sábado, 12 de enero de 2013

Las Elecciones de la “Mayoría Silenciosa”


Nunca antes en la historia electoral de los Estados Unidos un acontecimiento de política exterior había influido tanto el resultado de unos comicios presidenciales como en 1968. La Guerra de Vietnam fue el tema central que los candidatos debieron atender tanto en el proceso de elecciones primarias de ambos partidos como en la contienda nacional de noviembre. El desempeño de las fuerzas americanas en el conflicto de Indochina provocó una profunda crisis de conciencia en la sociedad estadounidense, que hasta la fecha no ha logrado ser superada del todo.

     El gran tropiezo de la administración Johnson fue, sin lugar a dudas, su política en Vietnam. Desde agosto de 1964, con el pretexto de que unos buques de guerra norteamericanos habían sido atacados por lanchas torpederas norvietnaminatas en el golfo de Tonkin, la Casa Blanca recibió del Congreso la autorización para adoptar "todas las medidas necesarias para repeler la agresión y prevenir nuevos ataques". Un poco más tarde -a principios de 1965- el presidente y sus asesores llegaron a la conclusión de que el Vietcong  no podría ser derrotado sin una mayor intervención norteamericana. Se dio entonces la orden de iniciar bombardeos indiscriminados sobre Vietnam del Norte. También a partir de ese momento, Washington se dedicó a enviar cada vez más refuerzos militares, hasta llegar en 1968 a la cantidad de 500,000 efectivos. El número de bajas aumentaba en la misma proporción. En octubre de 1967, el Pentágono anunció que los estadounidenses muertos o heridos en combate sumaban la cantidad de 101,031.  Para 1968, el tonelaje total de bombas arrojado sobre Vietnam del Norte ya superaba al lanzado por las fuerzas aéreas aliadas durante toda II Guerra Mundial. Pero a pesar de esta escalada en la ofensiva y a la utilización de defoliantes, napalm y otros productos químicos en el frente, los vietnamitas no se daban por vencidos.

     Mientras en Indochina se agravaba el conflicto,  al interior del la Unión Americana el panorama empezaba a oscurecer. Una grave crisis social y política estallaría como consecuencia de la guerra y como resultado del fracaso parcial de los proyectos sociales del gobierno. Además, las tensiones raciales volverían a estallar, ahora con un nivel de violencia desconocido hasta ese momento.

     Durante los dos primeros años posteriores a su elección como presidente, Johnson siguió preocupándose por llevar adelante su programa de la Gran Sociedad. Aprovechando la enorme mayoría demócrata en el Congreso (resultado del aplastante triunfo de este partido en 1964 que le permitía al gobierno superar a la coalición republicanos-demócratas del sur), el presidente hizo aprobar importantes legislaciones en los temas de renovación urbana, salud, educación , desarrollo regional y apoyo a minorías; entre otras. La reforma social demandaba fuertes erogaciones por parte del gobierno. Durante los cinco años de la presidencia de Johnson, sólo en lo que se refiere la educación los gastos estatales se quintuplicaron, mientras los dedicados al sector sanitario se triplicaron.

     Paralelamente al crecimiento sin medida del Estado bienestar empezaron a aparecer deficiencias. En muchos casos, los recursos destinados a los programas sociales del gobierno nunca llegaban a beneficiar a sus destinatarios, ya que o se perdían en la compleja maraña burocrática o se aplicaban en satisfacer otro tipo de necesidades. Además, las cuantiosas erogaciones estatales sólo podían ser subsanadas mediante un monstruoso déficit gubernamental, que para principios de 1967 sumaba la astronómica cantidad de 9,700 millones de dólares. Por si fuera poco, la guerra de Vietnam estaba obligando a la administración a desviar recursos destinados a los programas de    la Gran Sociedad para cubrir las crecientes prioridades militares.

     El gobierno no sólo tenía dificultades económicas a causa del déficit en sus presupuestos. La balanza comercial también presentaba preocupantes números rojos. Por su parte, la inflación aumentaba, revirtiendo en gran medida con sus efectos todos los esfuerzos efectuados durante la "guerra contra la pobreza". Sin embargo, la expansión continuaba. El producto nacional bruto alcanzó, en 1967, la cifra récord de 785,000 millones de dólares y (un año más tarde) este número se incrementó a 860,000 millones de dólares. En buena medida este crecimiento debió mucho al impulso que la industria militar recibió por la Guerra de Vietnam.          
La inflación, el enorme déficit presupuestal y (sobre todo) Vietnam perjudicaron notoriamente la popularidad del gobierno. En las elecciones intermedias de 1966 para renovar al Poder Legislativo, los demócratas perdieron 47 escaños en la Cámara de Representantes. Los republicanos y los demócratas del sur volverían a tener la suficiente fuerza para obstaculizar la labor de Johnson. La aprobación de nuevas leyes para ampliar los derechos civiles, para fortalecer las medidas anticrimen, para promover programas de ayuda al exterior, para apoyar la campaña contra la pobreza y para procurar la renovación urbana fueron puestas en suspenso. El Congreso también se negó a aprobar un incremento de 10%  a los impuestos, que se hacía urgente como una medida para combatir al déficit.

     Cabe decir que rumbo al final del mandato de Johnson, las relaciones entre los Poderes Legislativo y Ejecutivo mejoraron.  Finalmente pasaron las iniciativas del gobierno sobre derechos civiles, lucha contra el crimen y aumentos en los impuestos. Pero los recortes a los presupuestos continuaron, así como los esfuerzos para combatir la inflación.
     En el frente racial se verificaron una vez más intensas luchas, que adquirieron en estos años una virulencia sin precedentes. El escenario en esta ocasión no sería, como antaño, al racista y conservador sur, sino las grandes ciudades del este, del medio oeste y de California.  Los negros, desesperados por la falta de eficacia mostrada por las medidas adoptadas por las administraciones demócratas en favor de los derechos civiles, estaban mudando de estrategias. La "resistencia pacífica" practicada por Luther King y otros dirigentes empezó a ser remplazada por los métodos violentos de nuevos movimientos de tendencia revolucionaria. El clímax de los enfrentamientos raciales se produjo en abril de 1968, cuando más de 50 ciudades norteamericanas fueron azotadas por los motines protagonizados por los negros tras el asesinato de Martin Luther King en la ciudad de Memphis a manos de un fanático blanco.

A todas las dificultades de la administración había que sumar todavía la conflictividad en las relaciones industriales. Huelgas en varios sectores productivos estallaron en demanda de mejoras salariales. Johnson se vio obligado a recurrir a la ley Taft-Hartley, tan repudiada por el Partido Demócrata, para poder hacer frente a la situación.
Por todas partes existía la sensación de que la sociedad norteamericana estaba en un proceso de franca descomposición. Las escenas de las atrocidades cometidas por el ejército norteamericano, el más poderoso del mundo, en contra de la población indefensa de un país subdesarrollado habían sacudido a la opinión pública. La Guerra de Vietnam dio lugar a numerosos cuestionamientos entre los norteamericanos, quienes se preguntaban sobre el papel que su país debería jugar en el mundo. 

     Los bombardeos masivos sobre Vietnam del Norte, el reclutamiento  de jóvenes para ser enviados al Sudeste asiático y la mala conducción militar, fueron motivos más que suficientes para originar un vasto movimiento nacional en contra de la guerra. Manifestaciones de protesta se celebraron a lo largo de todo el país, contando con la presencia de millares de jóvenes, estudiantes, intelectuales, negros, chicanos y miembros de grupos pacifistas. Y a medida de que en Estados Unidos crecía la oposición a la guerra, en el frente de batalla cundía la desmoralización de los soldados, forzados a pelear por una causa en la que no creían. Vietnam se convertía en una trágica aventura de la que Washington no sabía como salir.

