martes, 20 de marzo de 2012

Boris Yeltsin o como resucitar a un candidato moribundo.



En el año 2003 fue estrenada una curiosa película que se llama Spinning Boris y que trataba de la forma supuestamente “milagrosa” en la que tres consultores políticos norteamericanos lograban reconstruir a la “american way” la imagen impopular, desprestigiada, cansina, enfermiza e incluso alcoholizada del presidente Yeltsin hasta lograr lo que parecía su muy improbable reelección en las elecciones presidenciales rusas de 1996. Aunque la contribución de los asesores norteamericanos (Gorton, Dresner, and Shumate en la vida real) que es el tema de esta película no dejó de tener sus virtudes, la realidad es que más que la reconstrucción de un candidato que aparecía cachondo, alegre y bailarín en los actos de campaña fue una intensa campaña de desprestigio al adversario comunista, de miedo al retorno a un negro pasado y (debe decirse) a un sinfín de manipulaciones del sistema electoral y fraudes las que permitieron al buen Boris obtener la reelección para un mandato que ni siquiera terminó, viéndose obligado por su quebrantada salud a renunciar a la presidencia y dejar la estafeta a Vladimir Putin al principiar el año 2000.


Claro que fue un milagro la reelección de Yeltsin. A principio de 1996 hasta su esposa Naina le decía a Boris que era mejor no presentarse como candidato. "porque la gente vive demasiado mal en nuestro país". En aquella época, los sondeos sólo le concedían al mandatario un 6% de intención de voto. Rusia atravesaba por una angustiosa encrucijada. ¿Verdaderamente el país más extenso del mundo avanzaba hacia la instauración de una democracia estable, o la guerra en Chechenia es el primer episodio de la restauración de un régimen autoritario? ¿Podrán los rusos superar la crisis que afecta a su economía y tener éxito en la construcción de un sistema eficaz de libre mercado, o resucitará de su tumba el comunismo? ¿Que augura para Rusia y para el mundo el resurgimiento del ultranacionalismo eslavófilo?




En diciembre de 1995 se habían celebrado elecciones para renovar a la cámara baja del parlamento, en la que salió fortalecido el Partido Comunista, liderado por Gyennadi Ziuganov, el cual se ha caracterizado por su intransigente oposición a las reformas de tipo liberal que ha efectuado el gobierno desde la ascensión al poder del presidente Yeltsin. Asimismo, mantuvieron una presencia importante en el parlamento las organizaciones ultranacionalistas que demandaban el restablecimiento de Rusia, a-como-diera-lugar como una potencia mundial “de primer orden. Tendencias chauvinistas eslavófilas, las cuales, desde el siglo XIX han mantenido una presencia notable dentro de la sociedad rusa, incluso durante el largo período que duró el régimen comunista.


Además, las credenciales democráticas del Yeltsin se pusieron en tela de juicio con la sangrienta guerra en Chechenia, la cual no sólo fue prueba de que los viejos métodos autoritarios no habían sido desterrados del ánimo de los gobernantes de Moscú, sino que también coadyuvó a evitar la entrada de cuantiosas inversiones del exterior, las cuales resultan vitales para la recuperación económica del país. Para colmo, en los comicios de 1995 los comunistas aparecieron como la formación con mayor número de diputados, mientras que las fuerzas reformistas salieron debilitadas.


Por otra parte, poderosos factores trabajan en contra de la consolidación de un régimen democrático. El crecimiento de mafias organizadas, que funcionan en prácticamente todos los medios oficiales y no oficiales se habían convertido en una pesadilla para el Estado ruso y en una amenaza constante para la seguridad de los ciudadanos, particularmente de los hombres de negocios. A pesar de haberse registrado en los últimos meses algunas mejoras en algunos índices económicos, el desempleo y la carestía siguen atosigando a la mayoría de la población. La crisis chechena demostró, una vez más, la carencia en Rusia de una verdadera identidad nacional y es un indicio de que infinidad de conflictos regionales podrían estallar próximamente. Pero, tal vez, lo más grave fuese la debilidad y apatía de la sociedad civil rusa, la cual sigue esperando que una "mano dura" sea capaz de reinstaurar el orden.


En efecto, al poco tiempo de desaparecida la Unión Soviética, la mayor parte de los rusos se manifestaban "desilusionados" de la democracia y soñaban con el "líder providencial" que fuera capaz de sacar al país de sus múltiples problemas, al grado que muchos analistas políticos destacaron el parecido que preocupantemente presenta la actual situación rusa con la crisis que padeció Alemania a principios de los años treinta, y que llevó a este último país al fascismo. En efecto, la etapa de la historia alemana conocido como la "República de Weimar" (1919-33) fue caracterizada por muchos de los elementos que ahora podemos encontrar en la Rusia postsoviética: intensa crisis económica, hiperinflación, desempleo crónico, desprestigio de las instituciones gubernamentales, violencia política, disputas fronterizas con las naciones vecinas y presencia de poderosos partidos extremistas. Además, la Rusia de los noventas, como la Alemania de los veintes, sufría de constantes humillaciones y reveses internacionales, a pesar de ser heredera de un enorme imperio que influyó enormemente por muchos años en la balanza internacional del poder. En Alemania, las circunstancias empeoraron hasta el punto de que la república fue abatida por el demagogo ultranacionalista Adolfo Hitler. ¿Será el destino fatal de la incipiente democracia rusa el ser vencida por un demagogo ultranacionalista como Vladimir Zhirinovsky o Alexander Lebed? Esa era una de las preguntas a dilucidar en los comicios de 1996.


La considerable influencia dentro de un numeroso sector de la opinión pública de la extrema derecha, así como el reforzamiento de los comunistas, quedó confirmados en las elecciones legislativas de 1995. Desde luego, vale la pena advertir que el resultado de estos comicios poco modificó al panorama político ruso. Recuérdese que a finales de 1993, con la supresión a sangre y fuego del parlamento y la promulgación de la una nueva Constitución, el Poder Legislativo perdió influencia en favor del Ejecutivo. Además, ningún partido fue capaz de rebasar por sí mismo el 25% de los votos, con lo que el Congreso de Diputados del Pueblo sigue caracterizado por la atomización que tanto contribuye a reducir, aún más, la efectividad parlamentaria. Pero los comicios de diciembre fueron un termómetro que exhibieron el estado actual de la opinión pública en Rusia, y mostraron en su verdadera dimensión la presencia que algunos conspicuos personajes habían ganado rumbo a las elecciones que verdaderamente cuentan: las presidenciales.


Para 1996, básicamente, el complicado escenario partidista ruso podía dividirse en dos campos: los partidos "reformistas", más o menos adeptos a los programas económicos aplicados por el actual régimen, y los conservadores y ultranacionalistas, opuestos en la forma y el fondo a dichas políticas. Evidentemente, existían importantes matices que diferencian entre sí tanto a los partidos reformistas como a los conservadores, la principal de las cuales residía en las rivalidades personales que habían surgido en los noventas entre los líderes de los distintos grupos involucrados.


Dentro de los reformistas destacaba el partido Nuestra Casa es Rusia, liderado por el entonces primer ministro Viktor Chernomyrdin, quien se había convertido en el favorito de todos los sectores beneficiados por las reformas y quien indudablemente contaba con los suficientes recursos para efectuar una campaña nacional intensa. Chernomyrdin era también el consentido de occidente, gracias a que se había dedicado a moderar, en la medida de lo posible, las posiciones de Yeltsin tanto en lo concerniente a la política interior como a su trato con el exterior.


Otras organizaciones pro reforma eran el bloque Yabloko, dirigida por el economista radical Grigory Yavlinsky, grupo relativamente distanciado del presidente Yeltsin, al que acusaba de haber "frenado" a la reforma; el Partido de Unidad y Acuerdo, encabezado por Sergei Shakhrai, organización que sugería emprender una mayor descentralización; Alternativa Rusa, del ex premier Yegor Gaidar, el primer promotor del neoliberalismo "a la rusa"; y el partido Rusia hacia Adelante, de Boris Fedorov. Todos estos grupos apoyan en mayor o menor medida la idea de impulsar en Rusia una economía de mercado, mantener un sistema democrático de gobierno y establecer estrechos vínculos de colaboración tanto con occidente como con los países vecinos.


En el sector anti-reformista se encontraban los comunistas, quienes contaban con el partido mejor organizado a nivel nacional y el menos dependiente de personalidades, y el Partido Agrario, muy popular entre los campesinos por su tenaz oposición a la reforma agraria radical promovida por el gobierno. Después tenemos a Poder para el Pueblo, organización lidereada por Nikolai Ryzhkov, ex primer ministro en la era Gorbachov, un nostálgico de la Perestroika a quien le hubiese gustado refundar a la Unión Soviética.


