martes, 22 de marzo de 2016

Auge y Decadencia de las Elecciones en el Mundo: introducción del libro




Introducción


Auge y Decadencia de las Elecciones en el Mundo
“La democracia: ¡Esa manía de contar cabezas!"
F. Nietzsche

La historia de las naciones democráticas es la historia de sus elecciones. En cada proceso electoral se determina el rumbo que un país seguirá en los años siguientes en los terrenos económicos, políticos, sociales e internacionales. Las elecciones son las coyunturas neurálgicas de nuestro tiempo. Tras la derrota del nazi- fascismo en la Segunda Guerra Mundial, la democracia se prestigió como el sistema político más plausible, lo que pareció corroborarse décadas más tarde con la caída del muro de Berlín y la consiguiente vorágine democrática que invadió Europa del Este. En un período de tiempo asombrosamente corto arribó la democracia a tambor batiente a todas las naciones que alguna vez conformaron al bloque soviético, desde las remotas regiones siberianas hasta los montañosos pueblos en Albania. En América Latina, también en un lapso vertiginoso, incluso los más recalcitrantes militarismos latinoamericanos cedieron el poder a gobiernos democráticamente electos, mientras en Asia desde los llamados "tigres" del Pacífico hasta la atribulada Indochina emprendían el camino de la apertura. Fue en 1989 que Francis Fukuyama escribió, célebremente: “Quizá seamos testigos del punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la implantación de la democracia liberal occidental como forma definitiva del gobierno humano.” Ya iniciada nuestra centuria, también en las naciones del África Subsahariana, dentro de las cuales se encuentran las sociedades más precarias del planeta, comenzaba a vislumbrarse un cambio democrático, y las inusitadas rebeliones de la llamada "Primavera Árabe” esbozaron, en su momento, cierto espejismo democrático.

Sin embargo, a estas ráfagas de cambios ha seguido una etapa de crecientes y severos cuestionamientos a la funcionalidad de la democracia. Actualmente los partidos políticos y, en general, las instituciones de representación política padecen de una severa crisis de legitimidad. En los cinco continentes han surgido opciones que con la bandera de la “antipolítica” y la pretensión de constituir opciones “puramente ciudadanas” han cobrado excepcional popularidad y representan serios retos para los partidos tradicionales. Asimismo, el abstencionismo electoral crece en numerosas democracias y aparecen con cada vez mayor frecuencia campañas más o menos espontaneas que invitan a los ciudadanos a anular su voto como forma de protesta contra la clase política. Es previsible que todos estos fenómenos crezcan en los próximos años. Larry Diamond ya advertía en 2005 de un moderado, pero constante, declive democrático y no sólo en los países en desarrollo o de democratización reciente, sino también en Occidente y Estados Unidos. Por el contrario, mientras el prestigio de la democracia se quebrantaba, crecía la presencia e influencia de regímenes autoritarios como los de China, Rusia, Irán y populismos latinoamericanos.

Los movimientos emergentes acusan a los partidos tradicionales de abandonar su obligación de establecer relaciones abiertas con la sociedad para centrar su lucha en la obtención y el mantenimiento del poder, de desgastarse en estériles pugnas antes que encarnar los valores y aspiraciones de los electores y de ser incapaces de ponerse a tono con las exigencias del mundo contemporáneo. Los constantes y cada vez más ignominiosos escándalos de corrupción, la profundización de la pobreza, las crisis económicas recurrentes, la creciente separación entre las élites políticas y los gobernados, la tendencia mundial de mayor concentración de la riqueza en pocas manos y el permanente incumplimiento de las promesas de campaña, son los factores clave en la pérdida de confianza de la ciudadanía. También muchos perciben un notable decaimiento en el nivel de los liderazgos políticos. El filósofo Tony Judt escribió en un brillante ensayo, poco antes de morir: “Durante el largo siglo del liberalismo constitucional, de Gladstone a Lyndon B. Johnson, las democracias occidentales estuvieron dirigidas por hombres de talla superior. Con independencia de sus afinidades políticas, Léon Blum y Winston Churchill, Luigi Einaudi y Willy Brandt, David Lloyd George y Franklin Roosevelt representaban una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades morales y sociales. Es discutible si fueron las circunstancias las que produjeron a los políticos o si la cultura de la época condujo a hombres de este calibre a dedicarse a la política. Políticamente, la nuestra es una época de pigmeos”.

