lunes, 23 de abril de 2012

Dicen que soy aburrido: La Elección Presidencial en Argentina de 1999



Paradójico, por decir lo menos, fue el legado de la presidencia de Carlos Saúl Menem, pintoresco y controvertido personaje que logró vencer la desbocada inflación crónica tan característica de la Argentina de la posguerra, pero que se enseñoreo en la frivolidad, la corrupción y el cinismo, y cuyo gobierno termino con el país al borde del desastre. Debe decirse que muy popular fue Carlitos la mayor parte de su administración, hasta que el modelo falsamente liberal, despilfarrador e irresponsable que escogió para la Argentina empezó a mostrar signos de debilidad a finales de los noventa. Fue solo entonces que tanta venalidad empezó a indignar a la mayoría de electores argentinos, con tan mala memoria, ellos, que alegremente participaron en los años locos del derroche.
Menem logró reformar la constitución para reelegirse en la presidencia y gobernó al país por poco más de una década gozando casi siempre de amplias mayorías parlamentarias, e incluso intento postularse para un tercer mandato consecutivo, a pesar de que la Constitución lo prohibía. Pero para ese momento el peronismo parecía ya estar condenado.  El presidente había condicionado sobremanera la campaña electoral. El  candidato oficial del partido Justicialista (peronista), Eduardo Duhalde, entró en liza enfrentado al presidente, afectado por las numerosas y profundas pugnas internas del peronismo y cargando el peso del desgaste de los 10 años en el poder de Menem, cuyo modelo empezaba a resquebrajarse de forma acelerada. Y todo esto a pesar de que el candidato de la alianza opositora era un personaje gris, en un país amante de los caudillos: Fernando de la Rúa, quien pasó a la historia como uno de los mejores ejemplos del llamado “carisma del anticarisma”. La campaña presidencial de de la Rúa es un ejemplo singular de cómo es posible sacar partido incluso de las debilidades más obvias, siempre y cuando existan una buena publicidad y una coyuntura ad hoc.

 

Duhalde había tenido una buena gestión como gobernador de la provincia de Buenos Aires, pero ello no le bastaba para garantizar su triunfo en los comicios presidenciales. El primer gran escollo que debía vencer el gobernador era la malquerencia que le profesaba el presidente, por razones tanto personales como ideológicas, ya que Duhalde, peronista tradicional, guardaba gran apego a la idea del Estado bienestar y rector de la economía, y encajaba muy mal el pretendido “neoliberalismo” de Menem. Por otro lado, Duhalde contaba con su enorme base de poder provincial en la entidad más poblada e importante del país. Había una clara tendencia que otorgaba a los caudillos territoriales del peronismo gran poder en los órganos de dirección del Partido Justicialista. También decisivos para las aspiraciones del gobernador resultaron ser los malos resultados del peronismo en los comicios legislativos parciales de 1997, cuando la recién creada Alianza entre el Frepaso (disidentes peronistas de izquierda) y la UCR batió al Justicialismo, ocasionándole su primera derrota en las urnas desde 1987 y la primera estando en el Gobierno desde 1946. La derrota peronista era un claro reflejo del creciente descontento ciudadano con los excesos del menemismo. Creció entonces la noción  de que el Justicialismo debía dar un claro cambio de rumbo si pretendía tener alguna posibilidad frente a la Alianza opositora en los comicios presidenciales de 1999.

Menem trató de eludir toda responsabilidad por el revés electoral en las elecciones de término medio con el argumento de que, a fin de cuentas, su nombre no había estado impreso en las boletas, y fue Duhalde quien dio la cara ante la opinión pública. Más adelante el encono entre estos dos personajes se intensificó con los insensatos esfuerzos del presidente de intentar la "re-reelección" presidencial en 1999, recurriendo, si era preciso, a una nueva modificación constitucional. Duhalde reaccionó furiosamente a estos desatinos y con él se alinearon la mayor parte de los grandes Barones del peronismo. Pero no fue sino hasta marzo de 1999, sus índices de aceptación hundidos en las encuestas, cuando la aspiración del mandatario quedó definitivamente cancelada al rechazar la Cámara de Diputados la segunda reelección presidencial por 159 votos sobre 257. Es decir, Menem apeló hasta la última instancia, n ahorrando ni un solo día de desgaste a su partido en una lucha que a todas luces parecía perdida de antemano.


Duhalde fue proclamado candidato presidencial por el partido sin necesidad de disputar primarias. Su compañero de fórmula fue Ramón Palito Ortega, ídolo de la canción popular argentina en la década de los setenta y gobernador de Tucumán entre 1991 y 1995. Duhalde gozaba de indudable popularidad en las zonas populares y obreras de la Provincia de Buenos Aires, tradicionales bastiones peronistas. Además, repentinamente sus posibilidades de victoria parecieron ganar fuerza cuando en las primarias celebradas por la Alianza, en noviembre de 1998, salió triunfador el radical Fernando de la Rúa, el austero y monocorde alcalde de Buenos Aires, sobre la activista Graciela Fernández Meijide, mucho más carismática, popular y muy temida por el peronismo. Fernando de la Rúa, profesor de Derecho Procesal en la Universidad de Buenos Aires, entró en política muy joven. A los 18 años se afilió a la Unión Cívica Radical (UCR), y a los 26 formó parte del Gabinete de Arturo Illia entre 1963 y 1966. Más tarde fue senador y diputado, hasta que en 1996 se convirtió en el primer alcalde de Buenos Aires electo en las urnas. Llevó de la Rúa como compañero de fórmula para la vicepresidencia de la Nación al peronista disidente Carlos “Chacho” Álvarez.
La campaña duhaldista enfatizaba la necesidad de extender una mayor protección social, haciendo un ostensible desmarque de las políticas menemistas que, según el candidato peronista, sólo tenían ojos para la apertura, desregulación y privatización de la industria nacional, el monetarismo y la lucha contra la inflación. La premisa consistía en que el modelo de Menem de “liberalismo a ultranza” estaba agotado y que había que aplicar recetas nuevas para ahuyentar los nubarrones de crisis económica que amagaban con descargar furiosamente tras una década de crecimiento y estabilidad.
¡Y vaya que había nubarrones en el horizonte! 1999 iba a terminar con un decrecimiento del PIB del -3,4%, provocada por la caída de las exportaciones consecuencia de la tasa de cambio fija entre el peso y el dólar (la famosa “dolarización” de la economía), déficit fiscal de 7,000 millones de dólares, una deuda externa pública de 145,000 millones y un índice de desempleo del 14%. Frente a este lúgubre panorama, Duhalde propuso un plan de reducciones de los impuestos al consumo y la congelación de los despidos en las empresas zarandeadas por la crisis a cambio de beneficios fiscales para los patronos.


Frente a esto de la Rúa enarboló la bandera de la anticorrupción. "Nuestra sociedad condena la corrupción, quiere que se termine y yo voy a terminar con ella", decía el candidato aliancista, prometiendo investigar con efectos retroactivos los grandes escándalos de la época menemista como el contrato IBM-Banco Nación, la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador (que violaba el embargo decretado por la ONU) y tantas anormalidades más. Quería de la Rúa una revolución ética, "La base de la República es la ética y hay que hacer que la gente recupere la confianza en el Estado, en la ley, en la justicia, en los gobernantes. Es un cambio importante que precisa ejemplaridad, austeridad y virtud, pero también habría que destacar las cosas buenas que existen", declaraba. Pero El aspirante opositor no era muy claro en la forma en la que trataría de sacar al país de sus obvias dificultades financieras. Su falta de carisma era, para muchos, exasperante, y sus detractores le consideran lento de reflejos a la hora de tomar decisiones, cosa que habría de comprobarse, fatalmente, años después, ya presidente de la Rúa y con la ominosa crisis del corralito” que lo llevaría a dimitir a su mandato.