A extrema derecha se ingresaba al territorio del ultranacionalismo, donde destacaba el general Alexander Lebed, quien encabezaba a la sazón al Congreso de Comunidades Rusas, al ex vicepresidente Alexander Rutskoi, jefe del partido Gran Poder, y al vesánico Vladimir Zhirinovsky con su Partido "Liberal Democrático". Son precisamente estos partidos chauvinistas los que más acaparaban la atención de la opinión pública tanto al interior como fuera de las fronteras de la Federación Rusa.


Como lo habrá podido notar el lector, la gran mayoría de los partidos rusos gravitaban en torno al carisma de su principal dirigente. En efecto, el inestable sistema de partidos ruso era (y aun es en 2012) sumamente débil, y ha estado caracterizado por contar con estructuras exageradamente descentralizadas e indisciplinadas, carentes de programas de gobierno realmente coherentes. La personalización es todavía más grave en los grupos ultranacionalistas, donde una serie de políticos han logrado notoriedad pública enarbolando propuestas caracterizadas por su mesianismo, su rechazo a las "fórmulas extranjeras", su odio a las minorías y su pretensión de devolver a Rusia el estatus de “gran potencia”.


Una docena de partidos lograron acceder a la representación parlamentaria en los comicios generales de 1993, e incluso lograron ingresar al parlamento más de un centenar de candidatos independientes, quienes lograron triunfar en los distritos uninominales sin el apoyo de ningún partido, lo que coadyuvó a atomizar aún más al Congreso de Diputados del Pueblo. Por cierto que buena parte de estos independientes se dedicaban a vender alegre y cínicamente su voto al mejor postor, dando lugar a un sinfín de casos de corrupción y coadyuvando a la ingobernabilidad del régimen político ruso. Una lección más que aprender en México, sobre todo por quienes ven en las “candidaturas ciudadanas” la solución a todos nuestros problemas políticos.


Pero volviendo al tema, las elecciones legislativas de diciembre de 1995 sirvieron fundamentalmente para perfilar a los candidatos que habrán de competir en la carera presidencial del año siguiente. La esperanza de Yeltsin era, desde un principio, que los rusos lo consideren un “mal menor” ante la inusitada resurrección de los comunistas. Para ello, el actual presidente debe convencer a sus conciudadanos de que el camino del libre mercado sigue siendo el mejor, de que él es un estadista de talla internacional capaz de tratar de tú a tú con occidente y de que la infame guerra en Chechenia está por terminar. A su favor, Yeltsinpodrá contar con el apoyo de la nueva casta de empresarios y banqueros rusos y con el respaldo del aparato gubernamental. Por eso el presidenteprocuró presentarse como el garante de un proceso de reformas hacia una economía mixta de mercado, pero reconociendo la necesidad de suavizar el coste social, pero hizo tantas y a menudo tan contradictorias promesas en campana que nadie esperaba que podría satisfacer las expectativas creadas. Contradicciones que tenían que ver con el contenido y el ritmo de las reformas económicas, la corrupción, el cruento conflicto checheno (en ese momento en su punto más álgido) y sobre el papel internacional de Rusia. Ello, aunado a la declinante salud del mandatario, hicieron comentar a algunos especialistas que Yelsin había ganado un poco al modo de El Cid. Habría que añadir un Cid que triunfó agitando como espantajo toda una campaña negra de desprestigio al adversario.


No fue, pues, únicamente la venta de Yeltsin el personaje convertido en bonito objeto de explotación mercadológica la clave del triunfo, tal y como nos lo pretende hacer creer Spinning Boris, aunque para la primera vuelta electoral si se procuró explotar como figura central al mismo presidente, dinámico y chabacanote, en plena forma y coqueto. Un ritmo de campaña que (y esto si lo cuenta Spinning Boris) fue muy pesado para Yeltsin, que había sufrido dos infartos el año previo. El presidente se resintió sobre todo eso. Además, un célebre escándalo protagonizado por uno de los favoritos del entorno yeltsiniano, Alexandr Korzhakov - el jefe del Servicio de Seguridad presidencial-y que se suscito entre la primera y segunda vuelta casi hace que todo se echara a perder. Pero Yeltsin tuvo buenos reflejos y destituyó a Korzhakov y a sus aliados, incluido el jefe del servicio federal de Seguridad y el viceprimer ministro, Alexandr Soskovets, haciendo que todo este peligroso asunto apareciera como un victoria de los reformistas frente a los conservadores.


Pero hacia la segunda estrategia, con el candidato postulado por el partido comunista como único sobreviviente en liza frente a Yeltsin, lo que imperó fue una intensa y despiadada campaña negativa. Desde todas las cadenas de televisión (controladas por el Estado) y de forma masiva, los ciudadanos fueron bombardeados con anuncios y spots que respondían al esquema de desprestigiar al Partido Comunista y a su candidato, principales adversarios de Yeltsin. Se recordaban los años negros del stalinismo, de la brutal represión y las purgas, del hambre, de los años de estancamiento económico. Se sucedían en las pantallas imágenes documentales con terroríficas escenas: niños famélicos de cuerpos depauperados, ejecuciones de tiro en la nuca, campos de concentración, bolcheviques en plena tarea de derribar campanarios. Y el conjunto iba acompañado de un texto en el que, a tenor de las imágenes, alternaban tres ideas: "En 1917 nadie en Rusia podía pensar que el hermano atacaría al hermano y el padre al hijo", "que podía haber hambre"', "que iban a fusilar a familias enteras y a eliminar a pueblos enteros". "Los comunistas no han cambiado, ni siquiera han cambiado su nombre. Tampoco cambiarán sus métodos. Aún no es tarde para evitar la guerra civil". El clip concluía con una exhortación al elector -"¡No permitas el caos rojo!"- y una invocación al mismo Dios en el tipo de letra habitual en la liturgia ortodoxa: "Salva y conserva a Rusia".


Otra jugada maestra la hizo Yeltsin cuando, rumbo a la segunda vuelta, anunció que nombraría al popular general Alexander Lebed, quien había quedado tercero en la primera vuelta, como responsable de la seguridad del estado “con el encargo supremo de extirpar la corrupción en Rusia”. Con ello el presidente ganó para la segunda vuelta buena parte de los 11 millones de votos que obtuvo Lebed en la ronda preliminar. Y claro que una vez reelecto Yeltsin cumplió su promesa y nombró a Lebed con el pomposo título de secretario general del Consejo Nacional de Seguridad, paro solo para obligarlo a renunciar dos mese después.

Fue así como se gestó el milagro de la resucitación de Yeltsin en las elecciones presidenciales a pesar de haber encabezado durante cinco años una gestión que había hundido el nivel de vida y los ingresos de la mayoría de la población y que se encontraba entrampado en un humillante y ominoso conflicto bélico, con recursos financieros ilimitados, medios de comunicación bajo control, una Comisión Electoral Nacional parcial y dócil a los dictados del gobierno, un candidato al que no le falto voluntad de poder a la hora de la verdad, una desmedida campaña negra contra su adversario comunista, la presencia de ultranacionalistas impresentables…….ah, y con la amable asesoría de un grupo de consultores gringos.

lunes, 19 de marzo de 2012

Tony Blair o como reinventar a un partido moribundo


“El 28 de marzo de 1979, el Parlamento aprobó una moción de censura que puso fin al gobierno laborista de James Callaghan. Terminó, así, el que probablemente haya sido el último gobierno laborista en nuestra historia”. Esto escribió Margaret Thatcher en una de las primeras páginas de su libro The Downing Street Years, obra apasionante que, a manera de memorias de gobierno, la Dama de Hierro publicó, no sin cierto escándalo, años después de su dimisión. Dieciocho años más tarde, los laboristas, bajo la dirección de un nuevo líder, decidido y carismático, parecían desmentir categóricamente a Thatcher con una aplastante victoria electoral sobre los conservadores. Escribo “parecían”, porque son tantas la diferencias entre el New Labor de Blair y el laborismo tradicional que en al menos en una cosa no se equivocó Thatcher: el obsoleto laborismo que olía a socialismo estatizante jamás volverá a gobernar al Reino Unido, y, seguramente, a ninguna nación de Europa occidental. Entre la looney left de Foot y Benn, y el renovado laborismo del exquisito Blair sencillamente mediaba un abismo.

 En efecto, hacia los comicios generales de 1997 habían transcurrido casi dieciocho años desde que el Partido Laborista de la Gran Bretaña se vio obligado a abandonar el poder. Tras la victoria, hasta cierto punto inesperada, de Major en 1992, parecía que la profecía thatcheriana se haría realidad irremediablemente. Ese año, tras su cuarta derrota en forma consecutiva, los laboristas temían seriamente sobre el futuro de su partido. ¿Alguien sería capaz de renovar lo suficientemente a fondo la imagen del laborismo como para hacerlo otra vez aceptable como opción de gobierno? A pesar de los nobles esfuerzos de Kinnock, la respuesta parecía, entonces, ser no. No faltaron en aquel entonces analistas que comparaban al sistema de partidos británico con el japonés, donde la mayor parte de la posguerra una sola organización política, el Partido Liberal Democrático, había dominado en solitario al gobierno durante décadas de manera casi ininterrumpida, y la revista The Economist pedía una “restauración de los whigs” mediante la fusión entre social liberales y laboristas para evitar que el predominio tory se volviera sempiterno.