Es así que se percibe a democracia como incapaz de funcionar como un mecanismo de transformación social o de redistribución de oportunidades para funcionar como meramente cancha exclusiva del juego de sectores poderosos e influyentes. Se habla hoy como nunca antes de democracias degradadas, corruptas, carentes de reglas justas, en fin, de una democracia de muy baja calidad, sin proyecto y sin audacia, restringida únicamente a la tarea de renovar élites y elencos, que ha propiciado una pérdida de credibilidad en las instituciones y una devaluación generalizada de la política.

Tradicionalmente, las elecciones funcionaban por intermedio de organizaciones que proponían candidatos representativos de determinados bloques de opciones políticas expresados en una plataforma electoral. Sin embargo, por diversos motivos, esta vieja práctica se ha vuelto obsoleta. Los armazones ideológicos han perdido fuerza. Los votantes no aceptan ya plantillas programáticas, por eso los partidos se han transformado en máquinas constituidas por cuadros de profesionales muy organizados como estructura, pero cada vez menos identificados con un puntal filosófico. Paradójicamente se han vuelto más tribales al perder sus peculiaridades ideológicas. En los partidos actuales, pertenecer importa más que creer. Esta trivialización los aleja del ámbito ciudadano. La inmensa mayoría de los electores no desea pertenecer a partido alguno, por tanto, el juego electoral se convierte en un deporte de minorías. El resultado es una desconexión evidente entre los actores políticos y el electorado. Como los partidos son los principales responsables de la representación parlamentaria, esta desconexión afecta a una de las instituciones democráticas cruciales. La gente ya no se considera representada por los parlamentos, por consiguiente, éstos pierden legitimidad en la misión de tomar decisiones en su nombre.

Ante este panorama no es de extrañar que proliferen movimientos y candidaturas independientes o “antipolíticas” que dicen ser ajenos a los intereses y prácticas de los partidos tradicionales. Sin embargo, no debe perderse de vista que esta revolución de la antipolítica muchas veces ha desembocado en desilusiones aún mayores.  En naciones como Italia, Japón, Venezuela y Perú emergieron en el pasado reciente grupos encabezados por caudillos pretendidamente “civiles” que decían encabezar una revuelta de las “auténticos” ciudadanos en contra de los “perversos políticos de siempre”. En su momento se tenía la esperanza de que el surgimiento de candidatos supuestamente ajenos a los grupos de poder y dueños de una fachada “ciudadana” fuera capaz de revigorizar los gobiernos de países que habían padecido clases políticas excesivamente corruptas e ineficientes. Los resultados, a la vuelta de los años, fueron enormemente decepcionantes. Los caudillos “civiles” resultaron muchas veces peores que los políticos tradicionales y algunos países que se embarcaron en la aventura de tratar de reconstruir sus sistemas de partidos seducidos con el discurso de la antipolítica enarbolado por estos ciudadanos supuestamente “impolutos” cayeron en graves crisis de diversa índole, cuando no en las garras de regímenes abiertamente despóticos. Y con el autoritarismo nunca llegan esas soluciones fáciles a problemas complejos que siempre ofrecen los líderes mesiánicos, sino todo contrario, sobreviene la violación sistemática de los derechos humanos, más corrupción, peor subdesarrollo, y –a la larga- mayor concentración de la riqueza en las manos de oligarcas con el consiguiente empeoramiento de la pobreza.