Pero no nos adelantemos. Lo cierto es que la Alianza no lograba rebasar al peronismo en las encuestas pesar de la erosión del peronismo tras una década de Menem. Fue entonces, según cuentan los protagonistas de la campaña aliancista, que en “una noche de abril”, el junior del candidato, Antonio (ex de Shakira) y los miembros más jóvenes del equipo llegaron con una idea atrevida y original. ¡Yo no puedo decir esto!", exclamó De la Rúa. "Están locos", clamaban los asesores más experimentados. Se dice que el debate llevó horas, hasta que el candidato accedió. Se trataba de grabar un spot en el que de la Rúa admitía con audacia inusual su falta de carisma. "Dicen que soy aburrido. Pues bien, se va a acabar la fiesta para unos pocos, para los que andan con Ferrari...". "No soy ningún aburrido. Pero no voy a admitir el jolgorio, la frivolidad, la fiesta para unos pocos cuando tantos sufren".  Fue el comienzo de una transformación que, pocos lo dudan en Argentina, convirtió al aburrido en presidente electo. "De la Rúa es una de las diez marcas más conocidas de la Argentina", se congratularon pronto los asesores de campaña.



Fue una idea controvertida que funcionó y tuvo un final feliz. Nació cuando, poco antes, el senador peronista Antonio Cafiero había encontrado un sarcasmo contra el candidato de la Alianza: "No hay nada más aburrido que un domingo de lluvia, sin fútbol y con De la Rúa como presidente". Entonces a algún asesor aliancista se le ocurrió pensar: "Hay que convencer a la gente no de que De la Rúa se puede parecer al excéntrico de Menem, sino de que la Argentina se tiene que parecer a De la Rúa". Y al candidato, tan reticente al principio, poco a poco le empezó a gustar la idea. "Se empezó a encontrar. Sacó de adentro de él una personalidad, vaya a saber por qué, que empezó a tener una fuerza...”, decían sus asesores, quienes cuentan que de la Rúa tuvo que repetir hasta 50 veces el discurso del spot. "Cuando me fui”, le confesó uno de ellos a el periódico El País, “pensé: este tipo no me va a querer ver nunca más". Pero la verdad es que la frase causó conmoción. Se dice que la gente le gritaba en la calle como saludo “buen día, aburrido”. Le pedían al candidato que "hiciera el aburrido", en sus visitas y viajes de campaña. Y no era como escarnio, sino que transmitió lo que se quería de él mostrar a un tipo capaz de hablar de lo que sea. Hablaba con honestidad, ajeno a la frivolidad y corrupción de los años precedentes, pero, muy importante, borraba la idea de que se trataba de un hombre dubitativo, “Porque se podía ser presidente y aburrido, pero no se puede ser presidente dubitativo o débil. Era poner a la gente a hablar de lo que nosotros queríamos que hablara y olvidar lo que nosotros queríamos que olvidara", aseguraron los publicistas, que se referían a su candidato como "el producto". "No podés pretender que el candidato sea perfecto, el candidato es como es y es justo presentarlo como es. No se puede engañar a la gente”.


Las elección es presidenciales argentinas se saldaron con un triunfo de Fernando de la Rúa, quien obtuvo 48.37% de los votos en la primera vuelta, diez punto por encima que su principal adversario, el peronista Eduardo Duhalde. Logró la victoria enarbolando un programa electoral poco ambicioso donde lo único claro era que se comprometía a combatir la corrupción. Como presidente fue un auténtico fiasco. Debió renunciar obligado por una insurrección ciudadana como consecuencia del corralito. Pero esa es otra historia.
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viernes, 20 de abril de 2012

El Retorno de los Brujos


 

Ahora que el PRI parece estar cerca de regresar al poder quizá valga la pena hacer una reflexión de que es lo que ha sucedido con los partidos hegemónicos y dominantes (según la célebre descripción de Sartori) que perdieron el poder en los años ochenta y noventa como consecuencia de la “ola democratizadora” (Huntington) que barrió con los sistemas de socialismo real en Europa del Este y con los regímenes autoritarios y semi-totalitarios en Asia y América Latina. Se recordará que con la derrota del PRI en las elecciones presidenciales del 2000 se planteó una enorme incertidumbre sobre el futuro de esta organización otrora invencible. Muchos malos analistas auguraron su inminente desaparición señalando que al perder el gran y, a su parecer, único cohesionador interno, el poder, este partido ya no poseía suficientes incentivos para mantener unidos a los numerosos y a veces disímbolos grupos que se habían aglutinado por años en torno suyo. El PRI, argumentaban, era un partido hecho por y para el poder sin una ideología definida que se ha dedicado a ejercer durante décadas un pragmatismo camaleónico con el objeto de cumplir el único propósito para el que fue creado: mantenerse a todo trance en el gobierno. En virtud a su desalojo del poder presidencial, para estos sesudos opinadores resultaba lógico que el PRI desapareciera para dar paso, quizá, a un mosaico de nuevas organizaciones nacionales y regionales. 

Otros observadores, más optimistas, aseguraron que el PRI podría sobrevivir en la oposición si era capaz de reposicionarse en lo mejor de sus tradiciones históricas. Después de todo, el PRI siempre ha sido un partido con una estructura sólida, dueño de presencia en todo el territorio nacional y en cuyas filas militaba de lo mejor y más experimentado de la clase política mexicana. El desafío, nos decían estos soñadores, consistía en superar una arraigada cultura política basada en el autoritarismo para adoptar un espíritu incuestionablemente democrático. Si el PRI lograba reinventarse en la oposición como un partido nacionalista, liberal y democrático su futuro podría ser luminoso.
Ninguna de estas opciones se concretó. Hoy vemos que el PRI sobrevivió no a una, sino a dos derrotas en comicios presidenciales manteniendo siempre la mayor parte de las gubernaturas en sus manos y una proporción siempre significativa de representantes en el Congreso de la Unión, cuando no la mayoría,  y eso sin la necesidad de democratizarse, ni liberalizarse, ni abandonar sus prácticas tradicionales las cuales antes que fenecer más bien han sido puntualmente imitadas por sus adversarios. Con esta supervivencia el PRI vuelve a marcar un hito en la historia de los sistemas de partidos en el mundo, un caso que analizaremos en otra entrada. Sólo el Partido Liberal Democrático, la organización dominante en el entorno partidista japonés, ha logrado recuperar el poder tras perderlo en las urnas  Por lo pronto, repasemos brevemente que es lo que ha sucedido en los casos más conspicuos de naciones que han visto sucumbir en las urnas a partidos únicos, hegemónicos o dominantes.

De forma general, podemos dividir en cuatro grupos a los partidos que habiendo sido únicos, hegemónicos o dominantes han perdido el poder al celebrarse elecciones democráticas: 1.- Partidos que han logrado renovarse en la oposición e incluso han vuelto al poder por la vía electoral  2.- Partidos que no lograron sobrevivir a su derrota y, 3.- Partidos que han logrado sobrevivir, pero no han sido capaces de lograr una renovación que los convierta en una alternativa viable y tienen remotas posibilidades de volver al gobierno y 4.- El caso más raro: partidos dominantes o hegemónicos que pierden el poder y son capaces de recuperarlo sin experimentar mayores cambios en su estructura, naturaleza y prácticas aunque eso sí, pierden la capacidad de garantizar su triunfo en todas las elecciones. En este último caso se encuentra el PLD nipón, cuya pérdida y posterior retorno al poder analizamos en otras entradas de este blog, y probablemente pronto se inscriba nuestro incombustible PRI.