Al elegir a Thatcher en 1979, una mujer que no tardaría en ser conocida en todo el mundo, y con todo derecho, como “la Dama de Hierro”, los electores británicos castigaron a un partido que, a finales de los setenta, parecía francamente obsoleto ante las nuevas necesidades del país. Ya no eran populares el estatismo, los sindicatos, el burocratismo y las nacionalizaciones. Se imponían nuevos criterios que le otorgaran a la quebrada economía del Reino Unido la posibilidad de resurgir y de ser más competitiva y eficiente. El laborismo fue vapuleado por Thatcher en las elecciones de 1983 y 1987, y en 1992 volvieron a salir derrotados, ahora frente al gris, pero simpático, John Major.



Sin embargo, lo que parecía inasequible a mediados de los noventa fue posible en las elecciones de 1997, uno de los casos más conspicuos de un partido que parecía condenado a morir de inanición para ser salvado por una nueva generación de jóvenes dinámicos, imaginativos y plenamente compenetrados con el espíritu de los tiempos que les toco vivir. El laborismo británico volvió al poder gracias a que al frente del partido estaba uno de los políticos más talentosos e interesantes del fin de siglo XX: Tony Blair. El triunfo laborista se concretó con una auténtica paliza y dio lugar a un largo predominio en el gobierno del otrora desahuciado laborismo que se prolongó hasta 2010.

Es cierto que para 1997 tanto tiempo en el poder había desgastado a los tories, cuyos problemas al frente del gobierno eran innumerables. El viejo Partido Conservador estaba irremediablemente dividido sobre el tema europeo; la falta de carisma y la incapacidad de tomar decisiones trascendentales del a la sazón primer ministro John Major (que dio lugar a una genuina crisis de liderazgo nacional); reveses como el de las famosas “vacas locas”, el sensible aumento de la violencia social, el elevado índice de desempleo, a degradación del nivel de vida en las grandes ciudades y las consecuencias aun presentes de la crisis monetaria de 1992 que obligó a la libra a retirarse del entonces sistema monetario europeo (aun no existía el euro).

Es importante subrayar que así como los laboristas lograron renovarse a fondo en un período sorprendentemente corto de tiempo, los conservadores empezaban a mostrar signos de clara obsolescencia y de divisiones internas. Major se había convertido en rehén de los duros de su partido. Ello le impidió al Partido Conservador ofrecer al electorado ideas más claras e innovadoras, por lo que fueron los laboristas quienes ganaron el debate político. Un gobernante equívoco e indeciso siempre es un problema, pero cuando un país atraviesa por períodos de intensas transformaciones o se ve obligado a enfrentar situaciones de emergencia, tener a un líder débil e indeciso puede convertirse en tragedia. Pero, finalmente, el milagro sucedió, y apareció el salvador. En la primavera de 1994 falleció, súbitamente, John Smith, quien se había hecho cargo de la dirección del laborismo desde que Kinnock dimitió tras su derrota de 1992. Desde el principio, Smith se presentó como un líder reformador comprometido con la línea modernizadora que había intentado imponer su antecesor. De hecho, la principal aportación de Smith fue limitar sensiblemente, durante la Conferencia Anual del Partido Laborista de 1993, la influencia que tenían los sindicatos en la postulación de candidatos laboristas a puestos de elección popular. No obstante, el nuevo líder laborista era poco carismático, y se le identificaba aún demasiado con el laborismo tradicional. Es cierto que, en el momento de su muerte, el laborismo tenía una considerable ventaja sobre los conservadores en las encuestas como resultado de las secuelas del “miércoles negro” (18 de septiembre de 1992, día en que debió retirarse la libra del Sistema Monetario Europeo) y como reflejo de las cada vez más graves divisiones entre los conservadores sobre el tema de la integración europea. Sin embargo, parece poco probable que Smith hubiese logrado un triunfo claro, al ser una personalidad difícil de vender electoralmente.

En un principio, para sustituir a Smith se consideraba como favoritos a figuras de mayor experiencia dentro del Partido Laborista, como lo eran Gordon Brown y Robin Cook, Chancellor of the Exchequer y ministro del Exterior en la sobra, respectivamente. Sin embargo, por lo que alguien ha llamado “una intuición histórica”, salió electo el joven y relativamente inexperto Tony Blair, ministro del “Home Office” en la sombra. Carismático, de radiante y fácil sonrisa y rostro juvenil, Blair era justamente lo que el laborismo estaba buscando. Un burgués “oxfordiano” con una esposa inteligente y bonita, devoto cristiano y sin antecedentes políticos que lo vincularan con el laborismo dinosaúrico de los sindicatos y las nacionalizaciones. Sí, definitivamente la versión británica de aquel alegre ex gobernador de Arkansas, sin escándalos, pero con la misma afición por el pragmatismo y a la retórica fácil, y, sobre todo, con la misma determinación de llevar a su partido lo más posible al centro ideológico del escenario político.

Durante los años que siguieron al encumbramiento de Blair se confirmó que los laboristas habían acertado en su elección. Se trataba de un líder enérgico y decidido que sabía lo que quería y como conseguirlo. Llegó el cenit de su gestión durante la Conferencia Anual del Partido Laborista de 1994, cuando consiguió eliminar la famosa Cláusula Cuarta de la declaración de principios laborista, la cual consagraba la propiedad común de los medios de producción. Muchos analistas afirman que la elección de 1997 fue ganada por el laborismo justo cuando desapareció la Cláusula Cuarta, último resquicio simbólico de socialismo que quedaba en el Partido Laborista. Es decir, el laborismo dejó de ser laborista durante la Conferencia de 1994, y se convirtió, en ese momento, en una opción viable de poder.

¿Significaba Blair el fin del laborismo? Evidentemente, quienes lo saludaron como el heraldo de la nueva izquierda decían que no. Pero nada verdaderamente sustancial había ni en el ideario del “nuevo laborismo”, ni en la plataforma electoral del partido que corroborara la aparición de un pensamiento original y propositivo que relevara al estatismo burocratizante de la vieja izquierda. En el pensamiento de Blair consistía mayormente de retórica y ambigüedades, e incluso su “gran carta”, la reforma constitucional, poco debe a la tradición socialista. Descentralización, reforma electoral, europeísmo y democratización de la cámara alta eran en 1997 propuestas desde hace mucho tiempo defendidas por los liberal demócratas, la tercera fuerza centrista del Reino Unido.

Pero lo cierto es que Blair logró que un partido genuinamente socialista de con origen sindical, adscrito al estatismo, las nacionalizaciones, los impuestos elevados y los presupuestos exorbitantes (es decir, a todo lo que verdaderamente ha distinguido desde siempre a la izquierda) fuera en 1997 y más allá una opción responsable en lo fiscal, comprometida con los presupuestos bajos, aficionada a la estabilidad monetaria y lista para seguir la ruta marcada por la Unión Europea.

Evidentemente, Blair procuró sustituir con “algo” al pensamiento estatizante de la vieja izquierda, pero la realidad es que no lo logró. En sus discursos y artículos abundaban las denuncias en contra de los “excesos del mercado” y del capitalisme sauvage, pero nunca se rebasaba a la retórica. Y así sucedió durante todo el tiempo que gobernó al Reino Unido. La propuesta más “atrevida” consisteía en un “comunitarismo” donde todos velaríamos los unos por los otros. “La clave sea reconocer que uno tiene deberes más allá de con uno mismo. Se tienen responsabilidades que involucran a toda la sociedad, desde la responsabilidad de pagar impuestos y a la responsabilidad de los padres con sus hijos tras el divorcio, a la responsabilidad de respetar las vidas y derechos de los vecinos” ¿George Bush? ¿Bill Clinton? ¿Collin Powell?, no Tony Blair en la catedral de Southwark en enero de 1996.

Suena muy bien, el problema es que ni imponer límites sociales y humanistas a los excesos del mercado, ni el“comunitarismo”, ni ninguna de las ideas que supuestamente sustentan el pensamiento de la “nueva izquierda” son verdaderamente novedosas. La democracia cristiana ha defendido la idea de una “economía social de mercado” en países como Italia, Holanda y Alemania desde, por lo menos, finales de los años cuarenta. Baste revisar, por ejemplo, la obra de gobierno de la CDU en Alemania para comprobarlo. Incluso en la propia Gran Bretaña los conservadores pre thatcherianos mucho hicieron para ampliar y consolidar las instituciones del Estado bienestar, y lo mismo hicieron los gobiernos de Moro y Andreotti en Italia, y los democristianos suizos y austríacos. Recuérdese, también, el impulso reformador que conocieron los primeros años de la presidencia de Giscrad d’Estaing.