     Todo este conflictivo escenario fue el telón de fondo de la elección presidencial de 1968. La Guerra de Vietnam estaba dividiendo gravemente a los demócratas. Distinguidas personalidades al interior de este partido, incluido el senador Robert F. Kennedy, eran acérrimos críticos de la política vietnamita del presidente. Sin embargo, para la primaria de Nueva Hampshire el único demócrata que se presentó para retar a Johnson fue Eugene McCarthy (senador por Minnesota) quien defendía una plataforma completamente pacifista. Aunque Johnson salió triunfador en Nueva Hampshire, lo hizo con una diferencia mínima  (menos de ocho puntos porcentuales), demasiado escasa para un presidente en funciones. Al igual que Truman en 1952, Johnson renunció a buscar la reelección tras su fracaso en Nueva Hampshire.                

    Con el retiro del presidente se inició una encarnizada lucha al interior del Partido Demócrata en busca de la nominación presidencial; con Kennedy, Humphrey, y McCarthy como principales protagonistas.  Pero cuando el senador Kennedy parecía perfilarse como el seguro ganador, apareció nuevamente la oscura arma del asesino. Un emigrado jordano de origen palestino, Sirhan B. Shirhan, disparo las balas de su pistola sobre Kennedy cuando éste festejaba su triunfo en la primaria de California.

     La Convención Nacional Demócrata se celebró en Chicago a finales de agosto en medio de un ambiente de violencia. Miles de personas, que se manifestaban en contra de la guerra a las afueras de la sede de la convención, fueron brutalmente reprimidas por las fuerzas del orden. Mientras esto sucedía en las calles, los delegados se daban a la tarea de designar candidato presidencial. Tras el asesinato de Robert Kennedy sólo quedaban McCarthy y Humphrey como aspirantes con posibilidades serias. El primero había obtenido un número considerablemente mayor de votos durante las primarias, pero sus posiciones liberales y su vocación pacifista eran mal vistas por el establishment demócrata. El vicepresidente, quien era partidario de mantener sin mayores variaciones la actitud asumida por Johnson en Vietnam, era el preferido de la dirigencia. En el momento de la votación, Humphrey se impuso fácilmente, apoyado por toda la maquinaria del partido. Como su compañero de fórmula, Humphrey designo a Edmund Muskie (senador por Maine) uno de los legisladores demócratas con mayor prestigio.
Protests
La plataforma electoral fue resultado de una difícil negociación entre las alas liberal y moderada. Había recogido casi una a una las demandas de los liberales en lo concerniente a la política interior, pero sobre Vietnam mantenía los puntos de vista de la administración Johnson. El documento era favorable a poner fin a los bombardeos sobre Vietnam del Norte, pero sólo cuando esta acción "no pusiera en peligro la seguridad de las tropas estadounidenses". Reiteraba la decisión estadounidense de retirar sus tropas "sólo cuando el Vietcong cesara sus actividades en el sur y se replegara al norte". Una vez concertado el alto al fuego, se deberían celebrar elecciones libres en Vietnam del Sur y de ser así, Estados Unidos colaboraría gustosamente a la reconstrucción de ambos sectores del devastado país. Asimismo, una nueva administración demócrata sentaría las bases para que en el futuro la armada sudvietnamita pudiera hacer frente a eventuales amenazas militares.

     Sobre otros temas de política exterior, los demócratas confirmaron su apoyo a Israel (que acababa de vencer a sus vecinos árabes en la guerra de los seis días) y manifestaron su disposición a reconocer a la China comunista cuando esta nación "decidiera convertirse en un miembro responsable de la comunidad internacional"  En los asuntos internos, el dueto Humphrey-Muskie subrayaba la necesidad de combatir a fondo al crimen y a la violencia en las grandes ciudades, mientras que en el terreno económico proponían la elevación de los impuestos a las personas con altos niveles de ingresos. 

     Por su parte, los republicanos tendrían unas elecciones primarias y una Convención marcadamente más tranquilas que las de sus adversarios. El ex vicepresidente Richard Nixon volvió a presentarse como aspirante, al igual que Nelson Rockefeller. Ronald Reagan (gobernador de California) y George W. Romney (gobernador de Michigan) también saltaron a la palestra. Nixon era un ejemplo viviente de constancia. Apenas dos años después de su derrota en las elecciones de 1960, había fracasado en su intento por convertirse en gobernador de California. Cuando todos daban la carrera de Nixon por terminada,  éste se mudó a Nueva York y mantuvo actividad política intensa, fortaleciendo sus alianzas con los sectores conservadores del Partido Republicano. Por su parte, Rockefeller se presentaba a las primarias nuevamente como cabeza del sector moderado, con la esperanza de que el escándalo sobre su divorcio hubiese quedado en el olvido.

     Nixon logró un buen porcentaje de los votos republicanos y fue nominado candidato presidencial en Miami a principios de agosto por la Convención Nacional de su partido. Las enormes diferencias entre el archiconservador Reagan y el liberal Rockefeller hicieron imposible la conclusión de un acuerdo para la designación de otra persona. El discurso de aceptación de Richard Nixon fue una poderos pieza a oratoria que pasó a la historia por que en ella el candidato utilizó el fmoso concepto de “la mayoría silenciosa”. Para la vicepresidencia, Nixon escogió al gobernador de Maryland, Spiro T. Agnew, quien originalmente había aparecido como partidario de Rockefeller, pero que supo cambiar de tren en el momento adecuado. La plataforma republicana era marcadamente menos conservadora que la presentada por el partido en 1964. Se trataba de un documento que pretendía "mediar" entre las posiciones de los moderados y los conservadores sobre los temas de política exterior e interior para no provocar una división que comprometiera el triunfo en los comicios generales.

 Sobre Vietnam, los republicanos acusaban a la administración demócrata de haber fracasado "militar, política y diplomáticamente". Opinaban que la guerra debería "desamericanizarse", procurando el fortalecimiento de las fuerzas armadas del sur hasta que estas pudieran defenderse solas. Una vez cumplido este objetivo, las fuerzas norteamericanas volverían a casa. La plataforma evitaba toda referencia a los bombardeos. Sobre la defensa y seguridad nacionales, se censuraba al gobierno de Johnson por no haber desarrollado armas nucleares y convencionales que garantizaran la superioridad bélica de los Estados Unidos sobre la Unión Soviética. Los republicanos también manifestaban su pleno apoyo a Israel, establecían que el reconocimiento de China Popular no era viable "en las actuales circunstancias", declaraban su preocupación por el incremento del crimen y de los desordenes raciales al interior de los Estados Unidos y, en el terreno económico, condenaban la "desadministración" demócrata, prometiendo una reorganización de los presupuestos gubernamentales e incluso un recorte en los impuestos "una vez terminada la sangría de recursos que supone el conflicto en Vietnam".

Un tercer candidato se presentó para participar en la competencia presidencial. Se trataba de George Wallace (gobernador de Alabama) que promovió la creación del Partido Independiente Americano (American Independient Party). Wallace era un radical de derecha que como gobernador se había opuesto terminantemente a la implantación de los derechos civiles en su estado. La plataforma del Partido Independiente Americano mantenía la necesidad de buscar una paz negociada en Vietnam, pero sí el diálogo fracasaba, habría entonces que imponer una solución militar. Wallace pretendía reforzar al máximo el poder de las autoridades locales y estatales frente la federación, declaraba su  oposición a la Ley de Derechos Civiles de 1968 y ofrecía extender los beneficios de la seguridad social e incrementar los subsidios agrícolas. También proponía  que los jueces de la Suprema Corte de Justicia se sometieran su confirmación periódica por el Senado en intervalos razonables.
George Wallace no aspiraba a obtener el triunfo nacional, pero sí tenía la esperanza de ganar en el sur los suficientes votos para llegar al Colegio Electoral con una fuerza relativa y fungir como "fiel de la balanza" en caso de que un resultado demasiado reñido impidiera que alguno de los aspirantes de los dos grandes partidos obtuviera la mayoría absoluta. De esa forma, los radicales impondrían al presunto ganador una serie de condiciones en el momento de la negociación. 