Partidos Resurrectos: Sin duda, en su momento resultó una gran sorpresa que algunos partidos ex comunistas de naciones de Europa del Este hayan podido ser capaces de regenerarse al grado de poder triunfar en elecciones competitivas al poco tiempo de ceder las riendas del gobierno. Este fenómeno se suscitó en los años noventa, y fue incuestionablemente el caso de la Alianza de la Izquierda Democrática  de Polonia y del Partido Socialista Húngaro. Ambas organizaciones son descendientes directas de los Partidos Comunistas que dominaron la vida política durante la etapa del “socialismo real”  y que entregaron de forma pacífica el poder en los años 89-90. Los dos partidos fueron derrotados en las primeras elecciones democráticas celebradas en sus respectivos países por alianzas de partidos conservadores y de centro derecha. Como herederos del enorme desprestigio que acarreaba la etapa comunista, la mayor parte de los observadores les pronosticaba una vida bastante exigua. Pero la aparición de dos dirigentes dinámicos y talentos, el húngaro Gyula Horn y el polaco Alejandro Kwasniewski, logró impedir este triste destino.

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Kwasniewski y Horn encabezaron en la oposición un sorprendente impulso reformista que logró reconvertir a sus respectivos partidos de comunistas a socialdemócratas. La adquisición de una nueva identidad adscrita a una de las grandes familias políticas europeas, la socialdemocracia, les permitió apoderarse de un referente político esencial Ambas organizaciones fueron admitidas, y por lo tanto legitimadas como socialdemócratas, en el seno de la Internacional Socialista una vez que reformaron sus documentos básicos aceptando las nuevas realidades del libre mercado y de la competencia democrática entre partidos. La vieja guardia comunista fue marginada por completo. Paulatinamente una nueva generación de dirigentes identificados con la socialdemocracia se hizo cargo de la dirigencia

La renovación de estos partidos se dio en un período sorprendentemente corto de tiempo, justo mientras que los gobiernos de centro derecha liaban con las dificultades sociales y económicas consecuencia del desmantelamiento del socialismo real. Hicieron campaña admitiendo que el libre mercado era irreversible, pero prometieron trabajar para mitigar algunos de sus efectos sociales más dolorosos mediante políticas de protección al empleo, equitativa distribución del ingreso y apoyo a los agricultores más afectados. Asimismo, en Polonia la nueva izquierda fue certera en sus críticas contra el ambiente de conservadurismo social y oscurantismo que ha empezado a prevalecer como efecto de la nueva presencia política de la Iglesia Católica. Este discurso supo atraer el voto de la mayor parte de los trabajadores del Estado, de las clases medias urbanas, de los pensionados, de los desempleados y (tal vez lo más importante) de una buena proporción del electorado joven.      

El desgaste sufrido por los primeros gobiernos de centro derecha provocó que tanto en Hungría como en Polonia los nuevos socialdemócratas lograran volver al poder. Kwasniewski fue presidente de Polonia durante una década (1995-2000). Horn encabezó un eficaz gobierno como primer ministro húngaro de 1994 a 1998. Las administraciones encabezadas por estos dos personajes de ninguna manera constituyeron un “retorno de los brujos”, sino que reforzaron los esfuerzos consolidar un sistema de libre mercado, integraron a sus respectivas naciones en la OTAN y dieron a sus respectivas naciones el impulso necesarios que les permitió años más tarde ingresar a la Unión Europea.
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Otro caso de partido capaz de reconvertirse en plenamente democrático durante su periplo en la oposición fue el Kuomingtang (KMT) de Taiwán, partido que fue contundentemente derrotado en las elecciones presidenciales celebradas en 2000 al grado de quedar su candidato en tercer lugar. Todo parecía indicar que el KMT desaparecería pronto. Al morir su fundador, Chiang Kai Chek, su hijo y sucesor, Chiang Ching-kuo, inició un proceso de democratización que desembocó en la autorización  de partidos de oposición. El KMT inició entonces un constante declive, castigado por importantes escisiones y por una creciente e inalterable impopularidad. Tras su derrota este año en las urnas en 2000, las distintas facciones que se enfrentan en su interior desde hacía años intercambiaron amargas recriminaciones, lo que hizo pensar en un inminente colapso. Pero la aparición de nuevos liderazgos capaces de transformar al KMT lograron revitalizar al partido histórico de la China nacionalista, el cual volvió al poder con una contundente victoria electoral.
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El último caso conspicuo de partidos regenerados en la oposición lo ofrece el Partido del Congreso de la India, que fue el artífice de la independencia del país y estableció un claro dominio durante casi la totalidad de las primeras cuatro décadas de la existencia del Estado nacional al ser capaz de ganar mayoría absoluta en el parlamento. La decadencia de esta hegemonía inició en los años ochenta y se agravó en los noventa, década en la que salieron claramente derrotados en tres elecciones generales consecutivas. Sin embargo, cuando todos pensaban que el fin el partido histórico de la India era inevitable, el partido logró revitalizarse, sobre todo en lo concerniente a sus posiciones programáticas, para triunfar en las cruciales elecciones de 2004, mismas que por su importancia y trascendentales consecuencias trataremos en un próxima entrada. 

Partidos Extintos: Contra lo que pudiera pensarse en primera instancia, hasta ahora la lista de partidos únicos, hegemónicos y dominantes que han desaparecido definitivamente es sorprendentemente corta. De hecho, el único caso verdaderamente significativo lo constituye el Partido Demócrata Cristiano de Italia.

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Desde 1948, año en que se formó la República, hasta 1992, año en el que comenzó el desmoronamiento definitivo del viejo sistema de partidos, los demócratas cristianos obtuvieron de forma perenne la mayoría parlamentaria, aunque nunca la  absoluta, lo que les permitió presentarse como el partido natural de gobierno, siempre gobernando mediante la formación de coaliciones, algunas veces inclinándose a la centro izquierda y otras a la derecha. La Democracia Cristiana mantuvo el poder con una mezcla de pragmatismo galopante y clientelismo exacerbado. Fueron los principales promotores de la partitocrazia, es decir, del prevalecimiento a ultranza de las burocracias partidistas sobre los anhelos ciudadanos lo que les permitió, por un lado, garantizar la complicidad de sus partidos aliados y, por otra parte, asegurar la disciplina de sus numerosas corrientes internas.

Tras el terremoto político que representó la operación “manos limpias” y las elecciones de 1992 y 1994, en las que una verdadera “revolución ciudadana” llamó a cuentas a una corrompida y anquilosada clase política, la Democracia Cristiana quedó al borde del completo colapso. Los dirigentes del partido pretendieron evitar el desastre total y cambiaron la imagen y el nombre del partido, como un tardío intento de subirse al tren de la reforma, pero las divisiones entre los sectores de izquierda y de derecha, así como las ambiciones personales de varios “notables” del partido, demostraron ser insuperables. El PDC se desintegró. El grupo mayoritario decidió revivir al Partido Popular Italiano (PPI), formación que fue el antecedente directo del Partido Demócrata Cristiano y que pretende rescatar el espíritu del catolicismo social y democrático postulado a principios del siglo XX por Luigi Surzo. El PPI forma parte de la coalición centro izquierdista “El Olivo”. Dos sectores ubicados más a la derecha, fundaron el Centro Cristiano Demócrata (CCD) y la Unidad Cristiano Demócrata (CDU), que actúan en estrecha alianza dentro de la coalición de partidos conservadores conocido como “Polo de la Libertad” que dirige Silvio Berlusconi. Asimismo, tres importantes personajes antiguamente ligados a la democracia cristiana han fundado sus propias formaciones: Lamberto Dini , Mario Segni y Romano Prodi.