Por otra parte, el comunitarismo, bautizado como tal, era una propuesta de académicos norteamericanos, como Michael Waltzer, Michael Sandel y Charles Taylor, englobados en la revista The Responsive Community, en la que se oponen por igual al socialismo que al “individualismo” excesivo y apelan a los sentimientos de solidaridad colectiva que debe haber en toda comunidad. Es obvia la deuda que los “comunitarios” tienen con el pensamiento social cristiano.

Ahora bien, vale decir que Blair siempre fue muy poco específico al tratar de explicar a que se refiere con su “comunitarismo”, y de hecho la retórica sobre el tema quedó muy pronto desterrada del discurso de campaña, para evitar comprometerse demasiado. Blair sólo ha aventurado un par de generalidades al definir al comunitarismo. “Arranco de la simple creencia de que las personas no son únicamente agentes económicos compitiendo entre sí en el mercado de la vida, sino que son parte de una comunidad. Todos somos seres humanos criados en familias y comunidades, y somos humanos sólo por que desarrollamos la capacidad moral de responsabilizarnos de nosotros mismos y de nuestros semejantes”. ¿Eran estos los conceptos la clave de la nueva izquierda?

Aquí vale la pena recordar las palabras que Giscard d’Estaing dirigió a Francois Mitterrand durante un debate televisado durante la campaña presidencial de 1974: “ustedes los socialistas no tienen el monopolio del buen corazón”, afirmo el dirigente de la derecha liberal francesa al, ahora, santón de la izquierda, tras describir sus ambiciosos planes de reforma social.

Lo único cierto es que Blair, durante el largo período que fue primer ministro (se reeligió dos veces), mantuvo las reformas al Estado bienestar de su antecesora para que pudiese el Reino Unido mantenerse a su país “a tono” con el desarrollo del resto de Europa y de sus competidores norteamericanos y asiáticos. Y de la política Exterior, ni hablemos ¿Quién podía prever en 1997 que el candidato del Nuevo Laborismo iba a ser el más fiel aliado de la vesánica invasión a Irak por parte de Bush Jr. y su gobierno neocon?

Blair es un político de retórica profusa, pero de escasas ideas verdaderamente originales. La ambigüedad es su signo. Como Clinton, es experto en decir a la gente justo lo que quiere oír, sin preocuparse en reanimar el discurso de la izquierda, e incluso aunque de un auditorio a otro llegue al extremo de sostener posturas absolutamente contrarias. Se trata de un seductor, de un magnífico histrión, cuya labor fundamental será gobernar con políticas de derecha haciéndonos creer que lo hace en aras de la izquierda del siglo XXI. Su meta consiste en obtener el poder y mantenerse en el mayor tiempo posible. En resumen, nada nuevo bajo el sol. Hoy queda claro que Blair no inventó nada y menos resucitó al pensamiento de izquierda.

Gracias a la inmensa e inusitada mayoría parlamentaria que consiguió en las urnas, en 1997 Blair tuvo la oportunidad histórica de terminar de reformar al Reino Unido. Lo logro en parte con la reforma que devolvió autonomía a Gales, Escocia y las grandes ciudades y con el acuerdo de paz para el Ulster, pero no pudo ni quiso adecuar a los nuevos tiempos las obsoletas instituciones políticas británicas.

En efecto, el sistema constitucional consuetudinario británico, que ha estado vigente durante siglos, era (y sigue siendo) objeto de interrogantes y críticas. Frente al caudal de transformaciones que el mundo experimentaba a punto de iniciar el siglo XXI, el Reino Unido retomaba el debate sobre la conveniencia de efectuar profundas reformas a su sistema de gobierno, e incluso se especulaba sobre la posibilidad de adoptar una Constitución escrita con el propósito de modernizar algunas instituciones clave que han demostrado ineficiencias o anacronismos. Durante la campaña electoral de 1997 fue en este rubro donde los laboristas, más proclives a la modernización institucional, derrotaron claramente a los conservadores en el debate. Es importante tomar nota de como un partido logró encontrar un nicho donde sus posturas eran claramente incontestables por su partido adversario por estar este claramente comprometido con un entramado institucional obviamente obsoleto.

Prácticamente todas las principales ramas de la estructura gubernamental británica fueron puestas en tela de juicio. Uno de los aspectos más cuestionados por los laboristas (y que poco hicieron para corregir ya estando en el poder) era que el primer ministro posee de un poder excesivo. Inicialmente concebido para ser un primus inter pares en el gabinete real, el primer ministro a cobrado una importancia capital en el transcurso del tiempo. Inclusive, por las características del sistema político, llega a tener más poder efectivo del que disfrutan muchos jefes de Estado en regímenes presidenciales democráticos. Las elecciones generales británicas giran en torno a quien será el próximo jefe de gobierno, líder político indiscutible del país mientras dure su mandato. El premier puede disolver a la Cámara de los Comunes en el momento en que le plazca, adelantando las elecciones generales para que éstas se celebren en la ocasión más propicia para su partido, lo que representa una ventaja injusta. Asimismo, ninguno de los restantes ministros del gabinete tiene la más remota posibilidad de rivalizar con el primer ministro, gracias, sobre todo, a la ausencia de coaliciones multipartidistas en el gobierno.

El parlamento necesita reestructurarse y redefinir sus funciones; la Cámara de los Comunes ha cumplido insuficientemente su papel como crítico y supervisor del gobierno; la Cámara de los Lores, auténtica reminiscencia de la Edad Media, debe democratizarse o desaparecer. Teóricamente, el poder del parlamento es ilimitado: según la tradición, puede hacer o deshacer las leyes de la nación. En la práctica. El gobierno presenta en promedio más del 80% de las iniciativas. La mayor parte de ellas son aprobadas, gracias a la disciplina en el voto que los partidos británicos imponen a sus parlamentarios, rara vez quebrantada. El primer ministro y su gabinete deben a esta disciplina espartana el enorme poder que ejerce el gobierno, capaz de actuar prácticamente a su antojo en virtud a la mayoría parlamentaria absoluta del partido en el poder. Este aspecto es aleccionador para México. El Reino Unido es una nación con reelección legislativa y sin proporcionalismo puro y, sin embargo, ello no ha contribuido a una "profesionalización" de la inmensa mayoría de los legisladores, ni a una mayor independencia de éstos frente al gobierno o los partidos que los postulan. ¡Y en México algunos charlatanes nos presentan la reelección de legisladores y la desaparición del proporcionalismo como auténticas panaceas!

Una reforma electoral se antojaba inaplazable, para modificar al rígido e injusto sistema de mayoría distrital relativa que anula a importantes partidos políticos dueños de una presencia significativa en el electorado, pero con derecho a sólo un puñado de escaños en el Parlamento. El sistema de pluralidad de votos en circunscripciones uninominales, que define la forma de elección en el Reino Unido, fue instituido por la Reform Actde 1885. Desde entonces no han cesado las presiones en favor de adoptar métodos proporcionales, sobre todo cuando han aparecido opciones ajenas a la lógica bipartidista, cómo fue el caso del surgimiento del Partido Laborista a principios de siglo, y como sucede actualmente en función al fortalecimiento de varios partidos regionales y a la constitución del Partido Liberal Democrático. Empero, ninguna iniciativa para reformar al sistema electoral vigente había prosperado hasta 1997. El año 2011 fracasó una iniciativa para reformar al sistema electoral, en buena medida a causa de la impopularidad que afecta al Partido Liberal, pero en 1997 la idea era mucho más popular.
Los laboristas también abogaban en su plataforma de 1997 en favor de instaurar la práctica del referéndum, sobre todo a raíz de las agrias polémicas que habían surgido en el Reino Unido tras la firma del Tratado de Maastricht. Sólo en una oportunidad durante la posguerra se había verificó en el Reino Unido la realización de un referéndum nacional. El 5 de junio de 1975 el electorado aprobó el ingreso del país a la Comunidad Económica Europea. No hubo otro referéndum en todo el Reino sino hasta 2011, sobre la fracasada propuesta de reforma electoral que comentamos líneas arriba.

Las demandas por conseguir mayor autonomía crecían en Escocia y se hacen presentes en Gales, además de que muchos abogaban por descentralizar la administración de las regiones de Inglaterra y en las grandes ciudades. El problema de la regionalización crecía en importancia tanto en el Reino Unido como en otras naciones industrializadas, e incluso en países en vías de desarrollo, lo que nos habla de la creciente obsolescencia del modelo de Estado centralizado. Fue justo en este renglón donde los posteriores gobiernos de Tony Blair lograron resultados más concretos con la creación de gobiernos locales para Escocia y Gales y en el rescate de mayor autogobierno para las grandes zonas metroólitanas.

