sábado, 22 de septiembre de 2012

El coraje y la tenacidad del demócrata Kim Dae Jung



Uno de los resultados menos comentados pero más representativos de las olimpiadas que se celebraron en Londres en 2012 fue el estupendo lugar que obtuvo la República de Corea en el medallero: cuarto lugar solo detrás de China, Estados Unidos y el anfitrión Reino Unido y por encima de potencias deportivas tradicionales como Rusia, Alemania, Francia, etc. El éxito olímpico de los coreanos del sur solo es un síntoma más de uno de los fenómenos de desarrollo sostenido y acelerado más espectaculares que se verificó en la segunda mitad del siglo XX: el inaudito despegue económico de Corea del Sur, nación de casi 45 millones de habitantes que a partir de principios de los años sesenta adoptó un agresivo modelo de industrialización orientada a la exportación basado en una férrea austeridad, importación de tecnología, disciplina y capacitación laboral masiva. Pieza clave de este modelo de desarrollo lo fue el denominado “dirigismo estatal”, mediante el cual el Estado alentó la creación de grandes conglomerados industriales privados, los célebres Chaebols, para que fueran los principales agentes de la industrialización. Los Chaebols gozaron en su camino al éxito por años todo tipo de privilegios: subsidios, ventajas fiscales, estabilidad laboral, subvaluación monetaria y, sobre todo, una agresiva política de préstamos blandos otorgados por la banca coreana.

En poco más de treinta años Corea pasó de ser un país rural atrasado con indicadores sociales y económicos parecidos a los de naciones como Ghana a ser la undécima economía más grande del mundo. El tigre promedió durante las últimas décadas del siglo XX un alucinante 8.6% de crecimiento anual del PIB, el monto de sus exportaciones creció de los 33 millones de dólares en 1960 a 130 billones de dólares en 1996, la esperanza de vida ha pasado de 47 a 71 años en el período 1955-95 y el ingreso per cápita creció de 80 a 10,000 dólares.

Desde luego, condición básica para que el modelo de industrialización basado en la exportación tuviera éxito fue el prevalecimiento de un régimen político sumamente autoritario. Tras algún incipiente experimento democrático, el general Park Chung Hee perpetró en 1961 un golpe de Estado que puso en las manos de las fuerzas armadas el control del gobierno por varios lustros, bajo el pretexto de la seguridad nacional estaba amenazada por el régimen comunista de Corea del Norte. Durante la rígida férula castrense se desarrollo la estrategia económica que llevó al país a vivir su milagro, pero la industrialización también propició que crecieran las demandas en pro de la democratización
Al principiar la década de los ochentas, las demandas en favor de la democratización del sistema político sudcoreano eran ya incontenibles. Se volvía a probar la relación axiomática que existe entre el grado de desarrollo económico y cultural de un país y sus aspiraciones democráticas. Corea había alcanzado un nivel de progreso material extraordinario en el curso de unos cuantos años, lo que había repercutido notablemente en el nivel de vida de la población. El dominio que los militares habían ejercido sobre el poder político desde el final de la Guerra de Corea era una obsolescencia en un país altamente industrializado, como lo era ya el Estado coreano. Se necesitaba dar paso pronto a un sistema de partidos competitivo y a una democracia sustantiva, si se quería garantizar la estabilidad política e incluso la viabilidad de la nueva fase del modelo económico, que requería menos de la incondicional mano de obra barata, más de la capacidad para afrontar con éxito la competencia tecnológica internacional y un freno decido a la rampante corrupción que afloraba sin barreras bajo la cómplice mirada de los militares.

