Pedro Arturo Aguirre. Estarán ahí hasta que el libro esté publicado y, entonces, necesariamente las entradas desaparecerán de uno y otro lado. Estén pendientes.



sábado, 22 de septiembre de 2012

El coraje y la tenacidad del demócrata Kim Dae Jung



Uno de los resultados menos comentados pero más representativos de las olimpiadas que se celebraron en Londres en 2012 fue el estupendo lugar que obtuvo la República de Corea en el medallero: cuarto lugar solo detrás de China, Estados Unidos y el anfitrión Reino Unido y por encima de potencias deportivas tradicionales como Rusia, Alemania, Francia, etc. El éxito olímpico de los coreanos del sur solo es un síntoma más de uno de los fenómenos de desarrollo sostenido y acelerado más espectaculares que se verificó en la segunda mitad del siglo XX: el inaudito despegue económico de Corea del Sur, nación de casi 45 millones de habitantes que a partir de principios de los años sesenta adoptó un agresivo modelo de industrialización orientada a la exportación basado en una férrea austeridad, importación de tecnología, disciplina y capacitación laboral masiva. Pieza clave de este modelo de desarrollo lo fue el denominado “dirigismo estatal”, mediante el cual el Estado alentó la creación de grandes conglomerados industriales privados, los célebres Chaebols, para que fueran los principales agentes de la industrialización. Los Chaebols gozaron en su camino al éxito por años todo tipo de privilegios: subsidios, ventajas fiscales, estabilidad laboral, subvaluación monetaria y, sobre todo, una agresiva política de préstamos blandos otorgados por la banca coreana.

En poco más de treinta años Corea pasó de ser un país rural atrasado con indicadores sociales y económicos parecidos a los de naciones como Ghana a ser la undécima economía más grande del mundo. El tigre promedió durante las últimas décadas del siglo XX un alucinante 8.6% de crecimiento anual del PIB, el monto de sus exportaciones creció de los 33 millones de dólares en 1960 a 130 billones de dólares en 1996, la esperanza de vida ha pasado de 47 a 71 años en el período 1955-95 y el ingreso per cápita creció de 80 a 10,000 dólares.

Desde luego, condición básica para que el modelo de industrialización basado en la exportación tuviera éxito fue el prevalecimiento de un régimen político sumamente autoritario. Tras algún incipiente experimento democrático, el general Park Chung Hee perpetró en 1961 un golpe de Estado que puso en las manos de las fuerzas armadas el control del gobierno por varios lustros, bajo el pretexto de la seguridad nacional estaba amenazada por el régimen comunista de Corea del Norte. Durante la rígida férula castrense se desarrollo la estrategia económica que llevó al país a vivir su milagro, pero la industrialización también propició que crecieran las demandas en pro de la democratización
Al principiar la década de los ochentas, las demandas en favor de la democratización del sistema político sudcoreano eran ya incontenibles. Se volvía a probar la relación axiomática que existe entre el grado de desarrollo económico y cultural de un país y sus aspiraciones democráticas. Corea había alcanzado un nivel de progreso material extraordinario en el curso de unos cuantos años, lo que había repercutido notablemente en el nivel de vida de la población. El dominio que los militares habían ejercido sobre el poder político desde el final de la Guerra de Corea era una obsolescencia en un país altamente industrializado, como lo era ya el Estado coreano. Se necesitaba dar paso pronto a un sistema de partidos competitivo y a una democracia sustantiva, si se quería garantizar la estabilidad política e incluso la viabilidad de la nueva fase del modelo económico, que requería menos de la incondicional mano de obra barata, más de la capacidad para afrontar con éxito la competencia tecnológica internacional y un freno decido a la rampante corrupción que afloraba sin barreras bajo la cómplice mirada de los militares.

