lunes, 9 de abril de 2012

Un Desastre Llamado Dukakis


El Partido Republicano obtuvo en 1988 su tercera victoria consecutiva sobre los demócratas en una elección presidencial, algo que no había sucedido desde 1928. Pese a que el segundo mandato de Reagan no resultó tan rutilante como el primero, la "revolución conservadora" tuvo el empuje suficiente para hacer que George Bush llegara a la presidencia venciendo a su rival por un buen margen. Coadyuvó decisivamente en la victoria del vicepresidente la realización por parte de los republicanos de una efectiva campaña de descrédito personal contra el aspirante demócrata, quien, por otra parte, careció en todo momento del brillo personal y del coraje necesarios para convencer a los electores norteamericanos de que votaran por él. De hecho, se recuerda la de Nichael Dukakis como una de las campañas electorales más desastrosas de la historia y se ha hecho de ella un prototipo de lo que no se debe hacer rumbo a unas elecciones si lo que se pretende es ganarlas. También se dice que la publicación de dos históricas fotos fueron determinantes en el triunfo de los republicanos: la del precandidato Gary Hart, por años amplio favorito en los sondeos para vencer a Bush Sr., y la del Dukakis cómicamente montado en un tanque.
     Durante el segundo período de Reagan, el escándalo volvería a aparecer con toda su fuerza en la escena política. En noviembre de 1986, el periódico libanés Al Shiraa denunció que el gobierno de los Estados Unidos estaba realizando una venta clandestina de armas a Irán. De inmediato, el Congreso tomó cartas en el asunto, nombrando a una comisión que se encargaría de realizar todas las investigaciones pertinentes. La prensa norteamericana le dio un gran revuelo al asunto, especulando que se trataba de un affaire de las dimensiones del caso Watergate. Se descubrió que, efectivamente, la administración Reagan había realizado ventas clandestinas de armamento a Irán a través del Consejo de Seguridad Nacional (CSN), dirigido a la sazón por el almirante John M. Poidexter, y que una parte sustancial de las sumas entregadas por Irán habían dado a parar a unas cuentas bancarias en Suiza que el CSN había abierto para destinar recursos privados a los contras nicaragüenses. La idea de triangular el dinero procedente de Irán para financiar a los contras fue del coronel Oliver North, uno de los más cercanos colaboradores de Poindexter. 

     Aunque al principio se pensó en una eventual dimisión de Reagan, la evolución del caso Irán-Contras no puso al presidente en ningún peligro e inclusive  para una buena parte de la los ciudadanos la actuación presidencial lejos de ser reprochable se justificaba por motivos patrióticos, ya que estaba destinada a impedir a toda costa el triunfo del comunismo en Centroamérica y a mejorar las relaciones con Irán para procurar la liberación de algunos rehenes que en ese entonces se encontraban en manos de guerrilleros pro iraníes en  Líbano.

     En política exterior, Reagan mantuvo casi sin variar su línea dura durante la primera parte de su último mandato. Siguió el hostigamiento contra Nicaragua, que como ya hemos visto llegó a rebasar los límites de lo legal. La política centroamericana de Reagan estaba suscitando protestas internacionales a todos lo niveles y dio lugar a enconadas batallas entre el Ejecutivo y el Congreso. También la actitud del ex actor frente a Sudáfrica fue motivo de encendidas polémicas. El presidente intentó vanamente vetar un paquete de severas sanciones económicas y comerciales aprobado por el Congreso, dirigido a castigar al régimen de segregación racial de Pretoria. Otro tema que cobró trascendencia en este lapso fue el del terrorismo internacional. Washington acusó al gobierno libio de Muammar Kadaffi de instigar actos de terrorismo en todo el mundo. El departamento de Estado empezó a trabajar en la formación de una coalición internacional para realizar una inminente invasión a Libia que involucrara a todas las principales naciones de Occidente. Sin embargo, esta iniciativa no encontró eco en la mayor parte de las capitales europeas, por lo que Reagan debió conformarse con darle un pequeño escarmiento a Kadaffi, ordenando un bombardeo a las ciudades libias de Trípoli y Bengazi, operación en la que sólo el Reino Unido se animó a colaborar. 