 

En 1980 los movimientos democratizadores fueron brutalmente reprimidos por el gobierno, pero un año más tarde fue promulgada una nueva Constitución que  era concebida tanto por la oposición como por el mismo régimen como un documento de transición, destinado a regir sobre una etapa preparatoria para la plena democratización del país. Pero a pesar de que la nueva Constitución representaba un relativo avance democrático respecto al sistema anterior, aún prevalecían condiciones que garantizaban el dominio del partido oficial y la permanencia de la influencia política del ejército. se elaboró una "lista negra" de líderes disidentes que no podrían participar más en política y se redactó una ley electoral que garantizaba la hegemonía del partido oficial.
La violencia política no tardaría en reaparecer con toda su fuerza. En 1984 se verificaron nuevamente virulentas manifestaciones antigubernamentales. Esta vez, los militares tenían ante sí el dilema de volver a reprimir con violencia a los disidentes o tratar de flexibilizar aún más al sistema. El régimen optó por lo último. Paulatinamente se fueron borrando nombres de la "lista negra", hasta que ésta desapareció por completo en marzo de 1985. También se permitió la formación de un  nuevo y poderoso partido de oposición, el Partido Democrático de la Nueva Corea (PDNC), dirigido por los simpatizantes de los dos principales líderes de la oposición: Kim Dae Jung y Kim Young Sam.

La coyuntura internacional era cada vez más favorable para la democratización de Corea, sobre todo ahora que la Unión Soviética era gobernada por Gorbachov. Muy pronto la Guerra Fría sería cosa del pasado, con lo que la principal excusa para no abrir al sistema político coreano, la presunta amenaza a la seguridad nacional que representaba la existencia de un régimen comunista agresivo en Corea del Norte, dejaría de tener validez. Estados Unidos estaba ya más interesado en profundizar los alcances de la llamada "tercera ola democrática" que en tolerar al autoritarismo de los militares coreanos.

Con la toma de posesión de Roh Tae Woo de la presidencia de Corea del Sur, verificada el 25 de febrero de 1988, cobro vigencia una nueva Constitución, la sexta en la relativamente breve historia del país. Se trataba de una nueva etapa, en la que tres serían las principales preocupaciones nacionales: la consolidación definitiva del proceso de democratización, el arribo de una crisis estructural del modelo económico y la posibilidad de reunificar pacíficamente al país, una eventualidad que parecía estar al alcance de la mano, tras décadas de un enconado enfrentamiento, a causa del fin de la Guerra Fría. Cada uno de estos temas siguen hoy en el centro de la discusión pública y han conocido evoluciones en sentidos encontrados. Mientras el proceso de democratización a logrado avanzar sustancialmente, sobre todo a raíz de la celebración de la elección presidencial de 1992, la reunificación es cada vez más incierta, a causa de la actitud equívoca asumida por las autoridades comunistas de Corea del Norte, y la economía ha caído en un desastre sin paralelos.

En 1991 se vivió una violenta ola de manifestaciones estudiantiles y de huelgas obreras, que volvieron a poner en entredicho a la estabilidad del país. Al mismo tiempo, la economía coreana entraba en una etapa recesiva. En efecto, al desaparecer, al principio de los noventas, las condiciones que habían permitido el asombroso éxito de la industrialización orientada a la exportación, del modelo comenzaba a ingresar en una etapa de crisis, la cual ha desembocado en el desastre actual. La mano de obra barata desapareció del escenario. Tras la liberalización política sobrevino un poderoso movimiento sindical, que luego de provocar miles de huelgas en el lapso que corrió de 1987 a 1991 consiguió elevar sustantivamente los salarios de los trabajadores, haciendo que otras naciones sudeste asiático, China e incluso América Latina y México resultaran más atractivas para la industria maquiladora. El modelo sufrió una pérdida alarmante de competitividad en sectores claves de su éxito como son el del automóvil, la industria naval o la electrónica, debido a un encarecimiento notable de los costes de producción y la entrada con fuerza de rivales, como China.
Por otra parte, el éxito del modelo debía mucho al dirigismo estatal, el cual por años propició una economía en constante expansión con una inyección de créditos blandos irracional a los Chaebols, los cuales estaban cada vez más interrelacionados con el poder político y se habían convertido en promotores de la corrupción por su propia naturaleza de grupos protegidos. Para 1993 los bancos están asfixiados por las enormes deudas sin saldar de grandes o pequeños Chaebols

 

Pero si la economía se estancaba, la democratización se afianzaba definitivamente. A principios de los noventas los militares se deciden definitivamente a regresar a los cuarteles, pero no sin antes realizar un golpe maestro: promover la fundación de un nuevo partido dominante que fusionara al sector más moderado de la oposición con el oficialismo. De esta forma nace el Partido Liberal Democrático, que para las elecciones presidenciales de 1992, las primeras verdaderamente limpias y justas, postuló al presidente Kim Young Sam, para enfrentarlo al otro gran caudillo de la oposición democrática,  Kim Dae Jung, demasiado peligroso ante los ojos de los militares a causa de sus ideas “socializantes”.