 

En 1980 los movimientos democratizadores fueron brutalmente reprimidos por el gobierno, pero un año más tarde fue promulgada una nueva Constitución que  era concebida tanto por la oposición como por el mismo régimen como un documento de transición, destinado a regir sobre una etapa preparatoria para la plena democratización del país. Pero a pesar de que la nueva Constitución representaba un relativo avance democrático respecto al sistema anterior, aún prevalecían condiciones que garantizaban el dominio del partido oficial y la permanencia de la influencia política del ejército. se elaboró una "lista negra" de líderes disidentes que no podrían participar más en política y se redactó una ley electoral que garantizaba la hegemonía del partido oficial.
La violencia política no tardaría en reaparecer con toda su fuerza. En 1984 se verificaron nuevamente virulentas manifestaciones antigubernamentales. Esta vez, los militares tenían ante sí el dilema de volver a reprimir con violencia a los disidentes o tratar de flexibilizar aún más al sistema. El régimen optó por lo último. Paulatinamente se fueron borrando nombres de la "lista negra", hasta que ésta desapareció por completo en marzo de 1985. También se permitió la formación de un  nuevo y poderoso partido de oposición, el Partido Democrático de la Nueva Corea (PDNC), dirigido por los simpatizantes de los dos principales líderes de la oposición: Kim Dae Jung y Kim Young Sam.

La coyuntura internacional era cada vez más favorable para la democratización de Corea, sobre todo ahora que la Unión Soviética era gobernada por Gorbachov. Muy pronto la Guerra Fría sería cosa del pasado, con lo que la principal excusa para no abrir al sistema político coreano, la presunta amenaza a la seguridad nacional que representaba la existencia de un régimen comunista agresivo en Corea del Norte, dejaría de tener validez. Estados Unidos estaba ya más interesado en profundizar los alcances de la llamada "tercera ola democrática" que en tolerar al autoritarismo de los militares coreanos.

Con la toma de posesión de Roh Tae Woo de la presidencia de Corea del Sur, verificada el 25 de febrero de 1988, cobro vigencia una nueva Constitución, la sexta en la relativamente breve historia del país. Se trataba de una nueva etapa, en la que tres serían las principales preocupaciones nacionales: la consolidación definitiva del proceso de democratización, el arribo de una crisis estructural del modelo económico y la posibilidad de reunificar pacíficamente al país, una eventualidad que parecía estar al alcance de la mano, tras décadas de un enconado enfrentamiento, a causa del fin de la Guerra Fría. Cada uno de estos temas siguen hoy en el centro de la discusión pública y han conocido evoluciones en sentidos encontrados. Mientras el proceso de democratización a logrado avanzar sustancialmente, sobre todo a raíz de la celebración de la elección presidencial de 1992, la reunificación es cada vez más incierta, a causa de la actitud equívoca asumida por las autoridades comunistas de Corea del Norte, y la economía ha caído en un desastre sin paralelos.

En 1991 se vivió una violenta ola de manifestaciones estudiantiles y de huelgas obreras, que volvieron a poner en entredicho a la estabilidad del país. Al mismo tiempo, la economía coreana entraba en una etapa recesiva. En efecto, al desaparecer, al principio de los noventas, las condiciones que habían permitido el asombroso éxito de la industrialización orientada a la exportación, del modelo comenzaba a ingresar en una etapa de crisis, la cual ha desembocado en el desastre actual. La mano de obra barata desapareció del escenario. Tras la liberalización política sobrevino un poderoso movimiento sindical, que luego de provocar miles de huelgas en el lapso que corrió de 1987 a 1991 consiguió elevar sustantivamente los salarios de los trabajadores, haciendo que otras naciones sudeste asiático, China e incluso América Latina y México resultaran más atractivas para la industria maquiladora. El modelo sufrió una pérdida alarmante de competitividad en sectores claves de su éxito como son el del automóvil, la industria naval o la electrónica, debido a un encarecimiento notable de los costes de producción y la entrada con fuerza de rivales, como China.
Por otra parte, el éxito del modelo debía mucho al dirigismo estatal, el cual por años propició una economía en constante expansión con una inyección de créditos blandos irracional a los Chaebols, los cuales estaban cada vez más interrelacionados con el poder político y se habían convertido en promotores de la corrupción por su propia naturaleza de grupos protegidos. Para 1993 los bancos están asfixiados por las enormes deudas sin saldar de grandes o pequeños Chaebols

 

Pero si la economía se estancaba, la democratización se afianzaba definitivamente. A principios de los noventas los militares se deciden definitivamente a regresar a los cuarteles, pero no sin antes realizar un golpe maestro: promover la fundación de un nuevo partido dominante que fusionara al sector más moderado de la oposición con el oficialismo. De esta forma nace el Partido Liberal Democrático, que para las elecciones presidenciales de 1992, las primeras verdaderamente limpias y justas, postuló al presidente Kim Young Sam, para enfrentarlo al otro gran caudillo de la oposición democrática,  Kim Dae Jung, demasiado peligroso ante los ojos de los militares a causa de sus ideas “socializantes”.