     La administración retomó en algo la política de derechos humanos del ex presidente Carter, al permitir la caída de dos dictadores que se habían caracterizado por ser fieles aliados de Washington: Ferdinand Marcos, de Filipinas y Jean Claude Duvalier, de Haití. También se procuró un distanciamiento con los gobiernos tiránicos de Chile y Paraguay. Esta nueva actitud fue anunciada personalmente por el presidente, que a principios de 1986 manifestó la decisión de  Estados Unidos a oponerse a todas las dictaduras "fueran del signo que fueran".

     Durante la primera parte del segundo mandato de Reagan se lograron pocos avances en materia de desarme, esto pese a que el nuevo mandatario soviético, Mijail Gorbachov, gobernaba a la URSS desde 1985 con el propósito de iniciar una política de reformas económicas y sociales profundas que estaría destinada a pasar a la historia con el nombre de Perestroika. La cumbre entre Gorbachov y Reagan, celebrada en octubre de 1986 en Reykjavik, acabó siendo un fiasco por culpa de la terca negativa del ex actor de renunciar a su Iniciativa de Defensa Estratégica. Pero no obstante estos primeros tropiezos, los últimos años del gobierno de Reagan serían testigos de avances históricos  en el terreno del desarme. Tras varios meses de fructíferas negociaciones, Reagan y Gorbachov firmaron en diciembre de 1987 los tratados  INF (Intermediate Nuclear- Range Forces) para el desmantelamiento de misiles de alcance intermedio. Repentinamente, el presidente que había empezado su administración alentando el recrudecimiento de la carrera armamentista modificaba radicalmente su actitud y daba junto con el secretario general del PCUS los primeros pasos decisivos para acabar con la Guerra Fría. 

     Aunque buena parte de los observadores internacionales considera que los avances logrados en favor de la paz mundial en el transcurso de estos los años se debe fundamentalmente a la voluntad política de Gorbachov, los defensores de Reagan advierten que Estados Unidos había salido triunfador de una guerra de "desgaste económico", provocado precisamente por la carrera armamentista promovida por el presiente estadounidense, que obligó a la de por sí débil economía soviética a destinar grandes recursos monetarios al renglón de la defensa, hasta que la capacidad de la URSS simplemente se agotó, llegando a una grave disyuntiva: o se dedicaba a competir con Estados Unidos o le daba de comer a la gente. Claro que este triunfo en la "guerra de desgaste" tuvo un costo muy alto para Estados Unidos, que se convirtió en la nación más endeudada del planeta. Además, el esfuerzo belicista norteamericano perjudicó el desarrollo de importantes sectores de la industria no armamentista, en provecho de sus principales competidores japoneses y europeos.

     Aunque el desempeño de la economía no fue tan brillante en este segundo período, la administración Reagan presentó al final un balance positivo. El mandatario cumplió con sus principales promesas electorales de 1980. El intervencionismo gubernamental quedó reducido a la par que se impulsó la participación de la iniciativa privada;   los impuestos bajaron; las tasas de interés bancarias se redujeron; se dominó a la inflación, que de un monstruoso 13.5% registrado en 1980 bajó al 3.7% en 1988; y se mantuvo en 1988 el nivel de desempleo más  pequeño de los últimos 14 años: 5.6% de la población  activa.

     Como contraparte, la recuperación económica se había logrado mediante el endeudamiento generalizado de la sociedad norteamericana (particulares, empresas y gobierno). La deuda pública del gobierno federal alcanzó los 2.6 trillones de dólares, mientras que el déficit presupuestal llegó a los 155 billones. También resultaba preocupante el monto de los números rojos de la balanza comercial. La fragilidad de la economía se reflejó en octubre de 1987, cuando en un mismo día (el lunes negro) la Bolsa de Valores de Nueva York  perdió más de 21 puntos. Por otra parte, los recortes en los presupuestos de beneficio social siguieron perjudicando enormemente a las capas más desprotegidas de la población.