El triunfador, Kim Young Sam, despertó grandes expectativas, las cuales fueron absolutamente traicionadas. La economía es un caos, y el combate contra la corrupción, una de las principales banderas de campaña, si bien llevó a la cárcel a dos ex presidentes y un buen número de funcionarios de primer y segundo nivel, quedó muy lejos de ser erradicada y, de hecho, contagió a la mismísima familia presidencial: el hijo del presidente purga en la actualidad una condena por tráfico de influencias. Kim fue incapaz de efectuar las correcciones que urgían al modelo coreano de desarrollo, y que demandaban  desregular el sistema financiero y reformar el sistema bancario, modificar las estrategias demasiado dependientes del dirigismo de los Chaebols, liberalizar más el comercio, facilitar la entrada de capitales extranjeros y flexibilizar el rígido mercado laboral.
La bomba estalló cuando se derrumbó el poderoso grupo siderúrgico Hanbo. Durante el resto de 1997 otros seis de los 30 Chaebols más grandes del país quebraron. Según The Financial Times, el gobernador del Banco Central advertía ya en mayo, secretamente, al presidente que la situación comenzaba a ser insostenible al aumentar más y más la deuda de muchos bancos como resultado de la creciente falta de solvencia de las empresas deudoras. De ahí, muchos consideran que Kim Young-Sam optó por una salida harto conocida en México: no quiso estropear sus últimos meses de mandato y decidió pasar la «papa caliente» a su sucesor. Tras la casi trágica caída de la bolsa de Bangkok, el entonces ministro de Economía descartaba que Corea del Sur pudiera caer en una situación de emergencia similar a la de Indonesia y Tailandia. Pero poco más tarde insinuaba era probable tener que pedir a los “amigos japoneses” un préstamo, aunque excluyendo la necesidad de recurrir al FMI. La realidad lo desmentiría demasiado pronto. El 3 de diciembre, Michael Camdessus, presidente del FMI, anunciaba el paquete de rescate más grande en la historia del organismo: 57,000 millones de dólares.

En apenas cuatro meses, el won se depreció en más del 100% respecto al dólar, con todo lo que ello supone para el encarecimiento de una deuda externa cifrada en 120,000 millones de dólares y con más de la mitad de los vencimientos ejecutables a corto plazo, las reservas de divisas siguen menguando, los precios de los servicios públicos han comenzado a subir, muchas empresas han cerrado o deberán cerrar, otras tendrán que fusionarse si quieren sobrevivir; y el fantasma del desempleo merodea sin cesar.
Mucho se ha dicho acerca de la supuesta responsabilidad de los “grandes especuladores internacionales” en el origen de la crisis asiática, pero lo cierto es que el peso de la culpa recae, sobre todo, en la irresponsabilidad de los gobiernos.

Ante este panorama, en los comicios presidenciales de diciembre salió triunfador el veterano socialista Kim Dae Jung (nacido en 1924), quien logró el objetivo de salir electo presidente tras cuatro intentos. Acérrimo opositor al gobierno de Park Chung Hee, contra quien compitió en los comicios presidenciales de 1971, estuvo encarcelado de 1976 a 1978 por celebrar actividades antigubernamentales. En 1980 fue condenado a muerte, acusado de tratar de derrocar al régimen militar por la fuerza, pero la sentencia se le conmutó a cadena perpetua gracias a la presión internacional. En 1982 salió de la cárcel, como resultado de una amnistía general. Cinco años después de su liberación participó nuevamente en las elecciones presidenciales y lo mismo hizo en 1992, tras declarar que la formación del Partido Liberal Democrático constituía un "golpe de Estado disfrazado".