El triunfador, Kim Young Sam, despertó grandes expectativas, las cuales fueron absolutamente traicionadas. La economía es un caos, y el combate contra la corrupción, una de las principales banderas de campaña, si bien llevó a la cárcel a dos ex presidentes y un buen número de funcionarios de primer y segundo nivel, quedó muy lejos de ser erradicada y, de hecho, contagió a la mismísima familia presidencial: el hijo del presidente purga en la actualidad una condena por tráfico de influencias. Kim fue incapaz de efectuar las correcciones que urgían al modelo coreano de desarrollo, y que demandaban  desregular el sistema financiero y reformar el sistema bancario, modificar las estrategias demasiado dependientes del dirigismo de los Chaebols, liberalizar más el comercio, facilitar la entrada de capitales extranjeros y flexibilizar el rígido mercado laboral.
La bomba estalló cuando se derrumbó el poderoso grupo siderúrgico Hanbo. Durante el resto de 1997 otros seis de los 30 Chaebols más grandes del país quebraron. Según The Financial Times, el gobernador del Banco Central advertía ya en mayo, secretamente, al presidente que la situación comenzaba a ser insostenible al aumentar más y más la deuda de muchos bancos como resultado de la creciente falta de solvencia de las empresas deudoras. De ahí, muchos consideran que Kim Young-Sam optó por una salida harto conocida en México: no quiso estropear sus últimos meses de mandato y decidió pasar la «papa caliente» a su sucesor. Tras la casi trágica caída de la bolsa de Bangkok, el entonces ministro de Economía descartaba que Corea del Sur pudiera caer en una situación de emergencia similar a la de Indonesia y Tailandia. Pero poco más tarde insinuaba era probable tener que pedir a los “amigos japoneses” un préstamo, aunque excluyendo la necesidad de recurrir al FMI. La realidad lo desmentiría demasiado pronto. El 3 de diciembre, Michael Camdessus, presidente del FMI, anunciaba el paquete de rescate más grande en la historia del organismo: 57,000 millones de dólares.

En apenas cuatro meses, el won se depreció en más del 100% respecto al dólar, con todo lo que ello supone para el encarecimiento de una deuda externa cifrada en 120,000 millones de dólares y con más de la mitad de los vencimientos ejecutables a corto plazo, las reservas de divisas siguen menguando, los precios de los servicios públicos han comenzado a subir, muchas empresas han cerrado o deberán cerrar, otras tendrán que fusionarse si quieren sobrevivir; y el fantasma del desempleo merodea sin cesar.
Mucho se ha dicho acerca de la supuesta responsabilidad de los “grandes especuladores internacionales” en el origen de la crisis asiática, pero lo cierto es que el peso de la culpa recae, sobre todo, en la irresponsabilidad de los gobiernos.

Ante este panorama, en los comicios presidenciales de diciembre salió triunfador el veterano socialista Kim Dae Jung (nacido en 1924), quien logró el objetivo de salir electo presidente tras cuatro intentos. Acérrimo opositor al gobierno de Park Chung Hee, contra quien compitió en los comicios presidenciales de 1971, estuvo encarcelado de 1976 a 1978 por celebrar actividades antigubernamentales. En 1980 fue condenado a muerte, acusado de tratar de derrocar al régimen militar por la fuerza, pero la sentencia se le conmutó a cadena perpetua gracias a la presión internacional. En 1982 salió de la cárcel, como resultado de una amnistía general. Cinco años después de su liberación participó nuevamente en las elecciones presidenciales y lo mismo hizo en 1992, tras declarar que la formación del Partido Liberal Democrático constituía un "golpe de Estado disfrazado".