     En el frente interno, se intensificaron las pretensiones moralizadoras de la "revolución conservadora". Con el nombramiento, en 1986, del juez William Rehnquist como presidente de la Suprema Corte de Justicia, en sustitución del liberal  Warren Burger, se pretendió impulsar medidas tendientes a imponer una normatividad más estricta a la sociedad norteamericana. Este hecho se evidenció poco después, cuando el Tribunal Supremo dictaminó que la Constitución no protegía las relaciones homosexuales y cuando confirmó la vigencia de una ley del estado de Georgia que consideraba delito (penado hasta con 29 años de prisión), a la sodomía. Quedaba así abierta la posibilidad de que el Estado interviniera en la vida privada de los ciudadanos. 

     También fue parte de esta "cruzada por la moral y las buenas costumbres" la publicación de un informe sobre una investigación realizada por el Departamento de Justicia en el que se afirmaba que la pornografía tenía una relación causal directa en delitos que incluyen la violencia sexual.

     Los altibajos en la economía, los tropiezos en el exterior durante los dos primeros años de la administración y la cruzada moralizadora hicieron que la popularidad de los republicanos declinara hacia mediados del segundo mandato de Reagan. En las elecciones legislativas intermedias de 1986, el Partido Republicano perdió el control del Senado al tener que entregar ocho escaños a los demócratas. Con esto, el Poder Legislativo volvía a ser un monopolio del Partido Demócrata. Más tarde, con el descubrimiento del escándalo Irán-Contras y con el crack bursátil, el terreno parecía preparado para que un demócrata volviera a ocupar la Casa Blanca.

     Principalmente eran dos los republicanos que esperaban suceder a Ronald Reagan en la presidencia. El heredero "natural" del reaganismo era el vicepresidente George Bush, quien se había desempeñado en su puesto con fidelidad y eficiencia. Desde que contendió por la presidencia en 1980, Bush era considerado como miembro del ala moderada del partido. Su principal rival sería el senador Robert Dole, líder de la mayoría republicana en la cámara alta durante el tiempo que este partido mantuvo la hegemonía en este cuerpo legislativo. También aparecerían para participar en las primarias republicanas  Jack Kemp (representante en el Congreso por Nueva York), considerado de línea conservadora;  el tele-evangelista Pat Robertson, con una plataforma moralista exacerbada; y Peter Du Pont (ex gobernador de Delawere), del ala liberal del partido.



     Bush se impuso fácilmente en las primarias. Después obtener una victoria reñida en Nueva Hampshire, el camino se despejó por completo para el vicepresidente después de triunfar inobjetablemente en el sur del país durante el supermartes. Más tarde, Bush se llevó Illinois y Nueva York, lo que obligó a Dole, a Kemp y a Du Pont a retirarse. Robertson salió de la lid después de que Bush le venciera en el caucus de Colorado y, días más tarde, el ex director de la CIA aseguraba la nominación al ganar en Pennsylvania.
     La Convención Republicana se celebró en Nueva Orleans a mediados de agosto. Durante el primer día, el presidente Reagan pronunció un emotivo discurso de despedida en el que enumeró las supuestas cualidades de su vicepresidente. La Convención pasó entonces a elegir a Bush como  candidato presidencial del Partido Republicano por unanimidad. Como compañero de fórmula, Bush sorprendió a propios y extraños al escoger al joven senador por Indiana, Dan Quayle. Se dijo que esta elección obedecía a una estrategia destinada al voto de los jóvenes y de las mujeres. Sin embargo, las críticas dentro y fuera del Partido Republicano no se hicieron esperar. Se dijo que la selección era mala, pues se trataba de un hombre inexperto e inmaduro políticamente.

     Bush prometió en su discurso de aceptación continuar con los logros alcanzados durante la administración Reagan. Pronosticó que durante los siguientes ocho años se crearían aproximadamente 30 millones de  nuevos empleos y prometió luchar por una "América libre de drogas", por la erradicación de la corrupción en el gobierno, por la protección del medio ambiente y en favor de una "nueva armonía" entre las razas. Denunció lo que llamó "los valores liberales y el cuestionable patriotismo" de su contrincante demócrata y pronunció una promesa que aún ahora es recordada por todos los norteamericanos: "Lean mis labios: no más impuestos (Read my lips: no  more taxes)".