Kim saltó a la palestra como el definitivo líder democratizador de su país cuando Park Chung Hee decidió, en diciembre de 1971, declarar el estado de emergencia y anunció su intención de suprimir toda oposición. Kim, que durante la campaña electoral de ese año resultó herido en un extraño accidente de tráfico que tuvo visos de atentado, buscó refugio en Tokio y desde allí llamó a la resistencia de los surcoreanos en respuesta a la decisión de Park, el 17 de octubre de 1972, de declarar la ley marcial, abolir la Constitución, clausurar la Asamblea y prohibir las actividades políticas. El 8 de agosto de 1973 Kim vivió el episodio más dramático de su vida cuando agentes de la Agencia de Inteligencia Coreana (KCIA) le secuestraron en su habitación del hotel Grand Palace de la capital nipona, con la intención aparente de hacerlo desaparecer en el mar. El incidente, que provocó una crisis diplomática muy grave entre Corea del Sur y Japón ocho años después de establecer los estados relaciones diplomáticas, movilizó a los gobiernos del país desairado y de Estados Unidos, los cuales presionaron a fondo a Park para que liberara a Kim, cosa que, en efecto, sucedió al cabo de cinco días con la reaparición del político, sano y salvo, en Seúl. Kim permaneció bajo arresto domiciliario hasta el 26 de octubre y con posterioridad a esa fecha siguió expuesto a ser procesado en cualquier momento por los cargos que la dictadura tuviera más a mano. La nueva arremetida del régimen no se hizo esperar, y a lo largo de 1974 Kim fue procesado bajo un repertorio de acusaciones.
 
El Gobierno de Park salió de este episodio severamente desacreditado. Todo lo contrario a Kim, que ganó renombre internacional y redobló sus actividades opositoras.  En diciembre de 1976 la Corte de Apelaciones de Seúl rebajó la condena a cinco años y el 9 de diciembre de 1979, transcurridos casi cuatro años entre rejas en los que fue objeto de malos tratos y torturas, obtuvo la libertad provisional en atención a su mal estado de salud y luego de firmar una promesa de buena conducta. El 29 de febrero de 1980 recibió el perdón presidencial junto con otros 700 disidentes. Entre tanto, el país había experimentado graves convulsiones con el asesinato de Park a manos del nuevo jefe de la KCIA (26 de octubre de 1979), la proclamación de la ley marcial y la toma de todo el poder por el grupo de generales encabezados por Chun Doo Hwan (6 de diciembre), quienes impusieron al primer ministro, Choi Kyu Hah, como presidente nominal.

 La lucha por la democratización de Kim Dae Jung siguió durante los años ochentas y noventas, a veces en prisión, a veces, en el exiclio, a veces como candidato en elecciones que quedaba muy lejos de ganar. Con avances y retrocesos el país fue construyendo un sistema electoral creíble y un sistema de partidos competitivo. Las elecciones presidenciales de diciembre de 1992 se consideraron el colofón de la transición a la democracia en Corea del Sur por su impecable desarrollo. En ellas Kim Young Sam derrotó a Kim Dae Jung. Tras esta su tercera derrota en una aspiración presidencial, y viendo,  fin  de cuentas, florecer la democracia en Sudcorea, lo que era la gran ambición de su vida,  la Kim anunció, el 21 de diciembre, su retirada de la política y su dedicación a las tareas académicas. Ppero en julio de 1995, un tanto inopinadamente, anunció su intención de optar a la jefatura del Estado y puso en marcha un nuevo partido, el Congreso Nacional para la Nueva Política (CNNP).

Las perspectivas de Kim, que había escorado su discurso al centro liberal, tomaron un cariz poco halagüeño cuando en las legislativas del 10 de abril de 1996 el Partido de la Nueva Corea (PNC), nueva denominación del PLD, derrotó ampliamente al CNNP, que con todo recibió el 25.3% de los sufragios y 79 escaños. Kim no renunció, sin embargo, a emprender su candidatura presidencial para las elecciones de 1997. Poco después estalló la gran crisis económica en la región de Asia Pacífico y el pnorama electoral se trastocó radicalmente. El veterano político ancló la mitad de su programa en las cuestiones económicas, en un momento de histórica adversidad, precipitada por las crisis monetaria y bancaria compartidas con otros países de Asia oriental; la grave crisis financiera ponía en cuestión el modelo de desarrollo en que el país había basado su espectacular salto industrial y tecnológico en las últimas décadas.