Kim saltó a la palestra como el definitivo líder democratizador de su país cuando Park Chung Hee decidió, en diciembre de 1971, declarar el estado de emergencia y anunció su intención de suprimir toda oposición. Kim, que durante la campaña electoral de ese año resultó herido en un extraño accidente de tráfico que tuvo visos de atentado, buscó refugio en Tokio y desde allí llamó a la resistencia de los surcoreanos en respuesta a la decisión de Park, el 17 de octubre de 1972, de declarar la ley marcial, abolir la Constitución, clausurar la Asamblea y prohibir las actividades políticas. El 8 de agosto de 1973 Kim vivió el episodio más dramático de su vida cuando agentes de la Agencia de Inteligencia Coreana (KCIA) le secuestraron en su habitación del hotel Grand Palace de la capital nipona, con la intención aparente de hacerlo desaparecer en el mar. El incidente, que provocó una crisis diplomática muy grave entre Corea del Sur y Japón ocho años después de establecer los estados relaciones diplomáticas, movilizó a los gobiernos del país desairado y de Estados Unidos, los cuales presionaron a fondo a Park para que liberara a Kim, cosa que, en efecto, sucedió al cabo de cinco días con la reaparición del político, sano y salvo, en Seúl. Kim permaneció bajo arresto domiciliario hasta el 26 de octubre y con posterioridad a esa fecha siguió expuesto a ser procesado en cualquier momento por los cargos que la dictadura tuviera más a mano. La nueva arremetida del régimen no se hizo esperar, y a lo largo de 1974 Kim fue procesado bajo un repertorio de acusaciones.
 
El Gobierno de Park salió de este episodio severamente desacreditado. Todo lo contrario a Kim, que ganó renombre internacional y redobló sus actividades opositoras.  En diciembre de 1976 la Corte de Apelaciones de Seúl rebajó la condena a cinco años y el 9 de diciembre de 1979, transcurridos casi cuatro años entre rejas en los que fue objeto de malos tratos y torturas, obtuvo la libertad provisional en atención a su mal estado de salud y luego de firmar una promesa de buena conducta. El 29 de febrero de 1980 recibió el perdón presidencial junto con otros 700 disidentes. Entre tanto, el país había experimentado graves convulsiones con el asesinato de Park a manos del nuevo jefe de la KCIA (26 de octubre de 1979), la proclamación de la ley marcial y la toma de todo el poder por el grupo de generales encabezados por Chun Doo Hwan (6 de diciembre), quienes impusieron al primer ministro, Choi Kyu Hah, como presidente nominal.

 La lucha por la democratización de Kim Dae Jung siguió durante los años ochentas y noventas, a veces en prisión, a veces, en el exiclio, a veces como candidato en elecciones que quedaba muy lejos de ganar. Con avances y retrocesos el país fue construyendo un sistema electoral creíble y un sistema de partidos competitivo. Las elecciones presidenciales de diciembre de 1992 se consideraron el colofón de la transición a la democracia en Corea del Sur por su impecable desarrollo. En ellas Kim Young Sam derrotó a Kim Dae Jung. Tras esta su tercera derrota en una aspiración presidencial, y viendo,  fin  de cuentas, florecer la democracia en Sudcorea, lo que era la gran ambición de su vida,  la Kim anunció, el 21 de diciembre, su retirada de la política y su dedicación a las tareas académicas. Ppero en julio de 1995, un tanto inopinadamente, anunció su intención de optar a la jefatura del Estado y puso en marcha un nuevo partido, el Congreso Nacional para la Nueva Política (CNNP).

Las perspectivas de Kim, que había escorado su discurso al centro liberal, tomaron un cariz poco halagüeño cuando en las legislativas del 10 de abril de 1996 el Partido de la Nueva Corea (PNC), nueva denominación del PLD, derrotó ampliamente al CNNP, que con todo recibió el 25.3% de los sufragios y 79 escaños. Kim no renunció, sin embargo, a emprender su candidatura presidencial para las elecciones de 1997. Poco después estalló la gran crisis económica en la región de Asia Pacífico y el pnorama electoral se trastocó radicalmente. El veterano político ancló la mitad de su programa en las cuestiones económicas, en un momento de histórica adversidad, precipitada por las crisis monetaria y bancaria compartidas con otros países de Asia oriental; la grave crisis financiera ponía en cuestión el modelo de desarrollo en que el país había basado su espectacular salto industrial y tecnológico en las últimas décadas.