Partidos Anquilosados: Más que desaparecer por completo, lo que ha sucedido con partidos antes únicos o dominantes es que se si bien mantienen una presencia considerable en la vida política de sus respectivos países por heredar una estructura nacional sólida y una poderosa tradición histórica legitimadora, sus dirigentes han sido incapaces de renovarlos para convertirlos en opciones plausibles. El ejemplo más digno de citarse es el del Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR).
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El PCFR heredó en buena medida la formidable estructura del Partido Comunista de la Unión Soviética, lo que le ha permitido ser el único partido político ruso con verdadera presencia nacional y constituir al grupo parlamentario más grande en la Duma, pero no ha sabido ejercer una oposición verdaderamente efectiva y menos ha sido capaz de constituir una opción que lo haga superar a su electorado tradicional, compuesto de añorantes de la URSS y del voto de protesta. Bajo esas condiciones el PCFR jamás volverá a dirigir al gobierno y su destino al mediano o largo plazo podría ser su desaparición. A los comunistas rusos no se han interesado en reconvertirse a socialdemócratas en virtud a que en Rusia, al contrario de lo que sucede en Europa del Este, ser comunista les otorga una cierta legitimidad histórica que hasta el momento les ha sido útil para mantener su influencia, pero insuficiente para recuperar el poder.

domingo, 15 de abril de 2012

Las Dos Décadas Perdidas de Japón



Sin duda, una de las estructuras políticas más originales del mundo ha sido el Partido Liberal Democrático. Fundado en 1955 por un Ichiro Hatoyama, uno de los políticos más hábiles y talentosos del siglo XX, el PLD tenía como propósito fundamental otorgar un marco institucional donde los principales caudillos, clanes y grupos políticos del país dirimieran sus diferencias y se repartieran entre sí el poder de manera “civilizada”, mientras Japón desarrollaba sus agresivas y exitosas estrategias orientadas a la exportación que lo llevaron a ser una de las principales potencias económicas y comerciales del orbe. La presencia de un peculiar partido dominante logro, por algunas décadas, conciliar las tradiciones políticas japonesas con el liberalismo político impuesto por la ocupación norteamericana tras la Segunda Guerra Mundial y con la necesidad de hacer progresar rápidamente al país.

     La democracia parlamentaria que empezaría a funcionar en Japón tras la promulgación de la Constitución de 1947 se parecería bastante a los sistemas del mismo tipo que existen en la mayor parte de las naciones de Europa occidental, en Canadá, en Australia y en Nueva Zelandia. Esto es, estarían presentes las principales características de los regímenes parlamentarios: plena responsabilidad gubernamental frente al parlamento, presencia de un jefe de Estado sin facultades ejecutivas reales, sufragio universal, celebración periódica de elecciones generales, etc. Sin embargo, la política japonesa mantendría importantes rasgos propios que hasta la fecha lo distinguen como un  mecanismo bastante original. Las principales particularidades del sistema político del Japón han sido, por citar sólo las más conspicuas: la estrecha y muy especial relación entre la empresa privada y la clase  política, el faccionalismo al interior de los partidos, el muy original sistema electoral, la preeminencia de la estructura tecno-burocrática estatal sobre las instituciones políticas y  la curiosa combinación resultado de la existencia de un régimen de partido dominante dentro de un contexto de inestabilidad gubernamental (sobre todo a partir de 1972).

     Particularmente importante para el mantenimiento de los intereses de las facciones al interior del PLD fue el peculiar sistema electoral vigente en Japón hasta 1994, año en el que fue suprimido como efecto de una reforma política. Según este esquema, la totalidad de los 511 delegados a la Cámara de Representantes eran electos mediante el sistema conocido como "voto único no transferible en circunscripciones de representación múltiple". Japón estaba dividido, para efectos electorales, en 130 distritos de representación múltiple. Esto quiere decir que cada distrito elige a más de un diputado. De hecho, los distritos japoneses elegían entre tres y cinco representantes a la cámara baja. Los partidos políticos presentaban a los electores una lista que contenía los nombres de sus candidatos a cubrir las curules vacantes en cada distrito electoral. El elector tenía derecho a elegir sólo a un candidato del partido de sus preferencias. Los tres, cuatro o cinco (dependiendo de las curules vacantes en el distrito) candidatos que obtenían más votos resultan electos. Por supuesto, la posibilidad de que los partidos pudieran presentar a más de un candidato por distrito fomentaba al faccionalismo, ya que las distintas facciones inscribían a sus candidatos para que fuera el elector quien definiera que aspirante era quien debería ir a la Cámara de Representantes.

     El "voto único no transferible en circunscripciones de representación múltiple" fue descrito por sus críticos como un "sistema corruptor", no sólo por que promovía el faccionalismo, sino porque era origen de  serias tergiversaciones de la voluntad popular. Con todo, el PLD funcionó a las mil maravillas durante más de tres décadas, presidiendo sobre un largo período de progreso sostenido y acelerado. De ahí que, elección tras elección, los japoneses otorgaran a este partido la mayoría absoluta en ambas cámaras de la Dieta (parlamento), ignorando de buena gana los vicios inherentes al sistema. En la oposición se encontraban, principalmente, un débil y dividido Partido Socialista (mas tarde rebautizado como “socialdemócrata”), un pequeño partido de inspiración budista (Komeito) y un combativo pero poco influyente Partido Comunista, ninguno de los cuales era capaz de hacerle sombra al omnipotente PLD y a sus poderosas facciones. Pero, hacia finales de los años ochenta, estallaron múltiples escándalos de corrupción, que hicieron evidentes ante el electorado nipón los grandes defectos de los que adolecía un sistema político basado en el clientelismo, en la alianza no siempre transparente entre empresarios y políticos, y en la preponderancia de los clanes.

     Creció el clamor en favor de una reforma integral que combatiera la corrupción. Se pretendía que Japón tuviese un sistema de gobierno acorde con su impresionante desarrollo económico. Un sector reformista dentro del PLD se inconformó con la dirigencia del partido dominante al ver constantemente pospuestas la aplicación de reformas al sistema electoral en la Dieta y al aparecer nuevos escándalos de corrupción. Finalmente, los reformistas decidieron dar el paso de escindirse y formar nuevos partidos, todos comprometidos con la impostergable reforma. Surgieron así tres organizaciones políticas nuevas, todas ellas escisiones del Partido Liberal Democrático, dirigidas respectivamente por destacados ex militantes del PLD. El primero en nacer fue el Partido del Nuevo Japón (PNJ), fundado en 1992 por Morihiro Hosokawa, quien fue el primero en desertar del PLD al asumir que era imposible que el partido dominante se reformara por dentro. Tsutomo Hata e Ichiro Ozawa fueron más pacientes, crearon un "foro pro Reforma" dentro del partido, pero el empecinamiento antireformista del gobierno del entonces primer ministro Miyasawa obligó al Foro a escindirse formalmente del PLD y a formar un nuevo partido, el Shinseito. Por su parte, otros dos disidentes, Masayoshi Takemura y Asahiko Mihara, decidieron organizarse por su cuenta en lugar de seguir a Hata y a Ozawa y fundaron al partido Harbinger. Las tres organizaciones tenían en común la demanda de implementar en el país una reforma política a fondo, que modificará el sistema electoral, regulara el financiamiento a los partidos y a las facciones y combatiera la corrupción.

     Los parlamentarios escindidos y sus partidos cobraron pronto una inusitada popularidad en todo el país, mientras que Miyasawa se enredaba en una maraña de problemas. Por si fueran pocas las dificultades políticas internas, el gobierno debía enfrentar ahora el retorno de la recesión, que afectaba nuevamente al mundo industrializado desde principios de la década de los noventa. Todas las encuestas de opinión reflejaban la gran impopularidad gubernamental y otorgaban a los "partidos de la reforma" buenas oportunidades en las urnas. El 18 de junio de 1993, los reformistas decidieron "cruzar el Rubicón" y apoyaron, junto con la totalidad de la oposición, una moción de censura para obligar al gobierno a dimitir y a convocar a elecciones anticipadas.