     La plataforma republicana se oponía a la idea de elevar los salarios mínimos, por tratarse esta de una medida "inflacionaria y que propiciaría desempleo"; reiteraba la promesa de Bush de no subir los impuestos; insistía en demandar enmiendas constitucionales para prohibir el aborto y garantizar la libertad de los alumnos a decir plegarias en las escuelas públicas; acusaba a Nicaragua de ser un Estado marxista al servicio de la URSS; se oponía el establecimiento de sanciones contra Sudáfrica y se pronunciaba en favor de la Iniciativa de Defensa Estratégica.

     Por parte de los demócratas, a principios de 1987 parecía claro que el candidato presidencial sería Gary Hart, quien había efectuado una sorprendente y efectiva campaña en 1984. El carismático ex senador por Colorado (renunció a reelegirse para su escaño en preparación de su campaña presidencial) parecía ser el único capaz de hacer volver al redil demócrata a todos aquellos electores que se habían alejado de este partido persuadidos por la efectividad de las reaganomics. La fórmula de Hart (conservadurismo en la economía y liberalismo en lo personal y social) parecía la única capaz de garantizar el retorno de los demócratas al poder. Sin embargo, la ascendente carrera política de Hart se vería cortada inusitadamente a causa de un escándalo sexual. El periódico sensacionalista The Miami Herald publicó unas fotos comprometedoras del senador en compañía de la modelo Donna Rice. Las fotos fueron conocidas como “La Capirucha”. Hart decidió retirar su candidatura, y aunque volvió a la carrera a finales de 1987, el daño era ya irreversible: la gran esperanza demócrata para 1988 se había apagado definitivamente.



     Dos figuras demócratas relevantes  se negaron a contender en 1988 por la nominación. Mario Cuomo (gobernador de Nueva York), quien cobró fama nacional tras pronunciar un encendido discurso durante la Convención Demócrata de 1984, desilusionó las expectativas de sus admiradores al anunciar que no pensaba en la presidencia. Lo mismo sucedió con Bill Bradley (senador por Nueva Jersey), muy popular por haber sido en el pasado estrella en el equipo de basquetball los  Knick's de Nueva York. 

     Fuera Hart de la contienda y sin Cuomo ni Bradley, quedaba en la palestra un grupo de personajes de los cuales ninguno parecía tener en ese momento la personalidad y estatura política necesarias para atraer decididamente a su favor a los apáticos y conformistas electores norteamericanos. Para contender en las primarias se inscribieron siete políticos, que por sus exiguos antecedentes en la vida pública fueron llamados por la prensa como los "siete enanos". Ellos fueron: Joseph Biden (senador por Delawere), Michael Dukakis (gobernador de Massachusetts), Al Gore Jr. (senador por Tennessee), Bruce Babbit (ex gobernador de Arizona) Richard Gephardt (representante en el Congreso por Missouri) Paul Simon (senador por Illinois) y el reverendo Jesse Jackson.

     Biden, quien es uno de los elementos más liberales del Partido Demócrata en la cámara alta, se retiró antes de comenzar las primarias al descubrirse que en una ocasión había plagiado un discurso del líder laborista británico Neil Kinnock. Dukakis, hombre de tendencias liberales, estaba destacando en su labor como gobernador de Massachusetts. Jackson participaba por segunda vez consecutiva en unas primarias con la esperanza de revivir a su "coalición arcoiris". Gephardt era bien conocido por sus posiciones proteccionistas en la Cámara de Representantes. Babbitt, Simon y (sobre todo) Gore eran considerados representantes de la línea moderada.