 Deseoso de calmar la aprensión de las élites empresariales, que seguían viéndole como un populista radical permeable a las influencias izquierdistas, Kim urgió a la unidad nacional para sacar adelante la dolorosa reforma estructural exigida por el FMI a cambio de un plan de salvamento crediticio por valor de 57,000 millones de dólares, lo que iba a suponer la liquidación de las sociedades financieras insolventes, el final de las prácticas proteccionistas, la elevación de los impuestos y los tipos de interés, y la restricción del crecimiento económico, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo. No obstante, insistió en la necesidad de renegociar los aspectos más draconianos del programa antes de iniciar la cooperación con el FMI.

 El otro eje de su campaña fue la reunificación nacional, que tan optimistas perspectivas había generado a comienzos de la década para luego diluirse en la nada por la sucesión de crisis militares y las amenazas de guerra con el Norte, mediante la promoción de los intercambios culturales y la reunificación de las familias separadas por la guerra de 1950-1953. Demostrando su capacidad para el compromiso con otras fuerzas políticas, el 3 de noviembre de 1997 Kim ultimó una alianza con el Nuevo Partido Popular (NPP) de Rhee In Je y los Demócratas Liberales Unidos (DLU) de Kim Jong Pil, con vistas a formar un eventual gobierno de coalición.
Desmintiendo las encuestas preelectorales, el 18 de diciembre de 1997 Kim se hizo con la Presidencia con el 40,3% de los votos, superando en menos de dos puntos a Lee Hoi Chang, del Gran Partido Nacional (GPN), nuevo nombre del PNC. Esta victoria constituía la primera alternancia democrática en la historia de país y para Kim suponía una victoria personal especialmente gratificante, tras pasarse en la oposición los últimos 40 años de su vida, parte de ellos transcurridos en el exilio, en la cárcel o bajo arresto domiciliario.

Los medios locales hicieron notar el grado de impopularidad del presidente saliente y su partido a raíz del estallido de la crisis financiera, que había conmocionado a un pueblo orgulloso de su vertiginoso nivel de desarrollo. Justamente, Kim Dae Jung, con su trayectoria de infatigable luchador por la democracia y su imagen de hombre de intachable moralidad, ofrecía alivio y confianza en unos momentos de humillación nacional por el naufragio de un modelo económico que había convertido a Corea del Sur en el tigre asiático por excelencia, y por tener que pedir auxilio financiero a Occidente a través del FMI.


El gobierno de Kim Dae Jung fue sumamente exitoso. Tras casi medio siglo después de iniciar su épica lucha política en nombre de la democracia y la paz, inició su mandato quinquenal con un llamamiento a la población para sobrellevar "con patriotismo y coraje" los sacrificios económicos que se avecinaban y haciendo profesión de fe liberal ("los negocios deberán sobrevivir en una economía de libre mercado y a través de una competencia global", dijo en su toma de posesión este antiguo socialista), removiendo sus últimos reparos al plan del FMI. Sin hacer precisiones, aseguró que iba a hacer de nuevo de Corea del Sur un paraíso para los inversores extranjeros, huidos en masa ante el hundimiento de la cotización de la moneda nacional, el won, y del mercado de valores de Seúl, a conceder ayudas especiales a las pequeñas y medianas empresas en dificultades y a garantizar los puestos de trabajo.

La reconversión productiva fue sumamente dolorosa. Y es que como lo observara en su oportunidad el Far Eastern Economic Review: “, la crisis no se superará con patrióticas denuncias contra los “tiburones de Wall Street, sino con cambios de mentalidad en la burocracia económica, en los banqueros, en los Chaebols y en los propios trabajadores”. Pasaron dos años de dolorosa reconversión antes de que la crítica situación comenzara a revertirse. Para cuando terminó el mandato de Kim en 2002, el país se había recuperado plenamente en lo económico, era un ejemplo de democracia funcional en lo político y el prestigio internacional del país se hallaba en su mejor momento, gracias a las valientes iniciativas de paz que emprendió el presidente hacia el vecino comunista del norte y que le valieron el premio nobel de la paz. Hoy vemos Corea con todo ímpetu regresar a los primeros planos de la economía internacional y su éxito se refleja hasta en lo deportivo. 
 