     La campaña electoral fue bastante anodina. Las diferencias entre ambos candidatos no eran significativas. Los republicanos se presentaban como favoritos, dado la división interna de los demócratas y la candidatura independiente de Wallace. El 31 de octubre, unos días antes de la celebración de los comicios, Johnson anunció la suspensión de los bombardeos a Vietnam del Norte, como parte de una maniobra destinada a beneficiar a los demócratas.  

Las elecciones de 1968 tuvieron como desenlace una apretada victoria a Richard Nixon, que consiguió el 43.4% de los votos populares, apenas siete décimas arriba de lo obtenido por Humphrey. Pero pese a lo reñido del resultado, en el Colegio Electoral Nixon alcanzó el 55.9% de los votos, echando por tierra las esperanzas de Wallace. Los republicanos ganaron en el oeste, en partes del medio oeste y en algunos estados del sur; mientas que los demócratas triunfaron en  la mayor parte de los estados del este, en algunos de la región de los Grandes Lagos y sólo en uno del antiguo "sólido sur": Texas. Wallace ganó en 5 estados sureños (Arkansas, Louisiana, Alabama, Mississippi y Georgia).

     El Congreso siguió dominado por los demócratas, pese a una ganancia de los republicanos de 5 escaños en cada una de las cámaras. 

 

martes, 6 de noviembre de 2012

Thatcher, la hora de una opción radical.


El estrecho margen por el que el Partido Laborista consiguió derrotar a los conservadores en octubre de 1974 de ninguna manera dejaba tranquilo a Harold Wilson. Sobre el gobierno pendería una "espada de Damócles", ya que con unas cuantas derrotas en By elections o con eventuales defecciones de parlamentarios (tan comunes en el Partido Laborista) la administración Wilson volvería a estar en una posición minoritaria en el parlamento. La escasa mayoría gubernamental en poco colaboraría en el combate contra la crisis económica, que cada vez se hacía más difícil. La inflación llegaba a niveles históricos. En el período 1972-73 registró un aumento de 9.2%, en 1973-74 subió a 16% y en 1974-75 alcanzó el 24.1%. Para enero de 1975, la cifra de desempleados rebasaba los 700,000 y la balanza de pagos conocía déficits sin precedentes. Empero, la mala situación de la economía no impidió al gobierno anunciar nuevas legislaciones de reforma, sobre todo en el campó de la educación.

Pero el panorama económico, lejos de mostrar signos de recuperación, se complicaba. Para mediados de 1975 era evidente que la política de Social Contract había fracasado, por lo que el gobierno se vio nuevamente obligado a aumentar impuestos, recortar presupuestos y disminuir subsidios. Se hicieron nuevos esfuerzos, todos infructuosos, por acordar con los sindicatos fórmulas para imponer restricciones a los aumentos salariales. La espiral inflacionaria siguió creciendo, alentada ahora por la situación de recesión internacional que el mundo padeció a mediados de los setentas. Las presiones contra la libra volvieron con fuerza, llevando a la divisa británica a cotizarse de 2.024 dólares por libra en enero de 1976 a 1.637 en septiembre del mismo año.

El 5 de julio de 1975 se efectuó el referéndum nacional para decidir la permanencia o el retiro del Reino Unido de la Comunidad Económica Europea, prometido por los laboristas en su manifiesto electoral. El gobierno de Harold Wilson recomendó a los electores votar por el Si, contraviniendo la posición anti-CEE del ala izquierda del laborismo. De hecho, varios ministros laboristas (Michael Foot, Tony Benn y Barbara Castle entre ellos) manifestaron públicamente su opinión contraria a la membresía británica a la Comunidad.  El plebiscito arrojó un resultado ampliamente favorable a la permanencia en la CEE en los tres países del reino. En Inglaterra se decidieron por el Si el 68.7% de los electores, mientras que en Escocia lo hizo el 58.4%; en Gales el 64.8% y en Irlanda del Norte el 52.1%. En total, el 64.5% de los votantes del Reino Unido que participaron en el referéndum dieron una respuesta afirmativa.
Tras el contundente triunfo del Si, la cuestión del ingreso a la CEE quedó definitivamente cerrada al interior del Partido Laborista, que accedió a enviar una representación al Parlamento Europeo, e inclusive los sindicatos solicitaron su entrada a los cuerpos especializados de la CEE que requerían de su participación. El tema comunitario, una amenaza constante de división en las filas laboristas, era ahora definitivamente desterrada gracias a la destreza de Wilson.

Fue precisamente el referéndum sobre la cuestión europea el último triunfo en la carrera política de Wilson. El 16 de marzo de 1976, de manera completamente inesperada, el primer ministro anunció su dimisión, aduciendo cuestiones de edad. Había sido miembro del parlamento por más de treinta años, ministro en el gabinete durante once y primer ministro por ocho. Ahora tocaría a otras personalidades el reto de sacar adelante al país. Y, ciertamente, se trataba éste de un desafío colosal.
En el momento del retiro de Wilson, el antaño poderoso Reino Unido atravesaba por una de las situaciones más difíciles de su historia. La crisis arreciaba en medio de enfrentamientos laborales, descomposición social y con la presencia internacional del país a la baja. Aunado a todos los problemas nacionales, el sucesor de Wilson tendría que encarar al creciente divisionismo interno del laborismo y la posibilidad de verse obligado a llamar a comicios anticipados en razón de la insignificante  mayoría con la que contaba el gobierno. Para reemplazar al primer ministro, los laboristas eligieron a James Callaghan, ministro del Exterior, no sin antes efectuar un reñido proceso electoral interno que evidenció aún mas el alcance de las discordias en el laborismo.

Callaghan heredaba una delicada situación en el parlamento, agravada por derrotas del Partido Laborista en las By-elections celebradas en 1976. Para lograr un espacio de maniobra, el flamante premier concertó un pacto informal con los liberales, en virtud del cual el gobierno contaría con su apoyo en caso de que los conservadores intentaran pasar en el parlamento un voto de censura. El Partido Liberal esperaba obtener a cambio la posibilidad de discutir la tan ansiada reforma electoral. El pacto liberal-laborista otorgó un respiro duradero al gobierno y no aportó, en cambio, grandes beneficios a los liberales.

 Dueño de una relativa tranquilidad parlamentaria, Callaghan se dispuso a tratar de revertir las dificultades económicas, tarea en la que conoció poca fortuna. Las presiones de los sindicatos para impedir la implementación de una política de contención salarial eran invencibles. La carrera precios-salarios se agudizó durante todo el período 1976-79, aumentado las presiones inflacionarias. Nunca como antes se hizo evidente la enorme dependencia del Partido Laborista de las Trade Unions. Este hecho limitaba considerablemente la capacidad de acción del gobierno, agravando la crisis económica y provocando el descontento del sector moderado del laborismo que exigía a su partido gobernar pensando en la sociedad británica en su conjunto y no sólo para beneficio de las corporaciones sindicales.

 El gobierno de Callaghan conocería también amargos reveses en política interna. Los éxitos electorales de los partidos nacionalistas volvieron a poner en el centro del debate político la posibilidad de otorgar a Gales y a Escocia grados mayores de autogobierno. No sin grandes dificultades fue aprobado en el parlamento, a finales de 1978, las iniciativas para dotar a Gales y Escocia de asambleas legislativas locales (Devolutions Bills). La idea de conceder esos "privilegios especiales" de autogobierno había sido combatida por los conservadores y por un considerable sector del laborismo, pero apoyada con entusiasmo por el SNP y por Plaid Cymru.

 

 Un referéndum tendría que realizarse en los países involucrados para aprobar definitivamente la instalación de estas asambleas legislativas, aunque los opositores a esta idea lograron imponer una condición: que la iniciativa fuera aprobada por el 40% del total de votantes registrados en Escocia y Gales, respectivamente. Con esto, no bastaría únicamente el triunfo del Si en el plebiscito, sino que debía contarse con un margen mínimo de los ciudadanos participantes.