Fueron unas elecciones históricas las que se celebraron el país del Sol Naciente el 18 de julio de 1993. En ellas, el Partido Liberal Democrático fue obligado, por primera vez en su historia, a abandonar el poder, para ser sustituido por una coalición conformada por seis distintos partidos políticos y apoyada por un puñado de parlamentarios independientes. Como era de esperarse, los dos asuntos que acapararon el interés del electorado fueron corrupción y reforma política. El tema de la corrupción ha sido neurálgico en Japón durante las últimas dos décadas. El financiamiento poco regulado a los partidos y facciones ha dado lugar a la intervención sin límite de empresas privadas y de particulares en política. Esta situación, que había alcanzado niveles verdaderamente graves desde finales de los setentas, llegó a su límite en 1989 al descubrirse que la empresa Recruit tenía tratos subrepticios con importantes personalidades públicas. El PLD se encontró súbitamente en serios aprietos, ante el rechazo que los electores le manifestaban en las urnas elección tras elección. Sólo la presencia efímera de un outsider al frente de la jefatura de gobierno, Toshiki Kaifu, quien se preocupó  por atender el problema de la reforma política, evitó que los desgajamientos que ahora sufrió el PLD se adelantaran. Sin embargo, los líderes de las facciones reaccionaron destituyendo a Kaifu e imponiendo al gris Miyasawa, personaje abiertamente comprometido con el establishment del partido.

     La cerrazón de la dirigencia del PLD orilló a varios parlamentarios pro reforma a abandonar al partido para crear por su cuenta nuevas organizaciones.  El voto de no confianza que derrumbó al gobierno de Miyasawa contó con el voto afirmativo de 58 disidentes del PLD, los cuales ahora se encuentran englobados dentro de tres nuevas organizaciones políticas. El Partido del Nuevo Japón, el Harbinger y el Shinseito.

     La campaña electoral estuvo centrada en la reforma política, aunque también la recesión de la economía (que ha padecido Japón al igual que el resto de las naciones industrializadas), la proliferación de la mafia y el descenso del nivel de vida de la mayor parte de los japoneses fueron temas tratados por todos los partidos. El PLD entró en desventaja a la competencia. La impopularidad de Miyasawa, así como la deserción previa de los grupos reformistas y el desprestigio de las facciones, jugaban en su contra. Además, la situación económica no era la mejor. Por otro lado, varios síntomas de descomposición social, tales como la consolidación del poder de la mafia, el deterioro ambiental y la mala condición de la vida de las capas económicamente más desprotegidas, eran atribuidos por los políticos de la oposición a los desaciertos del PLD en el gobierno. 

     El PLD prometió que adoptaría reformas para combatir la corrupción, aunque nunca especificó cuáles serían las medidas ni señaló un calendario para hacerlo. El partido gubernamental más bien se dedicó a tratar de asustar  al electorado señalando los “peligros” que acarrearía al país el que fuera gobernado eventualmente por una heterogénea coalición de partidos sin experiencia gubernamental. Miyasawa estableció que la mejor manera de sacar al país de sus dificultades económicas era concediendo un nuevo mandato "al partido que había hecho de Japón una potencia", en lugar de "hacer experimentos que pusieran en riesgo la estabilidad del país". 

     Los partidos de la oposición, sobre todo las escisiones del PLD, señalaron a la reforma política como su principal meta electoral. Afirmaban que había llegado el momento de "cambiar a Japón radicalmente, de la misma manera que el mundo lo ha venido haciendo desde hace algunos años". "El país padece a un estancamiento político y social peligroso que pone en riesgo el estatus de la nación", sostuvo la oposición, y había llegado la hora de "acabar con la paradoja que constituye el que Japón sea una potencia económica de primer rango que se gobierna mediante un sistema político del Tercer Mundo". Para ello, alegaron los reformistas durante la campaña, era necesario suplantar al sistema electoral de voto único no transferible en circunscripciones de representación múltiple  por una fórmula mixta para la elección de los miembros de la cámara baja, y regular estrictamente al financiamiento a los partidos y facciones.

     Pocos días antes de la elección, dos cosas quedaban claras, el PLD perdería la mayoría absoluta, pero en posición de recuperar el poder mediante una coalición con alguno de los grupos disidentes reformistas o con el apoyo un buen número de legisladores independientes. Sólo en el caso, que en ese momento parecía remoto, de que la oposición en su conjunto (dentro de la cual se cuentan partidos de todas las tendencias ideológicas), concertara una coalición multipartidista, el PLD perdería el poder.

     Los resultados confirmaron todas estas especulaciones. El día de los comicios, el PLD se quedó a 33 curules de la mayoría absoluta, mientras los partidos reformistas salieron como los principales ganadores al conquistar en su conjunto 103 diputados. Cabe decir que absolutamente todos los 58 legisladores que desertaron del PLD fueron reelectos. El gran perdedor fue el Partido Social Demócrata, que pasó de 136 curules a 70. Por su parte, el partido budista Komeito, el Partido Socialista Democrático y los candidatos independientes obtuvieron ganancias marginales. 

     Una vez conocidos los resultados, empezaron las negociaciones para formar gobierno. Al PLD no le bastaría el apoyo de diputados independientes afines, por lo que exploró la posibilidad de establecer una coalición con alguno de los partidos escindidos. Los dirigentes del partido hasta ese entonces dominante parecían dispuestos a sacrificar a Miyasawa y a nombrar como primer ministro a algún político aceptable para los disidentes.  Sobre todo, se pensó en Toshiki Kaifu. Pero ninguno de los dirigentes reformistas se atrevió a pagar el precio, en términos de desprestigio, que hubiera significado aceptar una alianza con el PLD. Muy pronto los líderes de los tres partidos que se separaron del PLD anunciaron su intención de no entablar negociaciones con el gobierno, abriendo la puerta a la posibilidad de una coalición multipartidista.

     Se formó, entonces, una coalición integrada por siete partidos al mando del reformista Hosokawa. Se trataba, sin duda, de un distinguido político, descendiente de samurais y nieto de Fumimaro Konoe, quien fue primer ministro dos veces antes de la Segunda Guerra Mundial. Hosokawa representaba una enorme esperanza de renovación para el Japón, pero los retos a enfrentar no eran fáciles. De pronto, los ojos del mundo están puestos en Japón y en la suerte de la nueva administración, la cual se ha propuesto como principal meta la celebración de la ansiada reforma política. Desde el principio, muchos apostaron a que la duración del gobierno de Hosokawa sería breve, condenada por su heterogeneidad y por las maniobras que la estructura burocrática (completamente identificada con el liderazgo del PLD) seguramente efectuaría para entorpecer a la reforma. Los escépticos aseguraban que en pocos meses la coalición se disolvería y el PLD volvería al poder aliado de algunos de los partidos escindidos, que, entonces sí, ante el fracaso de la administración multipartidista, podría argumentar que la reforma sólo se podrá efectuar con la participación en el gobierno del principal partido político japonés.



Y así fue. El gobierno que tanta expectación y esperanzas había despertado cayó pronto a causa de las inevitables disputas entre los numerosos integrantes del gobierno, pero, sobre todo, al egoísmo y miopía demostrados por los disidentes que habían abandonado al PLD, según esto, para poner fin a los vicios del sistema, pero que ya en el gobierno se comportaban igual o peor que sus contrapartes. Sin embargo, el breve gobierno de Hosokawa logró hacer que se aprobara una reforma electoral que puso fin al sistema de voto único no transferible en circunscripciones de representación múltiple, y que instalaría uno bastante parecido al que funciona en México. Hasta el día de hoy la Cámara Baja de la Dieta se igual manera que nuestra Cámara de Diputados: 500 curules, 300 de mayoría relativa en distritos uninominales y 200 a otorgarse mediante una fórmula proporcional, que no busca castigar la sobrerepresentación de los partidos favorecidos en las circunscripciones uninominales (como en Alemania), sino que establece una repartición independiente.

     Tras la dimisión de Hosokawa, provocada, sobre todo, por la deserción de los socialdemócratas, tan alérgicos al cambio como sus viejos rivales liberal demócratas, se formó, en 1994, una inverosímil coalición PLD-Partido Socialdemócrata, primero con Tomiichi Murayama, el gris líder dirigente socialdemócratas, como primer  ministro, y después, a partir de principios de 1996, con el nuevo dirigente del PLD, Ryutaro Hashimoto, en la jefatura del gobierno. A partir de entonces, los partidos de oposición son cada vez más inestables y exhiben un oportunismo cada vez mayor. De hecho, aproximadamente el 50% de los diputados de la pasada Dieta eran “tránsfugas” que habían abandonado por lo menos un partido para integrarse a otro distinto, e incluso había casos de diputados que habían comprado boletos de “ida y vuelta” en lo que respecta a su afiliación partidista.