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domingo, 16 de septiembre de 2012

Disraeli vs. Gladstone: el Unicornio y el León



 
Dos de los estadistas más grandes y clarividentes de la historia mundial fueron ingleses, contemporáneos y los más enconados rivales: Benjamín Disraeli y William Gladstone. Pocas veces en la historia de las democracias modernas se puede encontrar un antagonismo tan exacerbado, protagonizado por dos hombres de estado tan disímiles y a la vez tan portentosos como estos dos formidables titanes de la política británica. Dos talentos muy diversos, pero en ambos casos admirables, lucharon en Westminster durante décadas oponiendo sus filosofías y espíritus. De un lado la gravedad, la seriedad, la virtud consciente; del otro el brillo, el ingenio, la ironía y bajo la apariencia de una supuesta frivolidad, una convicción no menos viva que la de su adversario. Gladstone, líder del Partido Liberal (Whig), creía en un gobierno por el pueblo, pretendía recibir del pueblo sus inspiraciones y se decía dispuesto a todas las reformas que deseara el pueblo, aunque atentaran contra las tradiciones. Disraeli, cabeza del Partido Conservador (Tory), creía en un gobierno para el pueblo, y admitiría reformas solo en la medida que respetaran ciertas instituciones esenciales ligadas a rasgos fijos de la naturaleza humana. Y como lo escribiera Andre Maurois, la batalla personal y política que libraron estos dos colosos, además de su interés humano, tuvo un valor ejemplar, al ilustrar la importancia que posee cierto prestigio dramático en la buena marcha del régimen parlamentario.

Gladsotone fue primer ministro de 1868 a 1874 y nuevamente de 1880 a 1885. Disraeli gobernó de 1874 a 1880. Se enfrentaron tres veces en las urnas, históricas contiendas en una época en que avanzaba a pasos agigantados hacia la universalización del sufragio: las elecciones generales de 1868, 1874 y 1880, aunque aun antes de enfrentarse electoralmente de manera directa ambos ya llevaban tiempo de ser las figuras dominantes en sus respectivos partidos. Disraeli, nacido en 1804, era seis años mayor que Gladstone. Tuvieron orígenes sociales muy diferentes. El primero tuvo ascendencia judía italiana, su padre fue un distinguido hombre de letras y de joven fue criado como anglicano. El segundo era un miembro por excelencia de la alta clase media, educado en Eton y Oxford, que había considerado siempre a la Iglesia como su profesión preferida, pero fue tentado por la oferta que le hicieran los tories para ocupar un escaño parlamentario en 1832, aunque, eso sí, siguió siendo profundamente religioso para toda su vida. Disraeli fue educado en escuelas oscuras y nunca fue a la universidad. Fue de joven un dandy agobiado por las deudas. En su juventud su reputación era tan mala  como buena era la de Gladstone. Cuando se conocieron, en una fiesta en Londres en 1835, para Disraeli la experiencia fue un enfrentamiento con su peor pesadilla: un piadoso cristiano evangélico más joven y más exitoso que él. “No tiene un solo defecto que lo redima” comentaría años mas tarde. Gladstone, por su parte, reconoció en quien sería su gran antagonista un "maravilloso talento" pero no le gustó su “descarado cinismo” ni su carencia de principios religiosos.

Disraeli heredó el talento literario del padre y escribió varias novelas, bastante satíricas a ratos, para recaudar dinero y aplacar a sus acreedores, y terminó por casarse con una viuda rica para aliviar su situación financiera. Empezó a hacer política y, después de varios intentos como radical, por fin logró ser electo como miembro del Parlamento en 1837 como conservador. Por su parte Gladstone, profundamente religioso, estudioso y carente de humor, fiel representante de las virtudes y las hipocresías de la época victoriana, se lanzaba a los grandes temas políticos siempre a base de edificantes términos morales mientras que, de vez en cuando, se daba sus “escapadas” nocturnas por las calles de Londres por la noche en busca de prostitutas. Con el tiempo la afición de Gladsotone al estudio lo convirtió en erudito. Ya como político activo publicó un libro sobre la época clásica: “Homero y la Era Homérica” que, según Disraeli, era ideal para combatir el insomnio. Por otra parte, su mala conciencia respecto a sus aventuras con meretrices hicieron que Gladstone fundara instituciones y trabajara intensamente incluso ya siendo primer ministro a favor de la salvación de estas chicas descarriadas.