 El referéndum para decidir la implantación de asambleas legislativas locales en Gales Y Escocia se efectuó el primero de marzo de 1979, en un momento en que la popularidad de la administración de Callaghan se encontraba por los suelos. Los resultados fueron sumamente decepcionantes tanto para el gobierno como para los nacionalistas. En Gales, solamente el 11.9% del total de los ciudadanos votó por el Si, mientras el 46.9% sufragó por el No. En Escocia, el 32.85% de los ciudadanos con la posibilidad de votar lo hizo por el Si y el 30.78% por el No. El SNP amenazó al gobierno con no apoyarlo en el parlamento sí no seguía adelante con la implementación de la asamblea legislativa para Escocia, a pesar de la cláusula del 40%, pero nada prosperó. Para Callaghan resultaba indispensable contar con los 11 MP's de los nacionalistas escoceses, ya que para entonces (marzo de 1979) el pacto con los liberales se había roto.        
 

 La cuestión del Ulster tampoco conoció grandes avances. La intransigencia de los unionistas era cada vez mayor. Estos se oponían a cualquier participación de los católicos en el gobierno, así como a aceptar acuerdos que garantizaran una mejoría en la situación de la minoría católica. El gobierno fue incapaz de otorgar soluciones imaginativas al problema. Como resultado, la actividad terrorista siguió recrudeciéndose.     

Al principiar 1979, el panorama para James Callaghan era negro. El invierno había sido una verdadera pesadilla. De hecho, pasó a la historia como The Winter of Discontent, haciendo reminiscencias de Macbeth. Desde noviembre de 1978 una ola de graves huelgas azotaba al país, destacando las de las industrias automotriz y del transporte de energéticos. Por doquier los sindicatos imponían su ley, ante la mirada impotente del gobierno. El pacto liberal-laborista se había roto desde mediados de 1978 y durante meses el Partido Laborista lograba mantenerse en el poder gracias al apoyo de los nacionalistas escoceses, galeses e irlandeses. Pero tras el fiasco del referéndum sobre la devolution nadie podía garantizar la futura actitud de estos partidos. El gobierno estaba en el fondo de un abismo en términos de popularidad, y en las By-elections celebradas en esta etapa los tories obtenían ventajas por encima de los diez puntos porcentuales.

Finalmente, la suerte del gobierno fue dictada el 28 de marzo de 1979, cuando el Parlamento aprobó por margen de sólo un voto (311 a favor y 310 en contra) una moción de no confianza contra la administración. Era la primera vez desde 1924 que un gobierno era obligado a renunciar por el parlamento.

 
Los claros favoritos para ganar los comicios eran los conservadores. Tras su derrota en octubre de 1974 Edward Heath no pudo contener los movimientos en su contra y fue relevado a principios de 1975 de la dirección del partido por Margaret Thatcher, ex ministra de Educación. El triunfo de Thatcher en la elección interna del Partido Conservador representó un claro giro a la derecha. De inmediato, la nueva líder  imprimió su estilo radical e ideologizante al Partido Conservador, consiguiendo una serie de victorias en las By-elections. El ascenso de Margaret Thatcher sería el principio de un profundo cambio en la vida política y económica del Reino Unido. La llamada "Dama de Hierro" era jefa de un sector radical dentro del partido tory afín a las ideas neoliberales y monetaristas postuladas por economistas como Milton Friedman y sociólogos como Friedrich von Hayek, quienes sostenían una feroz crítica contra los excesos del Estado bienestar y, en general, contra todo intervencionismo estatal en cualquier rama de la vida económica. Estas opiniones provocaron una polémica incluso dentro del Partido Conservador entre quienes apoyaban estas ideas y quienes defendían la necesidad de preservar más o menos intactas las principales instituciones del Welfare State.


Para cuando se aprobó el voto de no confianza en el parlamento, los tories aventajaban en las encuestas de Gallup por 14 puntos porcentuales a los laboristas. Thatcher emprendió una enérgica campaña electoral en la que prometió "devolver al Reino Unido su pasada grandeza" y anunció la implantación de estrategias neoliberales para rescatar a la economía revitalizando la producción y combatiendo la inflación. Los pilares de la recuperación económica serían el apoyo irrestricto a la empresa privada, los recortes a los impuestos, la privatización de empresas públicas, la drástica reducción de los presupuestos gubernamentales y, sobre todo, el combate a fondo contra el poder de los sindicatos.
Para los liberales la elección de 1979 prometía poco. Después de conocer un sorprendente ascenso en la primera mitad de la década de los setentas, la fortuna liberal había declinado bajo el gobierno de Callaghan, primero como efecto del pacto liberal-laborista y más tarde por la radicalización de las posiciones de los dos grandes partidos. La necesidad de cambios extremos en el Reino Unido dejaba poco espacio para las opciones de centro. Por otra parte, se confirmaba un fenómeno ya antes visto en lo concerniente a los altibajos de la popularidad del Partido Liberal: sí los laboristas se encontraban en el poder, disminuía la presencia liberal; y sí, por el contrario, eran los conservadores los gobernantes, el Partido Liberal veía  sus bonos elevarse. Este hecho comprobaba que los liberales eran vistos como una alternativa por un  sector importante de los electores moderados que optaba por este partido cuando se encontraba a disgusto con los tories.


Los liberales también habían cambiado de líder. En 1976, luego de varios desilusionantes resultados en By-elections y en medio de escándalos sobre su vida personal, Jeremy Thorpe dimitió para ser sustituido por David Steel. 
James Callaghan tenía contados sus días como primer ministro. Sin embargo, se preparó para dar la última batalla. Tuvo éxito en conseguir que el manifiesto electoral laborista mantuviera un tono moderado; pero su pobre desempeño en el manejo de la economía y el papel jugado por los sindicatos en los últimos años ocupaban el centro del debate rumbo a los comicios.

Los tories vencieron contundentemente  en las elecciones del 3 de mayo de 1979, consiguiendo 71 escaños más que los laboristas. El Partido Liberal sufrió un  retroceso respecto a octubre de 1974. Los nacionalistas escoceses sufrieron pérdidas tan espectaculares como sus ganancias de 1974, al disminuir su presencia parlamentaria a sólo 2 MP's y conseguir el 17.3% del voto en Escocia. Plaid Cymru ganó dos escaños, mientras que de los 12 MP's norirlandeses, 10 fueron para los unionistas y 2 para los republicanos.


Margaret Thatcher se convirtió, así, en la primera mujer en la historia británica en ocupar la jefatura del gobierno. La primera ministra aplicaría en su administración un programa de reformas radicales, una verdadera "revolución conservadora", que abriría una nueva etapa en el Reino Unido e influenciaría enormemente al desarrollo de la política y la economía internacionales durante toda la década de los ochenta. Su triunfo fue una muestra más de que no siempre es cierto aquello de que "gana las eleeciones quien conquista el centro", sino que en situaciones de crisis profunda las opciones más radicales tienen  una fuerte oportunidad de salir victoriosas.

sábado, 22 de septiembre de 2012

El coraje y la tenacidad del demócrata Kim Dae Jung



Uno de los resultados menos comentados pero más representativos de las olimpiadas que se celebraron en Londres en 2012 fue el estupendo lugar que obtuvo la República de Corea en el medallero: cuarto lugar solo detrás de China, Estados Unidos y el anfitrión Reino Unido y por encima de potencias deportivas tradicionales como Rusia, Alemania, Francia, etc. El éxito olímpico de los coreanos del sur solo es un síntoma más de uno de los fenómenos de desarrollo sostenido y acelerado más espectaculares que se verificó en la segunda mitad del siglo XX: el inaudito despegue económico de Corea del Sur, nación de casi 45 millones de habitantes que a partir de principios de los años sesenta adoptó un agresivo modelo de industrialización orientada a la exportación basado en una férrea austeridad, importación de tecnología, disciplina y capacitación laboral masiva. Pieza clave de este modelo de desarrollo lo fue el denominado “dirigismo estatal”, mediante el cual el Estado alentó la creación de grandes conglomerados industriales privados, los célebres Chaebols, para que fueran los principales agentes de la industrialización. Los Chaebols gozaron en su camino al éxito por años todo tipo de privilegios: subsidios, ventajas fiscales, estabilidad laboral, subvaluación monetaria y, sobre todo, una agresiva política de préstamos blandos otorgados por la banca coreana.