 Deseoso de calmar la aprensión de las élites empresariales, que seguían viéndole como un populista radical permeable a las influencias izquierdistas, Kim urgió a la unidad nacional para sacar adelante la dolorosa reforma estructural exigida por el FMI a cambio de un plan de salvamento crediticio por valor de 57,000 millones de dólares, lo que iba a suponer la liquidación de las sociedades financieras insolventes, el final de las prácticas proteccionistas, la elevación de los impuestos y los tipos de interés, y la restricción del crecimiento económico, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo. No obstante, insistió en la necesidad de renegociar los aspectos más draconianos del programa antes de iniciar la cooperación con el FMI.

 El otro eje de su campaña fue la reunificación nacional, que tan optimistas perspectivas había generado a comienzos de la década para luego diluirse en la nada por la sucesión de crisis militares y las amenazas de guerra con el Norte, mediante la promoción de los intercambios culturales y la reunificación de las familias separadas por la guerra de 1950-1953. Demostrando su capacidad para el compromiso con otras fuerzas políticas, el 3 de noviembre de 1997 Kim ultimó una alianza con el Nuevo Partido Popular (NPP) de Rhee In Je y los Demócratas Liberales Unidos (DLU) de Kim Jong Pil, con vistas a formar un eventual gobierno de coalición.
Desmintiendo las encuestas preelectorales, el 18 de diciembre de 1997 Kim se hizo con la Presidencia con el 40,3% de los votos, superando en menos de dos puntos a Lee Hoi Chang, del Gran Partido Nacional (GPN), nuevo nombre del PNC. Esta victoria constituía la primera alternancia democrática en la historia de país y para Kim suponía una victoria personal especialmente gratificante, tras pasarse en la oposición los últimos 40 años de su vida, parte de ellos transcurridos en el exilio, en la cárcel o bajo arresto domiciliario.

Los medios locales hicieron notar el grado de impopularidad del presidente saliente y su partido a raíz del estallido de la crisis financiera, que había conmocionado a un pueblo orgulloso de su vertiginoso nivel de desarrollo. Justamente, Kim Dae Jung, con su trayectoria de infatigable luchador por la democracia y su imagen de hombre de intachable moralidad, ofrecía alivio y confianza en unos momentos de humillación nacional por el naufragio de un modelo económico que había convertido a Corea del Sur en el tigre asiático por excelencia, y por tener que pedir auxilio financiero a Occidente a través del FMI.


El gobierno de Kim Dae Jung fue sumamente exitoso. Tras casi medio siglo después de iniciar su épica lucha política en nombre de la democracia y la paz, inició su mandato quinquenal con un llamamiento a la población para sobrellevar "con patriotismo y coraje" los sacrificios económicos que se avecinaban y haciendo profesión de fe liberal ("los negocios deberán sobrevivir en una economía de libre mercado y a través de una competencia global", dijo en su toma de posesión este antiguo socialista), removiendo sus últimos reparos al plan del FMI. Sin hacer precisiones, aseguró que iba a hacer de nuevo de Corea del Sur un paraíso para los inversores extranjeros, huidos en masa ante el hundimiento de la cotización de la moneda nacional, el won, y del mercado de valores de Seúl, a conceder ayudas especiales a las pequeñas y medianas empresas en dificultades y a garantizar los puestos de trabajo.

La reconversión productiva fue sumamente dolorosa. Y es que como lo observara en su oportunidad el Far Eastern Economic Review: “, la crisis no se superará con patrióticas denuncias contra los “tiburones de Wall Street, sino con cambios de mentalidad en la burocracia económica, en los banqueros, en los Chaebols y en los propios trabajadores”. Pasaron dos años de dolorosa reconversión antes de que la crítica situación comenzara a revertirse. Para cuando terminó el mandato de Kim en 2002, el país se había recuperado plenamente en lo económico, era un ejemplo de democracia funcional en lo político y el prestigio internacional del país se hallaba en su mejor momento, gracias a las valientes iniciativas de paz que emprendió el presidente hacia el vecino comunista del norte y que le valieron el premio nobel de la paz. Hoy vemos Corea con todo ímpetu regresar a los primeros planos de la economía internacional y su éxito se refleja hasta en lo deportivo. 
 
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