     Nueva Hampshire, estado vecino de Massachusetts, fue para Dukakis. En el supermartes, Gore y Jackson se disputaron el sur, excepto Texas y Florida, donde salió triunfador Dukakis. Illinois fue la única primaria ganada por Simon, aunque destacó el segundo lugar obtenido por Jackson, que estaba realizando una buena actuación en los estados industriales gracias al apoyo de los trabajadores y de las minorías, cosa que se confirmó cuando, sorpresivamente, el reverendo negro ganó en Michigan unos días más tarde. Siguieron victorias de Dukakis en Colorado Wisconsin y en Nueva York, después de lo cual quedaba claro que el duelo por la nominación quedaba entre el gobernador de Massachusetts y Jackson. Preocupados por el ascenso de la figura política de Jackson, los demócratas moderados cerraron filas en torno a Dukakis, quien consiguió victorias convincentes en Pennsylvania, Indiana y Ohio, así como en todo el oeste. Para finalizar las primarias, Dukakis se llevó California y Nueva Jersey, asegurando la candidatura al garantizar que en la Convención tendría un número suficiente de delegados a su favor.

     La Convención Nacional Demócrata se llevó a cabo en Atlanta a mediados de julio. Como estaba previsto, fue nominado Michael Dukakis, quien como compañero de fórmula escogió a Lloyd Bentsen (senador por Texas), uno de los legisladores más talentosos y experimentados del Congreso. Los demócratas pretendían con esta planilla repetir el histórico triunfo de la fórmula Massachusetts-Texas en las elecciones de 1960, personificada entonces por John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson.

     En su discurso de aceptación, Dukakis prometió superar los "limitados ideales y las estrechas ambiciones de la era Reagan", recapturando "la energía, la confianza y el idealismo que caracterizaron a los gobiernos de Kennedy y Johnson". También pronunció severas críticas a la política económica de la administración Reagan-Bush, a la que llamó "economía de vudú" (retomando una acusación que hiciera Bush a Reagan en las primarias de 1980). El candidato demócrata describió como "falsa y con sustentos débiles" la prosperidad económica de los años de Reagan, advirtiendo que de no corregir el rumbo graves peligros asechaban a la nación.
     La plataforma demócrata criticaba a la administración Reagan por haber gobernado "exclusivamente" en beneficio de las clases  privilegiadas. Reclamaba establecer una "justicia económica" que suavizara las diferencias sociales al interior del país en un contexto de crecimiento económico real y controlado, procurando el pleno empleo e impulsando con vigor a los exportadores nacionales para combatir el déficit comercial. También se manifestaba por   mantener las libertades de los sindicatos, por mejorar la situación general de los granjeros y por desalentar la especulación corto plazista para favorecer en su lugar a las inversiones a largo plazo. Asimismo, exigía la promulgación de leyes antimonopólicas; respetar las decisiones "reproductivas" de la mujer; finalizar con los recortes presupuestales que afectaban tanto a los  beneficios sociales como a la educación y emprender una batalla frontal contra la drogadicción.

     En la esfera de la política exterior, el dueto Dukakis-Bentsen se comprometía a mantener los esfuerzos por profundizar el desarme nuclear, a luchar por la prohibición definitiva a nivel mundial de las armas químicas y espaciales (se rechazaba a la Iniciativa de Defensa Estratégica) y a imponer sanciones económicas y comerciales "integrales" contra el gobierno de Sudáfrica, al que se acusaba de "terrorista".
     La campaña electoral realizada (se podría decir perpetrada) por los republicanos en 1988 ha sido, con mucho, una de las más sucias en la historia electoral contemporánea de los Estados Unidos. Se trató de una estrategia encaminada a estigmatizar a Dukakis y a su esposa con un verdadero bombardeo de epítetos y de falsos rumores. Los asesores de Bush estaban asustados por el hecho de que las encuestas arrojaban una ventaja de 17 puntos porcentuales a favor del aspirante demócrata al finalizar la convención de Atlanta y consideraron que sólo "jugando rudo" podrían salvar la situación.