Asimismo, el debilitamiento de los partidos puede dar lugar a una excesiva personalización de la política y a incrementar la influencia de poderes fácticos, de los intereses económicos, de los grupos de presión y medios de comunicación.  Ante la ineptitud de la política, la plutocracia y la “mediocracia” pueden ganarle la batalla a la democracia. Sí, debe dársele la bienvenida a la aparición de nuevos movimientos y candidaturas independientes. Pero es importante no caer en la tentación de idealizar estas opciones. Si bien los partidos han entrado en crisis y debe demandárseles encontrar fórmulas para reconectar con la ciudadanía, también es cierto que una sociedad políticamente madura entiende que la democracia es un sistema de gobierno, en buena medida, desilusionante, y que los atajos a los desafíos sociales son quimeras que venden los demagogos.

También hay quienes postulan que los males de la democracia solo se solucionan con más democracia y exploran alternativas para ampliar la pluralidad de la participación ciudadana, pero cada una de las alternativas plantea sus propios problemas. La acción directa mediante manifestaciones callejeras se ha vuelto un hecho común y -a menudo- eficaz, pero es muchas veces violenta y suele servir solo para enquistar posturas. Además, tenemos a las organizaciones no gubernamentales, en principio más estrechamente vinculadas con la ciudadanía, aunque sus estructuras suelen ser muy poco democráticas. Sobra quien propone apelar al máximo a la democracia directa, sobre todo ahora en la era del internet, pero no es posible establecer conexiones duraderas entre gobernantes y gobernados reduciendo el debate público al simple referéndum cotidiano. Lo dijo De Gaulle poco tiempo antes de renunciar a la presidencia: “Los referéndums son peligrosos porque suele ocurrir que la gente no responde a la pregunta que se le fórmula”.

Desafío hercúleo será revertir la desilusión con la democracia y las elecciones en este siglo en que impera la cultura de la inmediatez y de la satisfacción instantánea.  La democracia es, a final de cuentas, un sistema ingrato, aburrido, siempre nugatorio. Es la tierra de las negociaciones, de los “toma y daca”, de las limitaciones que impone lo que Bismarck llamó “mundo de lo posible”. La demanda de inmediatez produce que el exceso de pragmatismo, la frivolidad, lo efímero, la simplicidad conceptual y la retórica meramente persuasiva. El espectáculo vende más que las ideas y los razonamientos. Lo superficial prima sobre lo esencial. Se va perdiendo la dimensión de las cosas en el afán de hacerse del poder por el poder mismo. Dicho en los términos expresados por Ralf Dahrendorf: “A esta altura, entra en juego otro hecho totalmente disociado de aquél. El pueblo está más impaciente que nunca. En tanto consumidor, se ha habituado a la gratificación instantánea. Pero como votante debe esperar a que se manifiesten los frutos de su elección en las urnas, si los hubiere. A veces, nunca ven los resultados deseados. La democracia necesita tiempo, no sólo para votar, sino también para deliberar, revisar y compulsar. El consumidor-votante es reacio a aceptar esto y, por ende, se aparta”.

El fenómeno electoral y todo lo que le concierne merece conocimiento y reflexión. Este libro es un sucinto recorrido por treinta y cuatro de los procesos electorales más emblemáticos y trascendentales celebrados en el mundo a partir de 1945. Pone el énfasis en la descripción de los candidatos que las protagonizaron y de los avatares políticos y muchas veces personales que enfrentaron en su afán de conquistar el poder. También describe brevemente los contextos nacionales en los que estas elecciones se llevaron a cabo y analiza lo que algunos llaman, no sin algo de pedantería, “estrategias de comunicación política”. No se pretende hacer un examen “a fondo” sociológico o politológico del fenómeno electoral, ni se examinan los “pros y contras” de los sistemas de votación, y mucho menos es una historia conceptual de ideologías políticas, Simplemente se trata de un ejercicio para repensar la evolución (¿involución?) de las elecciones en el mundo. Por aquí desfilan los grandes y pequeños candidatos, los estadistas y los payasos, los visionarios, demagogos, tecnócratas, oportunistas, semianalfabetos y mesiánicos que han protagonizado el drama electoral desde las cimas de su auge hasta las simas de su triste decadencia.






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