En poco más de treinta años Corea pasó de ser un país rural atrasado con indicadores sociales y económicos parecidos a los de naciones como Ghana a ser la undécima economía más grande del mundo. El tigre promedió durante las últimas décadas del siglo XX un alucinante 8.6% de crecimiento anual del PIB, el monto de sus exportaciones creció de los 33 millones de dólares en 1960 a 130 billones de dólares en 1996, la esperanza de vida ha pasado de 47 a 71 años en el período 1955-95 y el ingreso per cápita creció de 80 a 10,000 dólares.

Desde luego, condición básica para que el modelo de industrialización basado en la exportación tuviera éxito fue el prevalecimiento de un régimen político sumamente autoritario. Tras algún incipiente experimento democrático, el general Park Chung Hee perpetró en 1961 un golpe de Estado que puso en las manos de las fuerzas armadas el control del gobierno por varios lustros, bajo el pretexto de la seguridad nacional estaba amenazada por el régimen comunista de Corea del Norte. Durante la rígida férula castrense se desarrollo la estrategia económica que llevó al país a vivir su milagro, pero la industrialización también propició que crecieran las demandas en pro de la democratización
Al principiar la década de los ochentas, las demandas en favor de la democratización del sistema político sudcoreano eran ya incontenibles. Se volvía a probar la relación axiomática que existe entre el grado de desarrollo económico y cultural de un país y sus aspiraciones democráticas. Corea había alcanzado un nivel de progreso material extraordinario en el curso de unos cuantos años, lo que había repercutido notablemente en el nivel de vida de la población. El dominio que los militares habían ejercido sobre el poder político desde el final de la Guerra de Corea era una obsolescencia en un país altamente industrializado, como lo era ya el Estado coreano. Se necesitaba dar paso pronto a un sistema de partidos competitivo y a una democracia sustantiva, si se quería garantizar la estabilidad política e incluso la viabilidad de la nueva fase del modelo económico, que requería menos de la incondicional mano de obra barata, más de la capacidad para afrontar con éxito la competencia tecnológica internacional y un freno decido a la rampante corrupción que afloraba sin barreras bajo la cómplice mirada de los militares.

 

En 1980 los movimientos democratizadores fueron brutalmente reprimidos por el gobierno, pero un año más tarde fue promulgada una nueva Constitución que  era concebida tanto por la oposición como por el mismo régimen como un documento de transición, destinado a regir sobre una etapa preparatoria para la plena democratización del país. Pero a pesar de que la nueva Constitución representaba un relativo avance democrático respecto al sistema anterior, aún prevalecían condiciones que garantizaban el dominio del partido oficial y la permanencia de la influencia política del ejército. se elaboró una "lista negra" de líderes disidentes que no podrían participar más en política y se redactó una ley electoral que garantizaba la hegemonía del partido oficial.
La violencia política no tardaría en reaparecer con toda su fuerza. En 1984 se verificaron nuevamente virulentas manifestaciones antigubernamentales. Esta vez, los militares tenían ante sí el dilema de volver a reprimir con violencia a los disidentes o tratar de flexibilizar aún más al sistema. El régimen optó por lo último. Paulatinamente se fueron borrando nombres de la "lista negra", hasta que ésta desapareció por completo en marzo de 1985. También se permitió la formación de un  nuevo y poderoso partido de oposición, el Partido Democrático de la Nueva Corea (PDNC), dirigido por los simpatizantes de los dos principales líderes de la oposición: Kim Dae Jung y Kim Young Sam.

La coyuntura internacional era cada vez más favorable para la democratización de Corea, sobre todo ahora que la Unión Soviética era gobernada por Gorbachov. Muy pronto la Guerra Fría sería cosa del pasado, con lo que la principal excusa para no abrir al sistema político coreano, la presunta amenaza a la seguridad nacional que representaba la existencia de un régimen comunista agresivo en Corea del Norte, dejaría de tener validez. Estados Unidos estaba ya más interesado en profundizar los alcances de la llamada "tercera ola democrática" que en tolerar al autoritarismo de los militares coreanos.

Con la toma de posesión de Roh Tae Woo de la presidencia de Corea del Sur, verificada el 25 de febrero de 1988, cobro vigencia una nueva Constitución, la sexta en la relativamente breve historia del país. Se trataba de una nueva etapa, en la que tres serían las principales preocupaciones nacionales: la consolidación definitiva del proceso de democratización, el arribo de una crisis estructural del modelo económico y la posibilidad de reunificar pacíficamente al país, una eventualidad que parecía estar al alcance de la mano, tras décadas de un enconado enfrentamiento, a causa del fin de la Guerra Fría. Cada uno de estos temas siguen hoy en el centro de la discusión pública y han conocido evoluciones en sentidos encontrados. Mientras el proceso de democratización a logrado avanzar sustancialmente, sobre todo a raíz de la celebración de la elección presidencial de 1992, la reunificación es cada vez más incierta, a causa de la actitud equívoca asumida por las autoridades comunistas de Corea del Norte, y la economía ha caído en un desastre sin paralelos.

En 1991 se vivió una violenta ola de manifestaciones estudiantiles y de huelgas obreras, que volvieron a poner en entredicho a la estabilidad del país. Al mismo tiempo, la economía coreana entraba en una etapa recesiva. En efecto, al desaparecer, al principio de los noventas, las condiciones que habían permitido el asombroso éxito de la industrialización orientada a la exportación, del modelo comenzaba a ingresar en una etapa de crisis, la cual ha desembocado en el desastre actual. La mano de obra barata desapareció del escenario. Tras la liberalización política sobrevino un poderoso movimiento sindical, que luego de provocar miles de huelgas en el lapso que corrió de 1987 a 1991 consiguió elevar sustantivamente los salarios de los trabajadores, haciendo que otras naciones sudeste asiático, China e incluso América Latina y México resultaran más atractivas para la industria maquiladora. El modelo sufrió una pérdida alarmante de competitividad en sectores claves de su éxito como son el del automóvil, la industria naval o la electrónica, debido a un encarecimiento notable de los costes de producción y la entrada con fuerza de rivales, como China.
Por otra parte, el éxito del modelo debía mucho al dirigismo estatal, el cual por años propició una economía en constante expansión con una inyección de créditos blandos irracional a los Chaebols, los cuales estaban cada vez más interrelacionados con el poder político y se habían convertido en promotores de la corrupción por su propia naturaleza de grupos protegidos. Para 1993 los bancos están asfixiados por las enormes deudas sin saldar de grandes o pequeños Chaebols

 

Pero si la economía se estancaba, la democratización se afianzaba definitivamente. A principios de los noventas los militares se deciden definitivamente a regresar a los cuarteles, pero no sin antes realizar un golpe maestro: promover la fundación de un nuevo partido dominante que fusionara al sector más moderado de la oposición con el oficialismo. De esta forma nace el Partido Liberal Democrático, que para las elecciones presidenciales de 1992, las primeras verdaderamente limpias y justas, postuló al presidente Kim Young Sam, para enfrentarlo al otro gran caudillo de la oposición democrática,  Kim Dae Jung, demasiado peligroso ante los ojos de los militares a causa de sus ideas “socializantes”.