     Los republicanos propalaron versiones que ponían en duda el patriotismo del candidato demócrata. Se dijo que Dukakis debió someterse a un tratamiento siquiátrico después de la muerte de su hermano en un accidente, a principios de los ochentas. También se dijo que la mujer del gobernador de Massachusetts, Kitty, había quemado una bandera norteamericana en una manifestación contra la Guerra de Vietnam en los años sesentas. Todas estas afirmaciones eran falsas, pero ayudaban a crear dudas sobre la personalidad y el carácter de los esposos Dukakis. Inclusive Reagan llegó a expresarse mal del aspirante demócrata, tachándolo de ser un "inválido". Pero sobre todo, destacó la utilización por parte de los republicanos de la palabra "liberal" como si se tratara de un término peyorativo. Al describirlo como liberal, los republicanos querían decir de Dukakis que se trataba de un individuo antinorteamericano y enemigo de los sagrados valores familiares, partidario irredimible de la intervención exagerada del Estado en la economía que, encima de todo, pretendía debilitar a las fuerzas armadas del país para que el mundo entero volviera a estar en peligro de caer en las garras de los rusos. Liberal, para los republicanos de finales de los ochenta, representaba casi un sinónimo de lo que habían sido los comunistas en los cincuentas.

     Los asesores de Bush también explotaron los sentimientos racistas de los norteamericanos blancos para denostar a su contrincante. En una publicidad televisiva transmitida constantemente durante la campaña, los republicanos narraban de una forma escandalosa la historia del criminal negro Willie Horton, quien se había visto beneficiado por un programa de reforma penitenciaria instaurado en Massachusetts durante la administración de Dukakis por medio de la cual a los convictos que demostraban buena conducta se les permitía pasar algunos días fuera de la prisión. Horton aprovechó un fin de semana con libertad condicional para perpetrar una violación en contra de una mujer blanca en el estado de Maryland. Al contar reiteradamente en la televisión la historia de Horton, los republicanos querían demostrar que Dukakis era "suave" con los criminales peligrosos, sobre todo con los negros.

     Pero aún más nocivas para las aspiraciones presidenciales del demócrata que la cruzada negra de los republicanos fue su propia torpe, insulsa y desvaída campaña electoral. Dukakis nunca supo o pudo rebatir oportuna y convincentemente los ataques en su contra, limitándose a hacer una campaña sin pasión, y a cometer varios graves errores. Como resultado, la popularidad del gobernador de Massachusetts empezó a descender dramáticamente, no sólo perdiendo la considerable ventaja que llegó a tener sobre Bush, sino inclusive cediéndole la delantera al vicepresidente.

     Los encargados de la campaña de Dukakis tenían la esperanza de que su candidato se recuperara con los dos debates presidenciales que estaban programados para ser transmitidos por televisión, ya que sabían la falta de habilidad en este renglón de Bush. Sin embargo, una pregunta de mal gusto formulada por un reportero durante el segundo debate, que cuestionó a Dukakis (un adversario declarado de la pena de muerte) si no justificaría aplicar el castigo capital a un criminal que violara y matara a su esposa Kitty, confirmó la mala impresión que muchos electores tenían sobre el candidato demócrata, quien dio una respuesta fría y técnica en lugar de poner al reportero en su lugar. También fue mortal una fotografía que le tomaron a Dukakis ridículamente montado sobre un tanque. “Se parece a Snoopy”, fue lo menos ofensivo que se llegó a decir. El gobernador quería mandar el mensaje con esta foto de que, contrario a lo que decían los republicanos, el era perfectamente capaz de ser el comandante en Jefe del ejército más poderoso del mundo. De alguna manera quiso emular una foto similar que se había sacado Margaret Thatcher años atrás durante la Guerra de la Malvinas y que le había dado estupendos réditos electorales a la Dama de Hierro. Pero la poco castrense personalidad del candidato chocó notoriamente con el aparato de guerra, y solo provocó que su de por sí escaso carisma terminara derrumbándose definitiva e irremediablemente.

     Por su parte, los demócratas tomaron como blanco favorito a Dan Quayle. El joven senador por Indiana estaba confirmando su falta de experiencia y su escaso brillo personal en la campaña. El colmo llegó cuando en el debate televisado entre los candidatos a la vicepresidencia, Lloyd Bentsen, un viejo zorro de la política, humilló al muchacho cuando éste pretendió compararse con John F. Kennedy. "Senador, trabajé con Jack Kennedy. Conocí a Jack Kennedy. Jack Kennedy fue mi amigo. Senador, usted no es como Jack Kennedy", le aseguró Bentsen a Quayle frente a millones de tele espectadores.