El sistema de partidos del Reino Unido también estaba en el banquillo de los acusados. El excesivo centralismo y la verticalidad del proceso de toma de decisiones desvirtúa la función de los partidos como interlocutores de la sociedad y coadyuva al atrofiamiento de la labor parlamentaria. Una eventual reforma política, que incluso diera lugar a la redacción de una ley de partidos políticos, no sólo beneficiaría a las organizaciones nuevas o más pequeñas, sino que contribuiría a la modernización de los partidos conservador y laborista, democratizándolos y evitando su anquilosamiento.

Hasta la viabilidad de la corona estaba en duda. Los innumerables escándalos que se habían suscitado en los noventa (y siguen) alrededor de la familia real dio lugar a la aparición de una corriente republicana que demanda, hasta la fecha, la instauración de una república. Hoy es sumamente significativo el sector de la opinión pública británica califica como “inútil” a la corona, a pesar de ser ésta una institución milenaria.

En todos estos temas los laboristas se mostraron más imaginativos e innovadores que sus adversarios tories en la campaña de 1997. Tras trece años de gobiernos laboritas, la verdad es que los resultados al respecto quedaron francamente cortos, pero eso ya es otra historia. Lo cierto es que el 2 de mayo de 1997, a las puertas de la residencia ubicada en el número 10 de Downing Street, el nuevo primer ministro británico, Tony Blair, se comprometía ante la nación tras haber arrasado en las urnas : “hemos sido electos como nuevos laboristas, y gobernaremos como nuevos laboristas”. Pero la victoria de Blair, que no del viejo laborismo, lejos de ser un retorno al pasado, fue una confirmación: la época del Estado obeso e ineficiente, de los dogmas ideológicos y del burocratismo había terminado. El legado de Lady Thatcher parece estar a salvo.


domingo, 18 de marzo de 2012

"La Fuerza Tranquila", Mitterrand y el triunfo del socialismo francés.



El 10 de mayo de 1981 -tras una larga y descollante carrera política, y en el tercer intento de vida- François Mitterrand logró ser electo presidente de la V República Francesa. Era la coronación de una labor personal que había incidido de manera notable en la vida política de Francia. Mitterrand había logrado revitalizar al socialismo francés, levantándolo del desánimo y la confusión en donde cayó al ser derrotado apabullantemente en los comicios presidenciales de 1969, para uncirlo al el poder, y a un poder casi absoluto. Pocas semanas después del triunfo de Mitterrand, el PSF se consolidaría al frente del gobierno al lograr la mayoría absoluta de los escaños en las elecciones legislativas a las que convocó el nuevo presidente casi inmediatamente después de arribar éste al Palacio del Eliseo.

Era apenas la segunda ocasión en la historia electoral francesa que un partido conseguía la hazaña de la mayoría absoluta, sólo que ahora la situación era muy distinta. Los gaullistas lograron la mayoría absoluta en los comicios de 1968 gracias al falaz y baladí "voto del miedo", tan despreciado, como ya vimos, por De Gaulle, mientras que la victoria socialista de 1981 tenía su origen en la genuina esperanza del electorado y en sus anhelos de cambio. De tal suerte, con una clara mayoría parlamentaria en favor de su partido, el socialismo podría gobernar sin problemas al país. Ironías del destino, con Mitterrand volvería, en toda su plenitud, la figura del "rey republicano", misma que tanto combatió el dirigente socialista desde la oposición cuando Charles de Gaulle era quien "reinaba".

La última etapa del gobierno de Giscard fue, a final de cuentas, desafortunado en casi todos los ámbitos. El presidente no logró evitar el estar cada vez más aislado y fuera de contacto de los estados de ánimo reales del país, al quedar rodeado únicamente por su estrecho círculo de tecnócratas. De esta forma, un presidente que comenzó su gobierno fijándose la meta de "bajarse del pedestal" para convertirse en una figura cercana al público, se fue alejando de su pueblo, convirtiéndose en una antipática efigie principesca y aristocrática. Todo esto mientras la economía internacional volvía a caer (de manera bastante inoportuna para el mandatario galo) en un período recesivo, con el enjundioso y pertinaz alcalde de París haciendo de las suyas a diestra y siniestra, con la brújula completamente perdida en lo que se refiera a la  reforma social, con la política exterior naufragando, con escándalos de corrupción e incluso con un grotesco episodio que involucró al hidalgo presidente francés con uno de los personajes más infames de la historia mundial contemporánea: el emperador Bokassa. 

     Las elecciones legislativas de 1978 habían sido consideradas por la mayoría de los analistas políticos como "un buen augurio" para el presidente francés, en virtud a que la novel UDF logró en ellas un magnífico resultado al ubicarse como el segundo grupo parlamentario más grande en la Asamblea Nacional. La pujanza de la UDF fue confirmada en las elecciones cantonales de 1979 y en los comicios para elegir al Parlamento Europeo de ese mismo año. En este último caso, la alianza giscardiana consiguió salir como el partido francés más votado, y una cercana colaboradora del presidente de Francia, la distinguidísima Simone Veil, artífice de muchas de las reformas efectuadas en los primeros años del mandato de Giscard, fue electa presidenta del Parlamento Europeo.

Sin embargo, este espectacular crecimiento electoral de la UDF no fue suficiente como para motivar por sí mismo el reforzamiento de la autoridad presidencial. La coalición gubernamental aún dependía demasiado de la RPR y de su dirigente, quien cada vez vigorizaba más sus ambiciones presidenciales. Chirac representaba para el presidente el crítico más molesto de sus políticas, ya que se trataba (presuntamente) de un aliado de coalición. Esta falta de coordinación real entre la RPR y la UDF fue la principal causa de que Giscard nunca tuvo el verdadero control del poder, tal y como lo habían disfrutado De Gaulle y Pompidou gracias a la cómoda posición que, en su momento, disfrutó el partido gaullista, y al apoyo leal brindado por sus socios de coalición, los republicanos independientes. Ahora, resultaba paradójico que Giscard, quien siempre fue tan noble con a sus dos predecesores, tuviera que sufrir la inquina del líder del neogaullismo.

     Esta situación provocó que la administración de Barre se convirtiera en rehén de la RPR, de cuya voluntad dependía su supervivencia. Como efecto de  esta supeditación, el gobierno se volvió más conservador, abandonando casi por completo el brío reformista con el que comenzó el septenato giscardiano. No se presentaron a la Asamblea Nacional iniciativas demasiado audaces que pudieran concitar el disgusto neogaullista. Por el contrario, en muchos sentidos el gobierno endureció su postura. Por ejemplo, en 1980 fue promulgada la ley de "libertad y seguridad", la cual estaba dirigida en contra del terrorismo y que incrementó demasiado las facultades policiacas en perjuicio de los derechos civiles. Dicha ley fue una reacción en contra tanto de las actividades terroristas de grupos corsos y bretones, que aparecieron en los setentas como expresión de un efímero brote secesionista, como de las operaciones de diversas asociaciones internacionales,  activas en Francia desde hacía algún tiempo. La inusual severidad de esta ley fue criticada tanto por la oposición como por círculos intelectuales y académicos.

Otro factor que coadyuvó en frenar el reformismo de Giscard fue el económico. Una vez garantizada la mayoría en la Asamblea Nacional, tras los comicios de 1978, el gobierno se dispuso a poner en marcha la segunda parte del Plan Barre, el cual contemplaba, como meta principal, la reconversión industrial del país. Francia necesitaba urgentemente recuperar competitividad en el comercio exterior internacional, para no seguir perdiendo terreno frente a potencias comerciales emergentes tales como los denominados "tigres" de Asia oriental. Para conseguir esta meta, era indispensable que el tradicional proteccionismo estatista, rector de la economía francesa por mucho tiempo y que había sido reforzado durante el gobierno del general De Gaulle, fuera atemperado. Los planes de Barre preveían impulsar la competitividad de las empresas francesas mediante el fin del "dirigismo" y del proteccionismo, lo que equivalía a reestructurar toda la planta productiva del país. Esto se conseguiría sólo mediante un programa de privatizaciones, que desmantelara al demasiado obeso e ineficiente sector paraestatal y dejara al Estado sólo con el control de los sectores "estratégicos". Sin duda, se trataba de un ambicioso proyecto enfocado hacia el largo plazo, pero de cuyo éxito inicial dependería el futuro de la presidencia de Giscard.

     Como parte de la reestructuración económica, el todopoderoso ministerio de Finanzas, desde donde por décadas se dictaron los lineamientos económicos que el país debería seguir inexorablemente, fue disuelto, para dar lugar a dos nuevos ministerios: Economía y Presupuesto. Irónicamente, el presidente Giscard fue quien aniquiló, por considerarlo demasiado poderoso y centralizante, al ministerio desde donde él mismo construyó (en sus épocas de ministro bajo las presidencias de De Gaulle y Pompidou) un coto infranqueable de poder personal.