El triunfador, Kim Young Sam, despertó grandes expectativas, las cuales fueron absolutamente traicionadas. La economía es un caos, y el combate contra la corrupción, una de las principales banderas de campaña, si bien llevó a la cárcel a dos ex presidentes y un buen número de funcionarios de primer y segundo nivel, quedó muy lejos de ser erradicada y, de hecho, contagió a la mismísima familia presidencial: el hijo del presidente purga en la actualidad una condena por tráfico de influencias. Kim fue incapaz de efectuar las correcciones que urgían al modelo coreano de desarrollo, y que demandaban  desregular el sistema financiero y reformar el sistema bancario, modificar las estrategias demasiado dependientes del dirigismo de los Chaebols, liberalizar más el comercio, facilitar la entrada de capitales extranjeros y flexibilizar el rígido mercado laboral.
La bomba estalló cuando se derrumbó el poderoso grupo siderúrgico Hanbo. Durante el resto de 1997 otros seis de los 30 Chaebols más grandes del país quebraron. Según The Financial Times, el gobernador del Banco Central advertía ya en mayo, secretamente, al presidente que la situación comenzaba a ser insostenible al aumentar más y más la deuda de muchos bancos como resultado de la creciente falta de solvencia de las empresas deudoras. De ahí, muchos consideran que Kim Young-Sam optó por una salida harto conocida en México: no quiso estropear sus últimos meses de mandato y decidió pasar la «papa caliente» a su sucesor. Tras la casi trágica caída de la bolsa de Bangkok, el entonces ministro de Economía descartaba que Corea del Sur pudiera caer en una situación de emergencia similar a la de Indonesia y Tailandia. Pero poco más tarde insinuaba era probable tener que pedir a los “amigos japoneses” un préstamo, aunque excluyendo la necesidad de recurrir al FMI. La realidad lo desmentiría demasiado pronto. El 3 de diciembre, Michael Camdessus, presidente del FMI, anunciaba el paquete de rescate más grande en la historia del organismo: 57,000 millones de dólares.

En apenas cuatro meses, el won se depreció en más del 100% respecto al dólar, con todo lo que ello supone para el encarecimiento de una deuda externa cifrada en 120,000 millones de dólares y con más de la mitad de los vencimientos ejecutables a corto plazo, las reservas de divisas siguen menguando, los precios de los servicios públicos han comenzado a subir, muchas empresas han cerrado o deberán cerrar, otras tendrán que fusionarse si quieren sobrevivir; y el fantasma del desempleo merodea sin cesar.
Mucho se ha dicho acerca de la supuesta responsabilidad de los “grandes especuladores internacionales” en el origen de la crisis asiática, pero lo cierto es que el peso de la culpa recae, sobre todo, en la irresponsabilidad de los gobiernos.

Ante este panorama, en los comicios presidenciales de diciembre salió triunfador el veterano socialista Kim Dae Jung (nacido en 1924), quien logró el objetivo de salir electo presidente tras cuatro intentos. Acérrimo opositor al gobierno de Park Chung Hee, contra quien compitió en los comicios presidenciales de 1971, estuvo encarcelado de 1976 a 1978 por celebrar actividades antigubernamentales. En 1980 fue condenado a muerte, acusado de tratar de derrocar al régimen militar por la fuerza, pero la sentencia se le conmutó a cadena perpetua gracias a la presión internacional. En 1982 salió de la cárcel, como resultado de una amnistía general. Cinco años después de su liberación participó nuevamente en las elecciones presidenciales y lo mismo hizo en 1992, tras declarar que la formación del Partido Liberal Democrático constituía un "golpe de Estado disfrazado".

Kim saltó a la palestra como el definitivo líder democratizador de su país cuando Park Chung Hee decidió, en diciembre de 1971, declarar el estado de emergencia y anunció su intención de suprimir toda oposición. Kim, que durante la campaña electoral de ese año resultó herido en un extraño accidente de tráfico que tuvo visos de atentado, buscó refugio en Tokio y desde allí llamó a la resistencia de los surcoreanos en respuesta a la decisión de Park, el 17 de octubre de 1972, de declarar la ley marcial, abolir la Constitución, clausurar la Asamblea y prohibir las actividades políticas. El 8 de agosto de 1973 Kim vivió el episodio más dramático de su vida cuando agentes de la Agencia de Inteligencia Coreana (KCIA) le secuestraron en su habitación del hotel Grand Palace de la capital nipona, con la intención aparente de hacerlo desaparecer en el mar. El incidente, que provocó una crisis diplomática muy grave entre Corea del Sur y Japón ocho años después de establecer los estados relaciones diplomáticas, movilizó a los gobiernos del país desairado y de Estados Unidos, los cuales presionaron a fondo a Park para que liberara a Kim, cosa que, en efecto, sucedió al cabo de cinco días con la reaparición del político, sano y salvo, en Seúl. Kim permaneció bajo arresto domiciliario hasta el 26 de octubre y con posterioridad a esa fecha siguió expuesto a ser procesado en cualquier momento por los cargos que la dictadura tuviera más a mano. La nueva arremetida del régimen no se hizo esperar, y a lo largo de 1974 Kim fue procesado bajo un repertorio de acusaciones.
 
El Gobierno de Park salió de este episodio severamente desacreditado. Todo lo contrario a Kim, que ganó renombre internacional y redobló sus actividades opositoras.  En diciembre de 1976 la Corte de Apelaciones de Seúl rebajó la condena a cinco años y el 9 de diciembre de 1979, transcurridos casi cuatro años entre rejas en los que fue objeto de malos tratos y torturas, obtuvo la libertad provisional en atención a su mal estado de salud y luego de firmar una promesa de buena conducta. El 29 de febrero de 1980 recibió el perdón presidencial junto con otros 700 disidentes. Entre tanto, el país había experimentado graves convulsiones con el asesinato de Park a manos del nuevo jefe de la KCIA (26 de octubre de 1979), la proclamación de la ley marcial y la toma de todo el poder por el grupo de generales encabezados por Chun Doo Hwan (6 de diciembre), quienes impusieron al primer ministro, Choi Kyu Hah, como presidente nominal.

 La lucha por la democratización de Kim Dae Jung siguió durante los años ochentas y noventas, a veces en prisión, a veces, en el exiclio, a veces como candidato en elecciones que quedaba muy lejos de ganar. Con avances y retrocesos el país fue construyendo un sistema electoral creíble y un sistema de partidos competitivo. Las elecciones presidenciales de diciembre de 1992 se consideraron el colofón de la transición a la democracia en Corea del Sur por su impecable desarrollo. En ellas Kim Young Sam derrotó a Kim Dae Jung. Tras esta su tercera derrota en una aspiración presidencial, y viendo,  fin  de cuentas, florecer la democracia en Sudcorea, lo que era la gran ambición de su vida,  la Kim anunció, el 21 de diciembre, su retirada de la política y su dedicación a las tareas académicas. Ppero en julio de 1995, un tanto inopinadamente, anunció su intención de optar a la jefatura del Estado y puso en marcha un nuevo partido, el Congreso Nacional para la Nueva Política (CNNP).

Las perspectivas de Kim, que había escorado su discurso al centro liberal, tomaron un cariz poco halagüeño cuando en las legislativas del 10 de abril de 1996 el Partido de la Nueva Corea (PNC), nueva denominación del PLD, derrotó ampliamente al CNNP, que con todo recibió el 25.3% de los sufragios y 79 escaños. Kim no renunció, sin embargo, a emprender su candidatura presidencial para las elecciones de 1997. Poco después estalló la gran crisis económica en la región de Asia Pacífico y el pnorama electoral se trastocó radicalmente. El veterano político ancló la mitad de su programa en las cuestiones económicas, en un momento de histórica adversidad, precipitada por las crisis monetaria y bancaria compartidas con otros países de Asia oriental; la grave crisis financiera ponía en cuestión el modelo de desarrollo en que el país había basado su espectacular salto industrial y tecnológico en las últimas décadas.

 Deseoso de calmar la aprensión de las élites empresariales, que seguían viéndole como un populista radical permeable a las influencias izquierdistas, Kim urgió a la unidad nacional para sacar adelante la dolorosa reforma estructural exigida por el FMI a cambio de un plan de salvamento crediticio por valor de 57,000 millones de dólares, lo que iba a suponer la liquidación de las sociedades financieras insolventes, el final de las prácticas proteccionistas, la elevación de los impuestos y los tipos de interés, y la restricción del crecimiento económico, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo. No obstante, insistió en la necesidad de renegociar los aspectos más draconianos del programa antes de iniciar la cooperación con el FMI.