Como político, el modelo de Gladstone era el apolíneo Sir Robert Peel, líder del Partido Conservador, que había ganado las elecciones de 1841 y que le dio al joven Gladstone un puesto en el gabinete, mientras que Disraeli, lejos del arquetipo peeleano y más cercano a Pitt el joven, Burke y Byron, se quedó en los asientos de atrás, sin posición ministerial. Jamás le perdonó Disraeli a Peel esta afrenta.
En 1846 se produjo una de esas raras convulsiones que suceden en la vida parlamentaria y que afectan a toda una generación de políticos. El gobierno de Peel decidió que derogar las llamadas Leyes del Maíz para permitir la importación de granos baratos al Reino Unido y aliviar un tanto la crítica situación alimentaria de Irlanda. Disraeli vio esto como una oportunidad, hizo una serie de ataques brillantes contra Peel, quien no supo responder de forma convincente,  Peel se vio obligado a dimitir y las leyes del maíz fueron derogadas. El partido se dividió entonces en “Peelistas”, más afines al libre comercio, y proteccionistas, encabezados por el conde Derby, con Disraeli como su segundo al mando. Se formó en el Parlamento una coalición contraria a la dupla Derby/Disraeli en la cual confluyeron liberales, radicales y tories independientes, entre estos últimos Gladstone. En 1852 se dio el primer round entre estos enemigos irreconciliables, cuando  Gladstone hizo pedazos el presupuesto que Disraeli, a la sazón ministro de Hacienda (Chancellor of the Exchequer)  presentó al parlamento. Así cayó el gobierno Derby / Disraeli. El duelo había comenzado en serio.

Tras perder el poder, el Partido Conservador parecía condenado a la desaparición. La tarea de Disraeli era reconstruir el partido que él mismo había ayudado a destruir. La tarea no fue fácil. El libre comercio había triunfado y fue la base de una larga expansión económica que sólo terminó a finales de 1870. Los conservadores se vieron obligados a abandonar el proteccionismo, mientras los liberales (a los que Gladstone se uniría en 1859) parecían perpetuarse en el poder. Los conservadores se vieron debilitados por la pérdida de casi todas sus principales figuras tras la crisis de la Ley del Maíz. De no haber sido así, la verdad es que un “excéntrico” como Disraeli nunca habría sido su líder. Era el único hombre que tenía la capacidad intelectual y retórica para hacer frente a una bancada liberal que contaba con figuras tan extraordinarias como Palmerston, Russell y Gladstone.

En 1868 surgió un nuevo reto cuando Russell presentó al parlamento un proyecto de ley para ampliar el derecho al voto. Un sector liberal se rebeló, el proyecto de ley naufragó y cayó el gobierno liberal. Derby fue nuevamente nombrado primer ministro, por carambola. Fue entonces cuando Disraeli dio muestras de su talento al explotar hábilmente las divisiones en el partido liberal y lograr hacer aprobar un proyecto de ley para la ampliación del voto aun mucho más radical que la de los liberales. Fue un golpe maestro del ingenio político que confirmó a Disraeli como el indiscutible líder de su partido. Se convirtió en primer ministro en febrero de 1868.

Los dos líderes estaban ahora frente a frente en Westminster. Su estilo de debate era tan diferente como sus personalidades. “Gladstone era torrencial, elocuente, vehemente y evangelizante; Disraeli era cortés, ingenioso, mortalmente irónico y mundano, con una pizca de cinismo.” Según describe Richard Aldous en su estupendo libro, “The Lion and the Unicorn”. En las elecciones generales de finales 1868 (las primeras tras la gran reforma electoral del año previo) Gladstone ganó haciendo una campaña a favor de lo que hoy se llamaría la "modernización" del país. Y así fue, Gladstone fue un gran reformador que transformó a las fuerzas armadas, la administración pública, el sistema judicial y, una vez más, el sistema electoral, al introducir el voto secreto. Una de las grandes contribuciones de Disraeli a la vida política fue su convicción de que los partidos de oposición deben oponerse en lugar de esperar atentamente a que los eventos oscilarán el péndulo a su favor. Como líder de la oposición, se dio cuenta por donde soplaban las corrientes de opinión y se dedicó a hacer una crítica constante y fundamentada sobre los detalles de las reformas en lugar de tratar de oponerse a ellas de forma generalizada.