     De alguna manera, Barre se estaba adelantando a la ola neoliberal que azotaría al las economías capitalistas en los años ochentas. Al principio, esta estrategia rindió magníficos resultados. Los años de 1978 y 1979 fueron testigos de como la inflación descendió a menos del 10%, mientras que las tasas de crecimiento del PIB se recuperaban hasta llegar al 3.3%  y 3.4%, respectivamente. Pero se trató de una mejoría efímera. En 1980 volvió la crisis, acarreada ahora por una nueva alza de los hidrocarburos motivada por la revolución iraní y el inicio de las hostilidades ente Irán e Irak. A pesar de los esfuerzos por desarrollar la energía nuclear, Francia seguía siendo demasiado dependiente del petróleo, y nuevamente volvieron la recesión, el déficit en la balanza de pagos y la inflación de dos dígitos. Por otra parte, el desempleo alcanzaba niveles antes inimaginables. Para diciembre de 1980, había en el país más de un millón y medio de parados.

     Ante la nueva emergencia, Barre apeló a su ortodoxia tradicional, es decir, privilegiar la lucha contra la inflación y procurar la estabilidad monetaria en detrimento de la producción y de la protección del empleo. Muchos programas sociales fueron recortados, lo que coadyuvó a sepultar al espíritu reformista. Como consecuencia de estas medidas, en poco tiempo Barre se convertiría en un primer ministro sumamente impopular y Giscard en un presidente cuya reelección -que parecía segura a principios de 1980- caía en el terreno de la incertidumbre.

 La política exterior durante el ciclo final de la presidencia de Giscard también tuvo claroscuros. Aunque Francia fue uno de los puntales de la creación del Sistema Monetario Europeo, otros aspectos de la actitud europea del presidente resultaron desilusionantes. Giscard se opuso terminantemente a aceptar que el presidente de la Comisión (máxima autoridad ejecutiva de la CEE) participara en igualdad de circunstancias frente a los mandatarios de las siete naciones más industrializadas del mundo en la reunión que estos personajes celebran anualmente. Asimismo, París mostró una férrea oposición a aceptar las solicitudes de ingreso de España y Portugal a la CEE, motivada en buena parte por presiones de los neogaullistas. Para el gobierno galo, primero deberían puntualizarse varias modificaciones en la Política Agraria Común enfocadas a compensar a las regiones agrícolas en Francia que pudieran resultar afectadas por la competencia que representarían los países  meridionales.

      Por otra parte, aunque Giscard hizo esfuerzos por involucrar en mayor grado a su país dentro de las estructuras militares de la OTAN, y también procuró mantener buenas relaciones con Estados Unidos, la negativa que el gobierno francés dio a Washington cuando éste le solicitó condenar la invasión soviética a Afganistán recordó en mucho los peores perfiles "aislacionistas" de la diplomacia degaulliana.

     Pero nada hizo tanto en menoscabo de la popularidad de Giscard como el famoso "affair Bokassa". En 1976, el general Jean Bédel Bokassa, hasta ese momento presidente de la República Centroafricana (por mucho, una de las naciones más pobres de la tierra) se proclamó emperador en una onerosa ceremonia de "coronación". Sin duda, se trató de uno de los actos más insensatos de la historia africana. Bokassa era un dictador tan pintoresco como sanguinario, cuya "coronación" provocó el descontento de importantes segmentos de las fuerzas armadas de su país. Tres años después de su ungimiento "imperial", Bokassa fue destronado por un golpe de Estado.

     Ahora bien, la República Centroafricana, como ex colonia francesa, entraba dentro de la órbita de influencia de París. Durante algún tiempo, Bokassa tuvo la esperanza de recibir el apoyo de Giscard, pero el mandatario francés abandonó a su suerte al "Napoleón" de Centroáfrica. Despechado por esta actitud, el ex emperador reveló que había obsequiado al presidente francés diamantes con un valor indeterminado, pero que, según algunas versiones sensacionalistas, alcanzaba los 250,000 dólares. El escándalo estalló en grande, al grado de que Giscard se vio obligado a dirigirse al país por televisión, poco antes de iniciar la campaña presidencial, para aclarar el asunto. El presidente aceptó que había recibido algunos diamantes de "escaso valor" como obsequió de Bokassa, mismos que habían sido vendidos en aproximadamente 115,000 francos, cantidad que de inmediato fue donada a la Cruz Roja centroafricana. Sin embargo, el daño estaba hecho. El haber tenido contacto con un personaje tan abyecto perjudicó sensiblemente a la imagen de Giscard d'Estaing, lo cual debía sumarse a otros escándalos de corrupción aparecidos durante este lapso, como el que desembocó en el suicidio, en 1979, del ministro del Trabajo.

Pero no obstante todos los contratiempos surgidos durante la segunda parte del septenato, las esperanzas de reelección del presidente no eran en absoluto malas al principiar la campaña presidencial de 1981, en virtud, sobre todo, a las divisiones internas que padecía tanto el partido gaullista como la izquierda. Dentro de la RPR el estilo personalista del liderazgo de Chirac irritaba cada vez más a los gaullistas de viejo cuño. El alcalde de París se mostraba como un personaje sumamente ambiciosos y un crítico incorregible del presidente de la República. Además, el "neogaullismo" era demasiado conservador para muchos militantes liberales y europeístas de la RPR, como lo eran Chaban Delmas y Michel Debré. En 1979, las opiniones en contra del liderazgo de Chirac se incrementaron a causa de los malos resultados obtenidos por el partido tanto en los comicios municipales como en los paneuropeos. Crecía la posibilidad de que el gaullismo se dividiera rumbo a las elecciones presidenciales, circunstancia factible gracias a que en ningún momento, desde su fundación, el partido gaullista había reglamentado la selección de un candidato único para las elecciones presidenciales. En efecto, dentro de la RPR es posible la postulación de dos o varios candidatos presidenciales, ya que dicha eventualidad no está excluida por ningún estatuto del partido. Ante esta contingencia, Chirac optó por moderar un tanto sus posturas, con el propósito de hacer acopio de fuerzas y mantener, en lo posible, la unidad del partido. 

     Por su lado, en el transcurso de los últimos años de la década de los setentas, los dos principales partidos de izquierda franceses profundizaron aún más las diferencias que prevalecían entre sí. El Partido Comunista endureció sus posiciones stalinistas. Lejos de condenar la invasión soviética a Afganistán, Marchais visitó a la URSS, donde se reunió con Breznev y con la vieja guardia del Politburó del PCUS. Poco después, el PCF redundaría en su sovietismo al negarse a apoyar al sindicato polaco "Solidaridad". Estas y otras actitudes demostraron que las intenciones de los comunistas franceses de "subirse al tren del eurocomunismo", si es que alguna vez existieron, habían desaparecido por completo. La distancia que dividía al PSF del Partido Comunista se agrandaba. A los obtusos líderes del PCF les faltó imaginación política e intuición histórica. Caro lo pagarían en las urnas.

    Asimismo, las polémicas dentro del Partido Socialista se acentuaron. En contraste con las dos ocasiones pasadas, ahora no fue fácil para Mitterrand conseguir su tercera candidatura presidencial. Para muchos dirigentes de la "nueva generación del socialismo", Mitterrand  era un hombre acabado, lleno de ideas obsoletas y completamente "inelegible", tal y como lo habían comprobado sus dos fracasos previos. Y si bien es cierto que el "izquierdismo" de Mitterrand había servido para revitalizar al partido tras una larga etapa de excesivo pragmatismo, ahora era importante comprender las nuevas demandas sociales y las tendencias mundiales, si es que el PSF tenía intenciones ciertas de llegar al poder algún día. Lo cierto es que, a pesar del crecimiento electoral del partido, constatado en las elecciones municipales y en las paneuropeas, el socialismo parecía incapaz de dar el "gran salto final" necesario para triunfar en unos comicios presidenciales o legislativos. Y, según sus críticos, Mitterrand no era el hombre con las aptitudes suficientes para dar ese último empuje al poder, a causa de sus posiciones tan apegadas al socialismo tradicional.

     A la cabeza de la lista de adversarios de Mitterrand estaba Michel Rocard, aún joven y más enérgico que nunca, quien había transitado de la extrema izquierda (en sus épocas de dirigente del PSU) a posiciones moderadas. Rocard era partidario de acercarse a organizaciones centristas, a los gaullistas descontentos con Chirac y a grupos emergentes, como los ecologistas. Otra estrella ascendente del PSF era Pierre Mauroy, alcalde de Lille y simpatizante de la socialdemocracia "a la alemana". Ambos pretendían llevar al centro al partido, abandonando la idea del "frente amplio" de la izquierda, cuya improbabilidad era evidenciada por el endurecimiento del PCF, y, a cambio, presentar una plataforma "elegible" que pudiera dar lugar a un gobierno de coalición centro izquierdista. Por su parte, Mitterrand y sus adeptos, los cuales controlaban las estructuras burocráticas del partido, sostenían que la alianza con el centro y los ecologistas era inviable, como, según ellos, había sido demostrado desde los años sesentas, y que aún valía la pena seguir con los intentos de entablar una alianza con los comunistas, los radicales de izquierda y otras fuerzas "progresistas".