     A finales de octubre, Dukakis cobró algo del brío y de la pasión que tanto la habían hecho falta en el transcurso de su campaña e inició una embestida feroz para tratar de ganarle a Bush en los 18 estados más poblados de la unión. Los demócratas recuperaron algo del terreno perdido con este último esfuerzo, que resultó demasiado tardío. 
     George Bush ganó la elección presidencial de 1988, convirtiéndose de esta forma en el primer vicepresidente en llegar directamente a la Casa Blanca por la vía electoral desde que lo hizo Martin Van Buren en 1836. El vicepresidente perdió solamente en diez estados y en el Distrito de Columbia, obteniendo el 54% de la votación popular y el 79.2% de los sufragios en el Colegio Electoral. Los comicios de 1988 registraron la menor participación electoral desde 1924: 50.2%. 

sábado, 7 de abril de 2012

Ciudadanos y Política 3: Los Partidos Pirata.


Aproximadamente cuatro décadas después de la aparición de los partidos verdes ha surgido en Europa una nueva ola de partidos ciudadanos desideologizados y abiertamente anti-políticos aupados por el uso creciente de las nuevas tecnologías, por el acusado desgaste de los partidos tradicionales y por la grave crisis económica que el mundo padece desde hace ya casi cuatro años: los partidos pitara, el primero de los cuales surgió en Suecia en 2006 con el propósito de lograr el libre intercambio de archivos en el internet, limitando los derechos de autor y exigiendo garantías para la privacidad de los usuarios. Como sucedió con los partidos ecologistas, el movimiento nació con una single issue (monotema), en este caso el de la defensa de las libertades civiles en la sociedad de la información. Pero más allá de ello muchos electores le vieron como una oportunidad de manifestar su descontento con los partidos e ideologías de siempre y con las formas tradicionales de hacer política. En Suecia consiguieron más del 7% de los votos en las elecciones para el Parlamento Europeo celebradas en 2009, obteniendo un escaño.
Impelido por sus triunfos en Suecia, el estandarte pirata emprendió un movimiento internacional. Surgieron partidos hermanos en decenas de países, sobre todo europeos, pero fue en Alemania, la nación donde más éxito han cosechado los ecologistas, donde llegaron a ganar el 2% del voto en las elecciones federales de 2009, y todo esto con una plataforma política muy específica que incluye facilitar el advenimiento de una sociedad de la información "diversa y abierta" en base la protección de los derechos de los ciudadanos, la libre difusión de la cultura y la consideración de que las patentes y los monopolios privados perjudican a la sociedad. Asimismo, los piratas abogan por el derecho a la privacidad en internet ante un desarrollo tecnológico que permite a los Estados controlar las comunicaciones de los ciudadanos, la limitación de los copyrights para poder compartir copias, o difundir o emplear obras para usos sin ánimo de lucro y la supresión de patentes que sirven para solo crear monopolios y representan una traba para la innovación.

¿Cómo se explica el empuje de una formación surgida de Internet, al margen de los cauces políticos habituales, y con un programa tan específico? Pues porque justo por ello resultan agtractivos a los votantes jóvenes, principales usuarios del internet y muy distanciados de la política tradicional, ante el fracaso de los partidos en la tarea de desarrollar políticas sensatas para la naciente sociedad de la información. A juicio de muchos dirigentes piratas, la mayoría de los partidos en vez de aprovechar las fantásticas posibilidades democráticas de Internet, quieren usar la nueva tecnología para crear un Estado de vigilancia en el que el Gobierno tenga más control sobre la vida cotidiana de los ciudadanos.

Ahora bien, tal como sucedió con los verdes, el crecimiento de los partidos pirata obliga a estos a ampliar la gama de sus propuestas políticas y a asumir posturas claras sobre los otros temas de la vida pública. Sucedió que con la causa ecologista, nacida de la sociedad civil, los grandes partidos tradicionales acabaron incorporando sus reclamaciones y en Alemania, por su lado, el Partido Verde logró responder al resto de tener propuestas políticas para todos los principales temas de la compleja sociedad alemana contemporánea. Muy probablemente algo similar acontezca con los Piratas, hoy todo frescura, autenticidad y credibilidad, pero cuyo reto será aprender a conducirse como una organización coherente y genuinamente alternativa si no quieren sucumbir ante sus poderosos y mejor organizados rivales.