Hacía 1874 la situación cambió, y en las elecciones de ese año Disraeli, para su propia sorpresa, salió triunfador en la que fue la primera victoria conservadora convincente desde 1841. Los tories comprobaron que podían constituir una alternativa de gobierno aún en las épocas del sufragio universal masculino. Como jefe de gobierno, Disraeli amplió la ola reformista a los campos de la salud, la vivienda, la venta de alimentos y medicamentos, las condiciones laborales y los arrendamientos agrícolas. Puede que no hayan sido tan importantes estas reformas como algunos historiadores conservadores han pretendido que fueron, pero al menos se demostró que el partido no se oponía a todo cambio y tenía un lado reformista.
 
Lo que realmente importaba a Disraeli, sin embargo, no fueron asuntos de interior, sino la política exterior y sobre todo, el desarrollo del Imperio Británico. Este había sido mantra conservador tradicional, pero en las épocas del imperialista Palmerston era muy difícil superar a los liberales incluso en este tema. Cuando Palmerston muere dejó una vacante difícil de llenar en el Partido Liberal en lo que concierne a una cabeza decidida a defender el Imperio. Gladstone, como buen moralista, creía en una política exterior basada en principios éticos,  lo que a veces significaba asumir compromisos en detrimento de algunos de los intereses imperiales de Gran Bretaña. Disraeli era un devoto de la realpolitik, que a la sazón pusiera de moda el canciller de hierro alemán Otto von Bismarck. Como primer ministro, Disraeli no tuvo empacho en ampliar la influencia británica a como diese lugar en la construcción del Canal de Suez, ni en hacer nombrar a la reina victoria como Emperatriz de la India. Pero el gran choque con Gladstone se dio sobre la “cuestión de Oriente”. Disraeli consideraba a Turquía como un contrapeso necesario frente a la amenaza de Rusia en la ruta a la India, pese a que el sultán otomano se comportaba de forma atroz con sus súbditos búlgaros cristianos. Aquí lo importante era impedir que Rusia se quedara con Constantinopla. Gladstone, ferviente cristiano por sobre todas las cosas, clamaba por una cruzada anti-turca. Pero Disraeli estaba en el poder, y se impuso la Realpolitik. En el Congreso de Berlín se frenó el avance ruso y se sentaron las bases para la preservación de la paz en Europa para los siguientes  36 años. Parte del crédito de este éxito internacional fue de Disraeli, y la otra parte de Bismarck. Pero los electores británicos no quedaron impresionados. En la campaña electoral de 1880 Gladstone hizo campaña contra las felonías de Disraeli y obtuvo una aplastante victoria.

Enfermo y cansado, Disraeli sobrevivió apenas un año a su última derrota electoral. Sin embargo, hasta el último minuto mantuvo fervoroso su odio al adversario de siempre. En una de sus últimas cartas se refiere a Gladstone como un “maníaco sin principios, extraordinaria mezcla de envidia, venganza, hipocresía y superstición". El primer ministro se refería a su antecesor con el mote de "el gran corruptor".

Gladstone, cuyo fervor moral sólo era comparable a su capacidad fenomenal para el trabajo duro y el dominio de arcanos detalles financieros y administrativos, podía hablar con igual fuerza de seducción al Parlamento y al público. Disraeli se especializaba en el empuje del sarcasmo fino y el epigrama envenenado. Esta filosofía de ataque orientada a la acritud en el debate parlamentario muy a menudo dejaba fuera de balance al severo y poco imaginativo Gladstone quien, por otro lado, podía ser contundente cuando se trataba del frío manejo de cifras y el conocimiento específico de temas. Como sea, un soberbio espectáculo ver debatir a este dúo, ricamente apreciado por colegas parlamentarios y por el público. Después de ellos, y con contadas y muy meritorias excepciones, los políticos se han visto muy, pero muy chiquitos.