      En un principio, Rocard aparecía como el favorito ante la opinión pública general, ya que el inteligente y joven ex jefe del PSU contrastaba favorablemente frente a un Mitterrand envejecido, cuya figura estaba relativamente desgastada. Pero Mitterrand contaba con dos invencibles armas a su favor: el apoyo de la mayor parte de la dirigencia del Partido Socialista, y una dilatada experiencia política. La astucia de este viejo zorro vencería a los ímpetus reformistas de Rocard.

     El momento axial fue el congreso del Partido Socialista de 1979, celebrado en Metz. En aquella oportunidad Rocard y su grupo arribaron con la esperanza de lograr que el programa de gobierno de los socialistas fuera modificado según las pautas que dictaba la necesidad de establecer una alianza con el centro y las fuerzas emergentes. Sin embargo, Mitterrand fue capaz de urdir una coalición que incluyó a la vieja guardia, a la burocracia del partido y al CERES de Jean Pierre Chevènement (este último, el sector más izquierdista del PSF). En Metz, Mitterrand  impuso sus visiones tradicionalistas a las propuestas modernizadoras de Rocard, por lo que la plataforma electoral socialista rumbo a los comicios presidenciales de 1981 contendría las viejas propuestas nacionalizadoras y estatistas de siempre.

     El Congreso de Metz de 1979 demostró que, a pesar de todo, Mitterrand aún tenía el control del partido, y que cualquier intento de Rocard o de cualquier otro eventual adversario para la candidatura presidencial sería suicida. Sin embargo, la victoria de Mitterrand tendría un precio, ya que la falta de compromiso con las ideas reformistas y su excesivo apego a la tradición socialista podrían costar los votos de los ciudadanos que se sentían identificados con la izquierda moderada.

Fue en estas condiciones que arrancó la campaña presidencial. En un principio, las encuestas marcaban como favorito a Giscard por un buen margen. En ese momento, y a pesar de todos sus problemas, el presidente en funciones era  visto por la mayor parte de los electores como "el mal menor" frente al desgastado socialismo "a la Mitterrand" y la excesiva arrogancia de Chirac.

     Los comunistas participarían con un candidato propio por primera vez desde 1969, al postular a su secretario general, Georges Marchais. Por su parte, los radicales de izquierda también animaron a competir por su cuenta y lanzaron a Michel Crépeau, jefe máximo del partido. De igual forma, asistirían a la liza dos gaullistas disidentes: el ex premier Michel Debré y Marie France Garaud, ex asesora cercana de Pompidou. Por último, lograron ser inscritos como aspirantes presidenciales por las autoridades electorales el ecologista Brice Lalonde, la trotskista Arlette Laguiller,  y el candidato de lo que quedaba del PSU, Huguette Borchardeau.

     Desde el inicio de la campaña, pareció evidente que en la segunda vuelta se verificaría un duelo entre Giscard y Mitterrand, tal y como había sucedido en 1974. Pero Chirac y Marchais buscarían acercarse lo más posible al 20% de los votos, con el propósito de mantener a sus respectivos partidos como fuerzas de primer nivel dentro de la política francesa. Chirac, a quien los sondeos ubicaban a mediados de marzo en apenas alrededor del 10% de las preferencias electorales, necesitaba demostrar que era capaz de mantenerse como el líder único e indiscutible de la RPR. Además, un resultado digno permitiría al alcalde de País presentarse como el principal dirigente de la oposición en caso de un triunfo de Mitterrand. Por su parte, a Marchais le urgía recuperar la presencia que los comunistas habían perdido en las urnas desde la aparición del nuevo Partido Socialista Francés.

     Ambos personajes realizaron campañas sumamente vigorosas y polémicas. Después de todo, los dos contaban con partidos bien organizados, disciplinados y de alcance nacional El neogaullista desplegó una retórica conservadora y nacionalista, donde se redundó en las críticas a la política económica del presidente y a algunos aspectos de la CEE. Chirac también exigió aumentar los presupuestos destinados a la defensa y al desarrollo de armas nucleares, efectuar recortes generalizados a los impuestos, aumentar los controles sobre la burocracia como estrategia para combatir la corrupción, y promover la construcción de más plantas nucleoeléctricas. Por su parte, Marchais insistió en proponer un amplio programa de nacionalizaciones, propiciar la creación masiva de empleos mediante una mayor inversión pública, y aunque el Partido Comunista reiteró su renuncia a la doctrina de la "dictadura del proletariado", mantuvo intactas sus diferencias con el "eurocomunismo" y demandó que Francia dejara de considerar a la Unión Soviética como su "único enemigo potencial".

     De estos dos aspirantes, sólo Chirac consiguió su propósito, al conseguir el 18% de la votación, un porcentaje muy por encima de los conseguidos por Debré y Garaud e incluso superior al registrado por Chaban Delmas en 1974. Marchais debió conformarse con el 15.3% de la votación, lo que confirmaba la tendencia declinante del PCF.

Fue Giscard quien logró el mayor número de votos en la primera vuelta, aunque el hecho de no haber podido rebasar el 30% de la votación presagiaba una segunda ronda sumamente difícil. La realidad es que las estrategias de campaña adoptadas por el presidente habían fallado. Ya hemos comentado que a pesar de todas las dificultades a las que debió enfrentar la administración, Giscard tenía buenas razones para pensar en la reelección, fundamentadas en las divisiones internas de la oposición y en el desgaste de los dos personajes que le disputarían el poder: Mitterrand y Chirac. El problema es que Giscard y su equipo comenzaron a confiarse demasiado y no fueron capaces de identificar los problemas de imagen que tenía el presidente ante el electorado. Lejos de atacar la impronta de jefe de Estado autócrata y aristocrático, los giscardianos presentaron a su candidato como un gobernante "por encima de la política", apartidista y distante. Pensaban que, de esta manera,  lograrían hacer que los electores pensaran en Giscard como el único candidato con los tamaños de un hombre de Estado capacitado para gobernar para todos los franceses, a diferencia de Chirac y Mitterrand, políticos demasiado comprometidos con su respectivos partidos. Pero lo único que lograron fue reforzar la odiosa figura principesca de Giscard, que tan odiosa resultaba para la mayoría de los franceses.

    Giscard también confiaba en que bastaría recordar a los electores los éxitos de su mandato para alcanzar el triunfo. El presidente no se cansó de repetir que Francia mantenía tasas aceptables de crecimiento en un ambiente de recesión internacional, había reducido drásticamente su dependencia respecto a los hidrocarburos gracias al impulso dado a la energía nuclear y conservaba su estatus como la "tercera potencia militar en el mundo" (sólo detrás de Estados Unidos y la URSS); y tampoco se aburrió de prometer el acelerar, una vez mas el proceso de reformas sociales, establecer un programa de retiro prematuro que sirviera como fórmula para enfrentar al desempleo y continuar con los proyectos de reestructuración industrial enfocados a la recuperación de la competitividad comercial francesa. Pero lo cierto es que sus pretensiones "apartidistas" sólo sirvieron para desmotivar el trabajo de los cuadros de la UDF, mientras que la mayoría de los electores, en vez de reconocer los logros de Giscard, reprochaban al presidente el olvido al que había condenado al reformismo social, y el constante deterioro de la economía.

      Pero el error más grande cometido por el equipo de campaña de Giscard fue el haber subestimado a Mitterrand. Tal y como lo había hecho Rocard en su momento, Giscard consideraba a su adversario como un político acabado, que tras tres sus dos derrotas en comicios presidenciales poco podía aportar en esta ocasión. Para los giscardianos, Mitterrand era un "hombre del pasado", ineligible ante los ojos de los millones de franceses que buscaban asegurar la inserción de Francia en la nueva revolución científica y tecnológica que sobrevenía en el mundo al despuntar los años ochenta. De acuerdo a esta óptica, bastaría con identificar a Mitterrand con su pasado de derrotas y con su apego al socialismo tradicional para descalificarlo de la contienda.

     Pero quienes pensaban así, muy poco conocían la admirable capacidad de "resurrección" de ese viejo zorro que era Mitterrand, . El candidato socialista contraatacó como sabia hacerlo: con astucia y tenacidad. Este hombre reservado y enigmático nació en 1916, en el seno de una familia católica del suroeste de Francia. Abogado muy aficionado a la historia y la literatura, durante la Segunda Guerra Mundial fue tomado prisionero por los alemanes. Más tarde, escapó del campo de prisioneros donde había sido internado, para vivir por algún tiempo en la Francia controlada por el gobierno colaboracionista de Vichy, un período en la vida de Mitterrand que, no hace mucho, despertó encendidas polémicas. En diciembre de 1941, se unió a la Résistance, donde se distinguió como un militante activo y con capacidad de liderazgo.