     La incapacidad que ha demostrado la oposición para organizar una alternativa de poder realmente plausible, y de los liberal demócratas de encabezar una reforma a fondo de la política y de la administración pública japonesas, provocaron a mediados de los noventa una creciente y preocupante apatía entre el electorado, que cada vez cree menos en los partidos. Las manifestaciones más graves del profundo escepticismo ciudadano se produjeron durante las elecciones municipales de 1995, cuando varios candidatos  ajenos a los partidos tradicionales fueron electos alcaldes de ciudades importantes del Japón, siendo los casos más conspicuos los de Tokio, donde triunfó un escritor ultranacionalista, y Osaka, ciudad en la que se impuso un ex payaso profesional, mientras que los índices de abstencionismo crecían con cada elección.

     En las elecciones del 20 de octubre de 1966  el Partido Liberal Democrático salió como el triunfador, al quedar apenas a 11 escaños de conquistar la mayoría absoluta, contra la mayor parte de los pronósticos, que apuntaron, durante varias semanas, hacia un resultado más reñido. A Hashimoto sólo le bastó establecer un acuerdo de coalición algunos diputados disidentes para mantenerse en el poder.

     El PLD fue el ganador en los comicios de 1996 a pesar de que apenas tres años antes parecía condenado a la desaparición a causa de su enorme impopularidad y de haber extraviado la confianza de los electores. La oposición resultó ser demadiaso incompetente y corrupta.  Asimismo, vale la pena destacar que la nueva fórmula electoral terminó por beneficiar al PLD, ya que éste, gracias a su mejor organización y mayor disposición de recursos, tuvo la posibilidad de ganar la mayor parte de los distritos uninominales (se llevó 169 de los 300) pese a que, a nivel nacional no rebasó, ni de lejos, el 50% de la votación. Pero pese a este al holgado triunfo del PLD (o, quizá, a causa de él),  el panorama político japonés es se mostraba muy incierto. La última década del siglo XX, como también la primera de este siglo, han sido etapas económicamente pérdidas para Japón, que incluso ya ha sido rebasada por China como la segunda economía más grande del mundo. Los años subsiguientes al triunfo del PLD en 1996 demostraron que la mayoría parlamentaria obtenida por los liberal-demócratas fue ilusoria. El profundo desprestigio de la clase política, el notable incremento del abstencionismo, el escepticismo ciudadano, la patente falta de voluntad política de los liberal demócratas gobernantes para iniciar la tarea de transformación de las instituciones del país, el personalismo y falta de imaginación de la oposición  e, incluso, la utilización de la retórica nacionalista han sido los factores que siguen poniendo en tela de juicio la vialidad del que alguna vez fue percibido como el país destinado a ser el más potente de la tierra. Ni siquiera la fugaz aparición a principios del siglo XXI de un dirigente carismático y emprendedor como lo fue Junichiro Koizumi, del que hablaremos en otro capítulo, logró inyectar a la nación del un impulso reformador que lo ubicara de lleno en la senda de la rehabilitación.

Lo que hace falta en Japón es, ni más ni menos, una revolución mental  que propicie el establecimiento una nueva cultura política donde el patrimonialismo y el clientelismo, principales obstáculos para el advenimiento de un gobierno más democrático y eficiente, queden desterrados.

martes, 10 de abril de 2012

El Fraude de la Anti Política 1: Italia



Los partidos políticos de todo el mundo entraron a partir de los años setenta y ochenta en una aguda crisis de legitimidad y representatividad que llevaría en la década de los noventa al desastre a varios sistemas partidistas. En ese momento se tenía la esperanza de que el surgimiento de nuevos partidos pretendidamente ajenos a los tradicionales grupos de poder y dueños de una fachada “ciudadana” fuera capaz de revigorizar los gobiernos de países que habían padecido de clases políticas excesivamente corruptas e ineficientes. En naciones como Italia, Japón, Venezuela, Perú, emergieron grupos encabezados por caudillos pretendidamente  “civiles” que decían encabezar una revuelta de las “auténticos” ciudadanos en contra de los “perversos políticos de siempre”. Los resultados, a la vuelta de los años, fueron enormemente decepcionantes. Los caudillos “civiles” resultaron muchas veces peores que los políticos tradicionales y los países que se embarcaron en la aventura de tratar de reconstruir sus sistemas de partidos seducidos con el discurso de la antipolítica enarbolado por estos ciudadanos supuestamente “impolutos” cayeron en graves crisis de diversa índole, cuando no en las garras de regímenes abiertamente autoritarios.

"Que todo cambie para que todo permanezca igual"; la vieja fórmula gatopardiana volvió a su país de origen para presidir sobre el debate de reforma política que agitó con fuerza a Italia en los años noventa, y es que es el italiano uno de los casos más significativos del fracaso de la anti política militante. Tras varios años de haberse suscitado la histórica rebelión de un electorado harto de inestabilidad y corrupción, que llevó a la espectacular caída en desgracia de casi la totalidad de la clase política tradicional, los italianos no tardaron en ser testigos de cómo sus nuevos dirigentes eran incapaces de efectuar una reforma constitucional efectiva que hiciera justicia a sus anhelos de mayor estabilidad, honradez y eficacia en el gobierno; de ejercer la responsabilidad de la administración pública con honestidad y eficacia y de emprender las transformaciones profundas que urgían al anquilosado sistema productivo del país para que pudiera seguir siendo uno de los siete más importantes del mundo.

Aniquilados por la acción valiente y autónoma de los jueces que efectuaron la operación “manos limpias” (mani pulite), los viejos políticos de la tangentópolis y los partidos de la partitocrazia cedieron su lugar a nuevas formaciones y líderes que han demostrado una pavorosa ineptitud para llevar adelante la perentoria transformación. Se trata, como la definió Indro Montanelli, de una generación de “políticos pigmeos”, que hacen aparecer a los turbios Andreotis, Craxis, La Malfas y Martellis del pasado como estadistas añorables.

Desde luego, el tema de la reforma no era nuevo en Italia. La necesidad de una transformación radical ha sido tema sempiterno de la política italiana prácticamente desde la fundación de la República en 1946. Decenas de gobiernos se habían creado y disuelto en Italia desde entonces la disolución de la monarquía. Esta inestabilidad dio lugar a un incesante cuasi vació de poder y a una serie de vicios como el centralismo excesivo, la burocratización exagerada, la corrupción, el surgimiento de clientelismos y de padronazgos políticos, y la extensión de la influencia de la mafia, que han atosigado a la vida política y administrativa del país. Aunque si bien es cierto que estos problemas no pudieron impedir el desarrollo económico de Italia, país considerado como una de las siete naciones más industrializados del orbe durante hasta los años ochenta pero que desde finalesw de siglo pasado ha iniciado un escandaloso declive.

Buena parte de la culpa del rezago italiano fue cargado a la forma en que Italia se gobernó por mucho tiempo. La República trabajó desde el principio sobre la base de un sistema electoral de estricta representación proporcional. Este método dio lugar a la proliferación de partidos políticos en el Parlamento: más de una decena como promedio desde al final de la Segunda Guerra Mundial. La intención de los autores de las leyes electorales de la República era el dar preferencia bajo toda circunstancia a los partidos sobre los candidatos individuales. De esta forma, las dirigencias partidistas decidían sobre todo lo concerniente a la vida parlamentaria y gubernamental italiana, ejerciendo el poder muchas veces sin considerar demasiado a los intereses de los electores. Por otra parte, con el proporcionalismo puro se procuraba fragmentar lo más posible la repartición del poder entre varias organizaciones, con el propósito fundamental de impedir que tendencias o grupos totalitarios fueran capaces, una vez más, de asumir el control político.