 El otro eje de su campaña fue la reunificación nacional, que tan optimistas perspectivas había generado a comienzos de la década para luego diluirse en la nada por la sucesión de crisis militares y las amenazas de guerra con el Norte, mediante la promoción de los intercambios culturales y la reunificación de las familias separadas por la guerra de 1950-1953. Demostrando su capacidad para el compromiso con otras fuerzas políticas, el 3 de noviembre de 1997 Kim ultimó una alianza con el Nuevo Partido Popular (NPP) de Rhee In Je y los Demócratas Liberales Unidos (DLU) de Kim Jong Pil, con vistas a formar un eventual gobierno de coalición.
Desmintiendo las encuestas preelectorales, el 18 de diciembre de 1997 Kim se hizo con la Presidencia con el 40,3% de los votos, superando en menos de dos puntos a Lee Hoi Chang, del Gran Partido Nacional (GPN), nuevo nombre del PNC. Esta victoria constituía la primera alternancia democrática en la historia de país y para Kim suponía una victoria personal especialmente gratificante, tras pasarse en la oposición los últimos 40 años de su vida, parte de ellos transcurridos en el exilio, en la cárcel o bajo arresto domiciliario.

Los medios locales hicieron notar el grado de impopularidad del presidente saliente y su partido a raíz del estallido de la crisis financiera, que había conmocionado a un pueblo orgulloso de su vertiginoso nivel de desarrollo. Justamente, Kim Dae Jung, con su trayectoria de infatigable luchador por la democracia y su imagen de hombre de intachable moralidad, ofrecía alivio y confianza en unos momentos de humillación nacional por el naufragio de un modelo económico que había convertido a Corea del Sur en el tigre asiático por excelencia, y por tener que pedir auxilio financiero a Occidente a través del FMI.


El gobierno de Kim Dae Jung fue sumamente exitoso. Tras casi medio siglo después de iniciar su épica lucha política en nombre de la democracia y la paz, inició su mandato quinquenal con un llamamiento a la población para sobrellevar "con patriotismo y coraje" los sacrificios económicos que se avecinaban y haciendo profesión de fe liberal ("los negocios deberán sobrevivir en una economía de libre mercado y a través de una competencia global", dijo en su toma de posesión este antiguo socialista), removiendo sus últimos reparos al plan del FMI. Sin hacer precisiones, aseguró que iba a hacer de nuevo de Corea del Sur un paraíso para los inversores extranjeros, huidos en masa ante el hundimiento de la cotización de la moneda nacional, el won, y del mercado de valores de Seúl, a conceder ayudas especiales a las pequeñas y medianas empresas en dificultades y a garantizar los puestos de trabajo.

La reconversión productiva fue sumamente dolorosa. Y es que como lo observara en su oportunidad el Far Eastern Economic Review: “, la crisis no se superará con patrióticas denuncias contra los “tiburones de Wall Street, sino con cambios de mentalidad en la burocracia económica, en los banqueros, en los Chaebols y en los propios trabajadores”. Pasaron dos años de dolorosa reconversión antes de que la crítica situación comenzara a revertirse. Para cuando terminó el mandato de Kim en 2002, el país se había recuperado plenamente en lo económico, era un ejemplo de democracia funcional en lo político y el prestigio internacional del país se hallaba en su mejor momento, gracias a las valientes iniciativas de paz que emprendió el presidente hacia el vecino comunista del norte y que le valieron el premio nobel de la paz. Hoy vemos Corea con todo ímpetu regresar a los primeros planos de la economía internacional y su éxito se refleja hasta en lo deportivo. 
 
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domingo, 16 de septiembre de 2012

Disraeli vs. Gladstone: el Unicornio y el León



 
Dos de los estadistas más grandes y clarividentes de la historia mundial fueron ingleses, contemporáneos y los más enconados rivales: Benjamín Disraeli y William Gladstone. Pocas veces en la historia de las democracias modernas se puede encontrar un antagonismo tan exacerbado, protagonizado por dos hombres de estado tan disímiles y a la vez tan portentosos como estos dos formidables titanes de la política británica. Dos talentos muy diversos, pero en ambos casos admirables, lucharon en Westminster durante décadas oponiendo sus filosofías y espíritus. De un lado la gravedad, la seriedad, la virtud consciente; del otro el brillo, el ingenio, la ironía y bajo la apariencia de una supuesta frivolidad, una convicción no menos viva que la de su adversario. Gladstone, líder del Partido Liberal (Whig), creía en un gobierno por el pueblo, pretendía recibir del pueblo sus inspiraciones y se decía dispuesto a todas las reformas que deseara el pueblo, aunque atentaran contra las tradiciones. Disraeli, cabeza del Partido Conservador (Tory), creía en un gobierno para el pueblo, y admitiría reformas solo en la medida que respetaran ciertas instituciones esenciales ligadas a rasgos fijos de la naturaleza humana. Y como lo escribiera Andre Maurois, la batalla personal y política que libraron estos dos colosos, además de su interés humano, tuvo un valor ejemplar, al ilustrar la importancia que posee cierto prestigio dramático en la buena marcha del régimen parlamentario.

Gladsotone fue primer ministro de 1868 a 1874 y nuevamente de 1880 a 1885. Disraeli gobernó de 1874 a 1880. Se enfrentaron tres veces en las urnas, históricas contiendas en una época en que avanzaba a pasos agigantados hacia la universalización del sufragio: las elecciones generales de 1868, 1874 y 1880, aunque aun antes de enfrentarse electoralmente de manera directa ambos ya llevaban tiempo de ser las figuras dominantes en sus respectivos partidos. Disraeli, nacido en 1804, era seis años mayor que Gladstone. Tuvieron orígenes sociales muy diferentes. El primero tuvo ascendencia judía italiana, su padre fue un distinguido hombre de letras y de joven fue criado como anglicano. El segundo era un miembro por excelencia de la alta clase media, educado en Eton y Oxford, que había considerado siempre a la Iglesia como su profesión preferida, pero fue tentado por la oferta que le hicieran los tories para ocupar un escaño parlamentario en 1832, aunque, eso sí, siguió siendo profundamente religioso para toda su vida. Disraeli fue educado en escuelas oscuras y nunca fue a la universidad. Fue de joven un dandy agobiado por las deudas. En su juventud su reputación era tan mala  como buena era la de Gladstone. Cuando se conocieron, en una fiesta en Londres en 1835, para Disraeli la experiencia fue un enfrentamiento con su peor pesadilla: un piadoso cristiano evangélico más joven y más exitoso que él. “No tiene un solo defecto que lo redima” comentaría años mas tarde. Gladstone, por su parte, reconoció en quien sería su gran antagonista un "maravilloso talento" pero no le gustó su “descarado cinismo” ni su carencia de principios religiosos.

Disraeli heredó el talento literario del padre y escribió varias novelas, bastante satíricas a ratos, para recaudar dinero y aplacar a sus acreedores, y terminó por casarse con una viuda rica para aliviar su situación financiera. Empezó a hacer política y, después de varios intentos como radical, por fin logró ser electo como miembro del Parlamento en 1837 como conservador. Por su parte Gladstone, profundamente religioso, estudioso y carente de humor, fiel representante de las virtudes y las hipocresías de la época victoriana, se lanzaba a los grandes temas políticos siempre a base de edificantes términos morales mientras que, de vez en cuando, se daba sus “escapadas” nocturnas por las calles de Londres por la noche en busca de prostitutas. Con el tiempo la afición de Gladsotone al estudio lo convirtió en erudito. Ya como político activo publicó un libro sobre la época clásica: “Homero y la Era Homérica” que, según Disraeli, era ideal para combatir el insomnio. Por otra parte, su mala conciencia respecto a sus aventuras con meretrices hicieron que Gladstone fundara instituciones y trabajara intensamente incluso ya siendo primer ministro a favor de la salvación de estas chicas descarriadas.