      François Mitterrand ingresó por primera vez como diputado a la Asamblea Nacional en 1946, como candidato de un pequeño partido de centro izquierda. Político de ideología vaga, desde el principio dio muestras de la astucia que siempre lo acompañaría: logró ser ministro en seis diferentes gobiernos durante la IV República, convirtiéndose en una celebridad nacional. Al arribar De Gaulle al poder, Mitterrand radicaliza sus posturas políticas, convirtiéndose en un insistente crítico del General y de la V República. En 1958 pierde su escaños en la Asamblea Nacional, al ser derrotado en los comicios legislativos de ese año, que culminaron en una apabullate victoria del gaullismo. Fue en esa época que Mitterrand sufrió un duro revés, al cual casi aniquila prematuramente su carrera política, al descubrirse que un atentado contra su vida fue una farsa preparada por él con el propósito de "ganar popularidad". Pero Francia, demasiado distraía, a la sazón, con el drama de Argelia, y agobiada por la crisis económica, olvidaría muy pronto este bochornoso incidente.

     En 1962, el hombre que estaba destinado a gobernar Francia por 14 años consecutivos logró reingresar a la Asamblea Nacional, más ubicado a la izquierda que nunca, y sólo tres años después obligaría a De Gaulle a presentarse a la segunda vuelta en la elección presidencial, con lo que se convirtió en el distraída líder de la izquierda francesa. De ahí, vendría la exitosa refundación del Partido Socialista y la antesala del poder, donde Mitterrand se quedaría al ser derrotado por un escaso margen en 1974.

     Pero, ¿seguía siendo Mitterrand un político vigente? Esta era la pregunta que los franceses se hacían en 1981. La respuesta sería afirmativa. ¿Donde residió el secreto del "regreso" de Mitterrand? La plataforma electoral del PSF (110 propuestas para Francia) poco aportó de novedoso. Los socialistas ofrecen nacionalizaciones, mayor inversión pública, reducir la semana laboral a 35 horas como medida "antidesempleo", recortar el mandato presidencial (catorce años más tarde será irrisorio recordar esta promesa), elevar el salario mínimo, etc. Es decir, se proponían cambiar "radicalmente" a la sociedad francesa, de acuerdo a las "revolucionarias" recetas usuales de la izquierda. Definitivamente, no estuvo en el plan de gobierno del Partido Socialista la clave del triunfo, sino en la habilidad política de Mitterrand, que logró, a base de promesas para todos, unificar a los grandes "figurones" del partido y comprometerlos a fondo en la campaña, y reconstruir su imagen personal, convirtiéndose de "un hombre acabado" en un jefe de Estado "experimentado y sabio".

     En efecto, Mitterrand aseguró la unidad del PSF ofreciendo "de todo para todos", de tal forma que todas las "vacas sagradas" del partido, desde el veterano Defferre hasta los renovadores Mauroy y Rocard participaron de manera entusiasta en la campaña. El partido mantuvo la disciplina en torno a su candidato, al contrario con lo que sucedió con la desmoralizada UDF. Una vez garantizada la unión, Mitterrand supo hacer de su pretendida "debilidad" su principal fuerza. Su inmensa experiencia no era una un defecto, sino una atributo singular. La propaganda del PSF explotó la figura de Mitterrand presentándolo como un estadista dueño del suficiente aplomo y de comprobada experiencia, virtudes necesarias para gobernar con sabiduría y sin sobresaltos, pero con pasión, al país. En una palabra, Mitterrand era la "fuerza tranquila" (la force tranquille), según rezaba el slogan de campaña .

     Y, en efecto, había nacido la "fuerza tranquila". Mitterrand, por fin, logró proyectar (sobre todo en la televisión) la imagen de un estadista calmado, valiente, patriota y hasta "místico", que sería capaz de emprender la "reforma sin revolución", mientras que en los mítines era el mismo orador lírico y encendido de siempre, criticando la "mala gestión" de Giscard, quien "había fracasado prácticamente en todos los frentes, particularmente en el económico". El aspirante socialista había aprendido las valiosas lecciones que le dieron sus dos derrotas previas. Una de ellas, tal vez la principal, fue el entender que en las democracias modernas, donde los medios masivos juegan un papel primordial , la política se ha "personalizado", es decir, las plataformas políticas, las ideologías y los partidos han pasado a un segundo plano, y son las cualidades y defectos personales de los candidatos las aspectos que más toma en cuenta el elector al asistir a las urnas.  

Al lanzar su nueva imagen como la "fuerza tranquila", Mitterrand logró vencer el prejuicio que sobre el tenían muchos franceses en el sentido de que se trataba de un "político inelegible para la presidencia". Mitterrand era por lo menos tan "presidenciable" como Giscard. De repente, el presidente perdió su principal ventaja de campaña. Ya no se trataba del "mal menor", preferible a sus volátiles adversarios. El socialista tenía los suficientes tamaños para ocupar al Palacio del Eliseo. De esta forma, los electores podrían cobrarle a Giscard las cuentas pendientes. Hacia la segunda vuelta, numerosos grupos que apoyaron a Giscard en 1974 defeccionaron desilusionados con los resultados del septenato. La mayor parte del Partido Radical y muchos centristas con vocación reformista no perdonaron la cancelación del programa de reformas. También desertaron  muchas mujeres molestas con la suspensión de la ampliación de sus derechos, granjeros indignados por las pérdidas de sus ganancias verificadas desde 1974, segmentos de las clases medias preocupadas por el curso de la economía, empresarios y sectores favorecidos por el dirigismo estatal, etc. Por su parte, Chirac y buena parte de los gaullistas, cuyo voto en la segunda ronda sería vital para el presidente, apoyaron a Giscard sin entusiasmo. Se calcula que apenas el 70% de los electores gaullistas se presentó en las urnas para votar por Giscard. Había aflorado la antipatía por el estilo giscardiano de gobierno y por el aumento exorbitante del desempleo.

     Por el contrario, toda la izquierda, e incluso parte del centro, cerró filas en torno a Mitterrand. Comunistas, el MRG, el PSU e inclusive los trotskistas votaron unidos por el candidato socialista, entendiendo que se trataba de una oportunidad quizá irrepetible para la que izquierda tomara, finalmente, el poder. También los verdes se sumaron a la ola, seducidos por la promesa de Mitterrand (la cual nunca se materializaría) de celebrar un referéndum para decidir sobe el destino del desarrollo de la energía nuclear. De esta forma, se hicieron al mismo tiempo realidad los sueños de los mitterrandnianos que aún pensaban en un "bloque de izquierda" para tomar el poder, y de los rocardianos que proponían  en una alianza con los ecologistas y el centro. Y es que era ya mayor la necesidad de reforma social y la desilusión generalizada con el gobierno de Giscard que el miedo al presunto "totalitarismo" izquierdista.

     Incluso el debate televisado le fue contrario a Giscard, quien, confiado en su impecable capacidad de desenvolverse bien ante las cámaras (virtud que no tenía su adversario), pensaba en un triunfo fácil. Pero Mitterrand se preparó a conciencia, apareció relajado y hasta risueño frente a un Giscard orgulloso y distante. El punto clave sobrevino cuando después de que el presidente hiciera una larga exposición técnica sobre la situación económica, Mitterrand lo fulminó diciéndole "Usted, señor Giscard, entiende mucho de números y muy poco de seres humanos".

     El 10 de mayo de 1981, en una elección histórica, François Mitterrand fue electo presidente de Francia. El socialista logró el triunfo con un margen reducido de apenas 3.6%. Se registró ese día una participación electoral del 85.9%. Los socialistas basaron su victoria en el voto de sus bastiones tradicionales del norte, sur y suroeste, pero hicieron progresos considerables en regiones tradicionalmente conservadoras como el occidente, París, Bretaña y algunos departamentos del centro. Mitterrand se llevó la mayoría de los votos en 15 de las 22 regiones del país.


Resultados de las Elecciones Presidenciales del 26 de abril y 10 de mayo de 1981


 
                                                            Primera Vuelta                     Segunda Vuelta               
Candidatos                                           Total de votos        %            Total de votos      %
François Mitterrand (PSF)                   7,505,960            25.8         15,708,262         51.8
Valery Giscard d'Estaing  (UDF)         8,222,432            28.3         14,642,306         48.2
Jacques Chirac (RPR)                          5,225,848           18.0        
Georges Marchais (PCF)                     4,456,922           15.3
Brice Lalonde (ecologistas)                 1,126,254             3.9
Arlette Laguiller (LO)                            668,057            2.3
Michel Crépeau (MRG)                          642,847           2.2
Michel Debré                                         481,821            1.7
(Gaullista independiente)
Marie France Garaud                             386,623            1.3
(Gaullista independiente)
Huguette Borchardeau (PSU)                 321,353            1.1



Total de electores inscritos:  36,398,859     

Participación electoral:       1ª vuelta-  81.1%        2º vuelta- 85.9% 

Fuente:    Mackie, Thomas y Rose, Richard, The Almanac of Electoral History, Third Edition,

                Congressional Quarterly, Washington, D.C., 1991.