La partitocrazia, nombre con el que se conoce en Italia al dominio de los partidos sobre el sistema político, pronto daría muestras de sus innumerables defectos. Inestabilidad, clientelismo y corrupción se hicieron presentes desde los primeros días de la República. Sin embargo, los ciudadanos toleraron esta situación durante el período de la Guerra Fría, cuando la alternativa entonces parecía ser el régimen comunista. En efecto, a los pocos meses de fundada la República se rompió la coalición entre democristianos, republicanos, liberales, socialistas y comunistas que se había hecho cargo del país desde la caída del fascismo, dejando en su lugar una difícil polarización que enfrentaba a los democristianos y sus aliados con el que, a la sazón, era el Partido Comunista más poderoso de Europa occidental.

Se empezó a gestar un sistema político anquilosado que desentonaba agudamente con el país moderno y boyante (aunque no exento de inequidades regionales), que era Italia. La política presentaba un peligroso inmovilismo que no respondía a los cambios socioeconómicos nacionales. El imperio del clientelismo y la incapacidad de los partidos para reformar las estructuras estatales fueron puntualmente descritas, sobre todo, por Giafranco Pasquino, el destacado politólogo de la Universidad de Bolonia que se desempeñó como senador de la República de 1983 a 1992. Pasquino afirma que el problema fundamental italiano es la incapacidad del sistema político a adecuarse al cambio societal, y enfatiza la responsabilidad que en esto tiene la hegemonía de los partidos, los cuales están fracasando notoriamente en la tarea de representar eficazmente las opiniones e intereses de los diferentes grupos sociales.


Ninguna de las iniciativas de los dirigentes políticos italianos de la posguerra logró concretar la tan ansiada reforma. En los años sesentas, luego de que la Guerra Fría declinara. Aldo Moro formó una coalición que dio lugar a la presencia en el gobierno de los socialistas, por primera vez en diecisiete años, iniciándose así una larga etapa de cooperación gubernamental entre el PDC y el PSI. Pero casi nada cambio de fondo con los socialistas en el gobierno. Más tarde, hacia mediados de la década de los setentas, vendrían los años del Compromesso Storico, que marcó el inicio del viaje al centro del Partido Comunista. Sin embargo, pese a que se despertaron grandes expectativas, las cosas permanecieron iguales. En 1979, con el asesinato de Moro y la recesión económica en su cenit, se hacían cada vez más evidentes las graves deficiencias del sistema político. Grandes dificultades afrontaba el país (crisis económica, guerrilla urbana, corrupción, centralismo, etc.) mientras el gobierno se encontraba atrofiado por culpa de las burocracias partidistas.

La reforma política empezó a ser el tema dominante durante los años ochenta, década en la que ascendió la estrella política de Bettino Craxi, presidente del Partido Socialista. Craxi, quien estableció un récord de perdurabilidad como primer ministro, se manifestó abiertamente por la elección directa del presidente de la nación, con el propósito de que el jefe de Estado dejara de ser la figura meramente ornamental que ha conocido hasta la fecha la República, para pasar a ser un árbitro eficaz que sirviera como contrapeso efectivo al Parlamento. Al mismo tiempo, las voces de quienes reclamaban modificaciones sustantivas en los métodos electorales se multiplicaban, creando un ambiente propicio para la celebración de transformaciones profundas en el sistema político italiano.

Fue en esta etapa cuando se formó en el Parlamento la primera de las “comisiones bicamerales”, que desde entonces se han dedicado a estudiar el tema de la reforma institucional. En esta primera comisión (conocida por comisión Bozzi), como en sus dos sucesoras, participaron legisladores parlamentarios de ambas cámaras, miembros de todos los partidos con representación parlamentaria. Tras un año de deliberaciones, la comisión Bozzi sacó como únicas conclusiones trascendentes que Italia debía adoptar un sistema electoral mixto parecido al que funciona en Alemania Federal para procurar poner fin al partidismo exacerbado, y subrayaba la necesidad de fortalecer el papel del Poder Ejecutivo incrementado la autoridad del primer ministro frente al Parlamento. Sin embargo, a pesar de lo limitado de sus resultados, las reformas propuestas por la comisión Bozzi ni siquiera fueron votadas por el pleno de la Cámara de Diputados.

Pero la bomba estalló, y de la manera más inusitada, a mediados de 1991, cuando el diputado democristiano Mario Segni, encabezando el Movimiento Popular para la Reforma, logró obtener el apoyo suficiente para forzar al gobierno a convocar a un referéndum para decidir sobre la cuestión de la reforma política. Aunque formalmente en el plebiscito sólo se puso a consideración una modificación mínima al sistema proporcional, la elevada participación electoral (62%) fue una prueba clara de que los electores deseaban ver cambios. Al mismo tiempo, surgieron nuevas formaciones políticas, la mayor parte de ellas de carácter regionalista, que se reportaron listas para retar al establisment partidista tradicional. Los focos rojos se encendieron cuando las denominadas “Ligas del Norte” obtuvieron resultados favorables en los comicios municipales de 1990.

Las elecciones de 1992 marcaron el principio del fin para el viejo sistema de partidos. Mientras las tres organizaciones que habían dominado el escenario durante toda la posguerra - el Partido Demócrata Cristiano, el Partido de la Izquierda Democrática (PID; ex PCI) y el Partido Socialista -, sufrieron pérdidas históricas, las Legas autonomistas del norte y las organizaciones antimafia del sur obtuvieron importantes porcentajes a favor. El éxito de estos nuevos partidos fue considerado como un masivo voto de protesta en contra del atrofiamiento del sistema político.

El Parlamento electo en 1992 accedió a formar una nueva comisión bicameral que, supuestamente esta sí, estaba destinada a sugerir un paquete de reformas políticas de tal trascendencia, que se hablaba de la inminente fundación de la II República Italiana. Empero, la resistencia del status quo pudo más La segunda bicameral fue también relativamente limitada en sus conclusiones, a pesar que para entonces ya estaba en marcha la operación mani pulite que barrería con la vieja clase política. El principal resultado de esta comisión fue la adopción de un sistema electoral donde tres cuartas partes de los miembros da cada una de las dos cámaras legislativa son electos en distritos uninominales, y el cuarto restante mediante una fórmula proporcional. La nueva legislación electoral pretendía poner fin a la hegemonía de los partidos privilegiando la relación directa entre los candidatos y los electores de cada distrito. Una vieja ilusión ésta, la de pretender que privilegiando la representación en distritos uninominales y minimizando la proporcionalidad se va a lograr una mejor representividad, una fórmula que quizá (y con dudas)  sirva en el muy excepcional caso norteamericano, pero que en ningún otro sistema ha comprobado ser plausible. Si bien el excesivo proporcionalismo electoral fue uno de los puntales de la partitocrazia italiana,  también es cierto que la introducción del uninominalismo de nada sirvió para menguar el poder de las burocracias partidistas. Hay que tomar nota de estas experiencias.


Además, entre otras cosas, se aprobó retirar el subsidio oficial a los partidos y desaparecer un par de pequeños ministerios. Fuera de estas iniciativas, la bicameral poco aporto para enfrentar problemas tan acuciantes como el centralismo, la burocratización, la mafia, y las desigualdades regionales, además de que no llegó a ninguna conclusión sobre la necesidad de fortalecer al Poder Ejecutivo frente al Parlamento.