Como político, el modelo de Gladstone era el apolíneo Sir Robert Peel, líder del Partido Conservador, que había ganado las elecciones de 1841 y que le dio al joven Gladstone un puesto en el gabinete, mientras que Disraeli, lejos del arquetipo peeleano y más cercano a Pitt el joven, Burke y Byron, se quedó en los asientos de atrás, sin posición ministerial. Jamás le perdonó Disraeli a Peel esta afrenta.
En 1846 se produjo una de esas raras convulsiones que suceden en la vida parlamentaria y que afectan a toda una generación de políticos. El gobierno de Peel decidió que derogar las llamadas Leyes del Maíz para permitir la importación de granos baratos al Reino Unido y aliviar un tanto la crítica situación alimentaria de Irlanda. Disraeli vio esto como una oportunidad, hizo una serie de ataques brillantes contra Peel, quien no supo responder de forma convincente,  Peel se vio obligado a dimitir y las leyes del maíz fueron derogadas. El partido se dividió entonces en “Peelistas”, más afines al libre comercio, y proteccionistas, encabezados por el conde Derby, con Disraeli como su segundo al mando. Se formó en el Parlamento una coalición contraria a la dupla Derby/Disraeli en la cual confluyeron liberales, radicales y tories independientes, entre estos últimos Gladstone. En 1852 se dio el primer round entre estos enemigos irreconciliables, cuando  Gladstone hizo pedazos el presupuesto que Disraeli, a la sazón ministro de Hacienda (Chancellor of the Exchequer)  presentó al parlamento. Así cayó el gobierno Derby / Disraeli. El duelo había comenzado en serio.

Tras perder el poder, el Partido Conservador parecía condenado a la desaparición. La tarea de Disraeli era reconstruir el partido que él mismo había ayudado a destruir. La tarea no fue fácil. El libre comercio había triunfado y fue la base de una larga expansión económica que sólo terminó a finales de 1870. Los conservadores se vieron obligados a abandonar el proteccionismo, mientras los liberales (a los que Gladstone se uniría en 1859) parecían perpetuarse en el poder. Los conservadores se vieron debilitados por la pérdida de casi todas sus principales figuras tras la crisis de la Ley del Maíz. De no haber sido así, la verdad es que un “excéntrico” como Disraeli nunca habría sido su líder. Era el único hombre que tenía la capacidad intelectual y retórica para hacer frente a una bancada liberal que contaba con figuras tan extraordinarias como Palmerston, Russell y Gladstone.

En 1868 surgió un nuevo reto cuando Russell presentó al parlamento un proyecto de ley para ampliar el derecho al voto. Un sector liberal se rebeló, el proyecto de ley naufragó y cayó el gobierno liberal. Derby fue nuevamente nombrado primer ministro, por carambola. Fue entonces cuando Disraeli dio muestras de su talento al explotar hábilmente las divisiones en el partido liberal y lograr hacer aprobar un proyecto de ley para la ampliación del voto aun mucho más radical que la de los liberales. Fue un golpe maestro del ingenio político que confirmó a Disraeli como el indiscutible líder de su partido. Se convirtió en primer ministro en febrero de 1868.

Los dos líderes estaban ahora frente a frente en Westminster. Su estilo de debate era tan diferente como sus personalidades. “Gladstone era torrencial, elocuente, vehemente y evangelizante; Disraeli era cortés, ingenioso, mortalmente irónico y mundano, con una pizca de cinismo.” Según describe Richard Aldous en su estupendo libro, “The Lion and the Unicorn”. En las elecciones generales de finales 1868 (las primeras tras la gran reforma electoral del año previo) Gladstone ganó haciendo una campaña a favor de lo que hoy se llamaría la "modernización" del país. Y así fue, Gladstone fue un gran reformador que transformó a las fuerzas armadas, la administración pública, el sistema judicial y, una vez más, el sistema electoral, al introducir el voto secreto. Una de las grandes contribuciones de Disraeli a la vida política fue su convicción de que los partidos de oposición deben oponerse en lugar de esperar atentamente a que los eventos oscilarán el péndulo a su favor. Como líder de la oposición, se dio cuenta por donde soplaban las corrientes de opinión y se dedicó a hacer una crítica constante y fundamentada sobre los detalles de las reformas en lugar de tratar de oponerse a ellas de forma generalizada.

Hacía 1874 la situación cambió, y en las elecciones de ese año Disraeli, para su propia sorpresa, salió triunfador en la que fue la primera victoria conservadora convincente desde 1841. Los tories comprobaron que podían constituir una alternativa de gobierno aún en las épocas del sufragio universal masculino. Como jefe de gobierno, Disraeli amplió la ola reformista a los campos de la salud, la vivienda, la venta de alimentos y medicamentos, las condiciones laborales y los arrendamientos agrícolas. Puede que no hayan sido tan importantes estas reformas como algunos historiadores conservadores han pretendido que fueron, pero al menos se demostró que el partido no se oponía a todo cambio y tenía un lado reformista.
 
Lo que realmente importaba a Disraeli, sin embargo, no fueron asuntos de interior, sino la política exterior y sobre todo, el desarrollo del Imperio Británico. Este había sido mantra conservador tradicional, pero en las épocas del imperialista Palmerston era muy difícil superar a los liberales incluso en este tema. Cuando Palmerston muere dejó una vacante difícil de llenar en el Partido Liberal en lo que concierne a una cabeza decidida a defender el Imperio. Gladstone, como buen moralista, creía en una política exterior basada en principios éticos,  lo que a veces significaba asumir compromisos en detrimento de algunos de los intereses imperiales de Gran Bretaña. Disraeli era un devoto de la realpolitik, que a la sazón pusiera de moda el canciller de hierro alemán Otto von Bismarck. Como primer ministro, Disraeli no tuvo empacho en ampliar la influencia británica a como diese lugar en la construcción del Canal de Suez, ni en hacer nombrar a la reina victoria como Emperatriz de la India. Pero el gran choque con Gladstone se dio sobre la “cuestión de Oriente”. Disraeli consideraba a Turquía como un contrapeso necesario frente a la amenaza de Rusia en la ruta a la India, pese a que el sultán otomano se comportaba de forma atroz con sus súbditos búlgaros cristianos. Aquí lo importante era impedir que Rusia se quedara con Constantinopla. Gladstone, ferviente cristiano por sobre todas las cosas, clamaba por una cruzada anti-turca. Pero Disraeli estaba en el poder, y se impuso la Realpolitik. En el Congreso de Berlín se frenó el avance ruso y se sentaron las bases para la preservación de la paz en Europa para los siguientes  36 años. Parte del crédito de este éxito internacional fue de Disraeli, y la otra parte de Bismarck. Pero los electores británicos no quedaron impresionados. En la campaña electoral de 1880 Gladstone hizo campaña contra las felonías de Disraeli y obtuvo una aplastante victoria.

Enfermo y cansado, Disraeli sobrevivió apenas un año a su última derrota electoral. Sin embargo, hasta el último minuto mantuvo fervoroso su odio al adversario de siempre. En una de sus últimas cartas se refiere a Gladstone como un “maníaco sin principios, extraordinaria mezcla de envidia, venganza, hipocresía y superstición". El primer ministro se refería a su antecesor con el mote de "el gran corruptor".

Gladstone, cuyo fervor moral sólo era comparable a su capacidad fenomenal para el trabajo duro y el dominio de arcanos detalles financieros y administrativos, podía hablar con igual fuerza de seducción al Parlamento y al público. Disraeli se especializaba en el empuje del sarcasmo fino y el epigrama envenenado. Esta filosofía de ataque orientada a la acritud en el debate parlamentario muy a menudo dejaba fuera de balance al severo y poco imaginativo Gladstone quien, por otro lado, podía ser contundente cuando se trataba del frío manejo de cifras y el conocimiento específico de temas. Como sea, un soberbio espectáculo ver debatir a este dúo, ricamente apreciado por colegas parlamentarios y por el público. Después de ellos, y con contadas y muy meritorias excepciones, los políticos se han visto muy, pero muy chiquitos.