Fue así que en medio de una crisis política sin precedentes y bajo las nuevas reglas electorales se celebraron los comicios de 1994, los cuales marcaron el fin definitivo al viejo sistema de partidos. A estas elecciones los partidos y corrientes políticas que habían dominado el panorama del país desde el fin de la guerra mundial (comunistas, socialistas, democristianos, liberales, etc.) acudían profundamente desacreditadas. En contraste,  Surgían pujantes los partidos regionalistas, las organizaciones antimafia, y por sobre todas las cosas un singular y poderoso movimiento capitaneado por el hombre más rico del país, Silvio Berlusconi, magnate de los medios de comunicación y dueño del equipo de futbol Milan AC (entre otras cosas), que a base de golpe de chequera, de explotar su presencia mediática y de utilizar un facilón pero muy popular discurso anti político fundó el partido Forza Italia. Tan apartado quería Berlusconi hacer ver a su organización de la política tradicional  que le puso el nombre de la porra con la que los tifosi italianos apoyan a la scuadra azurra en los estadios de fútbol. Cero ideología, programa o principios intangibles, sólo ciudadanos comunes y corrientes, gente buena y desorientada perenne víctima de las maquinaciones  que urdían los políticos, electores engañados por una atroz y corrupta clase política. Y para comandarlos estaba el ciudadano Berlusconi, un “honesto” y trabajador empresario que se sacrificaba haciendo política para salvar a la patria. Forza Italia pretendía hacer una reforma “de pies a cabeza” del sistema político y en economía ofrecía dinamizar la atrofiada economía italiana con un plan de creatividad empresarial que haría más chico y eficiente al Estado, privatizaría empresas y achicaría a la obesa burocracia.

Por su parte, la izquierda se vio obligada a reconvertirse. El Partido Comunista se “socialdemocratizó” y pasó a llamarse Partido Democrático de la Izquierda (PDS). Aliado a grupos y partidos afines, el PDS también trató de subirse al carro de la modernización económica y se comprometió  a por erigir un “Estado que administrara menos y gobernara más”, pero la incitativa la tuvieron en todo momento Berlusconi y sus aliados: el ex fascista del Frente Nacional (ahora disfrazados bajo su nueva denominación de la “Alianza Nacional”), de Giafranco Fini y la Liga Norte, del estridente Umberto Bossi. La derecha integro la coalición llamada El Polo de la Libertad, que salió triunfadora en los comicios, dejando al PDS en la oposición mientras que la Democracia Cristiana sucumbió para dar lugar a formaciones centro derechistas pequeñas y el Partido Socialista desapareció definitivamente de escena. Silvio Berlusconi fue nombrado primer ministro el 10 de mayo de 1994.

Los retos para el nuevo gobierno eran el de revivir a la economía y establecer una reforma de gobierno. Además, se debía terminar con la burocracia y privatizar las firmas estatales.

Al subir a la cabeza del gobierno italiano una nueva clase política, sin nexos con los viejos partidos, los ciudadanos esperaban que la administración de Berlusconi trabajara realmente comprometida con el cambio. Pero el desencanto llegó muy, muy rápido. El gobierno de Berlusconi al poco tiempo cayó víctima también de la corrupción. El 5 de diciembre de 1994 investigaciones de la policía helvética  provocaron una “estallido” en las instalaciones del grupo Fininvest, propiedad de Silvio Berlusconi, y en la sede del Banco Arner, también del magnate italiano. Los jueces descubrieron que diversos funcionarios del sector público italiano habían depositado dinero en el Banco Arner, y revelaron también que las sociedades italianas y malteses que escondían fondos negros eran reconocidos directamente por dicho banco. Asimismo, los magistrados deseaban obtener información secreta sobre las finanzas oscuras del grupo que encabezaba Silvio Berlusconi.

Debido a la presión ejercida por la oposición y por los escándalos de corrupción, Silvio Berlusconi se vio obligado a renunciar al cargo de primer ministro en diciembre de 1994.


 Todos esperaban que la administración de Berlusconi fuera revolucionaria. Después de todo, se trataba del ascenso al poder de una clase política completamente nueva, sin nexos con los viejos partidos ni con los intereses que estos representaban y, por lo tanto, comprometidos únicamente con el cambio. Pero las esperanzas de reforma fueron desairadas. El gobierno de Berlusconi y de sus aliados Fini y Bossi navegó en la indecisión y la mediocridad, hasta que cayó víctima del mismo mal que había llevado a la vieja clase política al desastre: la corrupción. En 1996 se hicieron necesarias nuevas elecciones generales, las terceras en cuatro años, de las que salió triunfante la centro izquierda, ahora aglutinada en la Coalición del Olivo, formada principalmente por el Partido de la Izquierda Democrática, la cual postuló como candidato a primer ministro al ex democristiano. Romano Prodi, hombre de poca experiencia política, pero que se había destacado como un gran administrador.



Con la centro izquierda en el poder renacieron, una vez más, los anhelos transformadores. En enero de 1997 empezó a trabajar una nueva comisión bicameral, la tercera, con la vieja misión de cambiar la Constitución e inaugurar, por fin, a la añorada II República. Muchas fueron las propuestas y las ideas que se consideraron en la bicameral, tales como implantar un régimen semipresidencial al estilo francés, adoptar un mecanismo electoral uninominal a dos vueltas que diera lugar a mayorías estables, instaurar un sistema federal parecido al alemán que desterrara al inoperante centralismo tradicional, fortalecer al Senado para convertirlo en una cámara efectiva de representación regional, reducir drásticamente el número de legisladores, instituir la elección directa del primer ministro para otorgarle a éste independencia frente a los vaivenes parlamentarios, y reformar al Poder Judicial.



Pero, a fin de cuenta el resultado fue otra desilusión. Las tímidas conclusiones de la Comisión demuestran la preocupante falta de imaginación y el miedo casi epidérmico al cambio que padecen los políticos italianos. Fue otra oportunidad perdida que condenó a Italia a más  años de inestabilidad, corrupción e ineptitud gubernamental.



El fiasco en el que acabó la transformación gatopardiana del sistema político italiano  hizo evidente la diminuta dimensión de la nueva clase política italiana, integrada por magnates egocéntricos, neofascistas renovados, independentistas mesiánicos y mediocres ex comunistas reconvertidos en socialdemócratas. No hace mucho, mediante una genial alegoría, Michelangelo Bovero imaginó el más execrable régimen posible, la Kakistocracia, resultado de la nefasta combinación de las peores formas de gobierno: tiranía, oligarquía y oclocracia, en una crítica apenas velada contra tres de los principales dirigentes de la Italia actual: Fini, Berluscuni y Bossi . No se equivocó Bovero. La mayor parte de los dirigentes políticos italianos surgidos de la revuelta anti política de los noventas son pedestres, corruptos, ineficientes y demagogos. Y el peor, desde luego, ha sido Silvio Berlusconi



Grotesco fue el final del último gobierno del Cavalier en 2011, en medio de sórdidos escándalos sexuales y con Italia literalmente al borde de la bancarrota. En un hecho sin casi sin precedentes los dirigentes de Francia y Alemania, Merkel y Sarkozy, demandaron la dimisión del italiano (su par como jefe de gobierno) como condición sine qua non de cualquier posibilidad de rehabilitación italiana.  



Fue il Policcinela di Milano el jefe de Gobierno italiano que más tiempo duró en la responsabilidad y los resultados que arrojó son más que magros. Lo de Berlusconi solo fue show todo el tiempo. Mucho se dice que los italianos estuvieron fascinado con el espectáculo berlusconiano, que el Cavalier es el italiano “quintaesencial”, de que se veían en él como todo lo que quisieran ser en esta vida: ricos, guapos, poderosos y “listillos”. Con una vulgaridad y un mal gusto excepcionales, pero exitoso en la vida. Pero más allá de consideraciones psicológicas y hasta poéticas, lo que sucedió en Italia conlleva varias lecciones: no basta con la disolución de una vieja clase política corrompida e ineficaz para garantizar el éxito de un régimen democrático, si quienes la relevan en el poder son aún más corruptos e ineficaces; es falsa la simple dicotomía de “políticos siempre malos, ciudadanos siempre buenos”; y la corrupción e ineficacia son mucho peores si encima sumamos demagogia, populismo y mesianismo.