Muchos observadores son escépticos sobre el futuro del partido, y consideran que su ascenso es fruto de una coyuntura. Opinan que en cuanto se regulen sus reivindicaciones la organización podría hacerse prescindible. Se benefician de su imagen antipolítica en una era en la que los políticos son sumamente impopulares, y al votante joven usurario de internet pos varias horas al día, le suenan ajenos asuntos como la viabilidad de los sistemas sanitarios, el combate contra los déficits presupuestarios, la reforma a las pensiones la creación de infraestructuras o la política exterior. Ve en los piratas a personajes poco solemnes alejados de la imagen tradicional de los políticos y les votan justo por eso, pero , ¿Qué sucederá cuando vean que se comportan como políticos normales? ¿Pasaremos de la utopía al desengaño?

During a rally against state and corporate surveillance policies in Berlin...
Eso el tiempo lo dirá, por lo pronto, sin estructuras, pocos recursos y liderazgos muy laxos en Alemania ya lograron ingresar con parlamentarios propios a las legislaturas locales de Berlín (15 diputados con el 8.9% de los votos en septiembre de 2011) y del Sarre (4 diputados y el 7.4% de los votos en marzo 2012. En mayo está previsto que lleguen a los de Schleswig-Holstein y Renania del Norte-Westfalia. Un crecimiento demasiado espectacular para un partido meramente “de protesta” que está sacudiendo el panorama político de Alemania. Y da gusto saber que su primer ingreso triunfal en una asamblea legislativa y cámara de representación popular fue en Berlín, gran ciudad desde siempre ampliamente liberal y de vanguardia
Es precisamente en Alemania donde los Piratas aportado nuevas ideas además de las de derecho de uso de materiales y limitaciones al copyright que dieron origen al movimiento. Los Piratas alemanes han adoptado las banderas de la lucha contra el extremismo de derecha, la ampliación y respeto irrestricto a las libertades individuales, el laicismo más radical y, sobre todo, la democracia directa, posible ahora con el uso intensivo de las nuevas tecnologías de la información. Ese es su gran reto: hacer que su política "online" sea real, demostrar que el modelo de la democracia vía twitter, Facebook y redes sociales se puede llevar a la práctica.

Por otra parte, llama la atención el hasta la fecha muy limitado crecimiento del Partido Pirata en las naciones de Europa Meridional (España, Portugal, Grecia, Italia), países tan severamente castigados por la crisis donde los partidos tradicionales son muy impopulares por el torpe manejo que han hecho de las finanzas públicas y que, por tanto, se esperaría que un movimiento antipolítico como el pirata creciese a ritmos desorbitados. ¿Será este fenómeno un acontecimiento exxclusivo de las naciones septentrionales de la vieja y decadente Europa? ¿Por qué?
Outsiders de una nueva generación cuya oposición al establishment les da un simpático aire de anarco-individualismo. Algo definitivamente nuevo en la anquilosada política europea, aire fresco. Los piratas son ciudadanos desideologizados del siglo XXI con contenidos programáticos llenos de lagunas que, de momento se centran en promover la participación directa de la gente y la transparencia. Proponen cosas como llevar un escáner al parlamento para poner en la red todos los contratos públicos y desean que las comisiones se retransmitan en directo por Internet, obligar a los funcionarios al uso de bicicletas en lugar de coches oficiales, uso intensivo de la red para referéndums y plebiscitos, en fin, la revolución digital. Y son los primeros votantes los más convencidos por esta propuesta. Más del 20% de primeros votantes en Berlín y el Sarre se decantó por los piratas. ¿Podrá consolidarse esta nueva fuerza política y sobrevivir a su propio éxito?

miércoles, 4 de abril de 2012

Ciudadanos y Política 1: Demócratas 66 (D66)


Mucho se habla de la profunda crisis de legitimidad y representatividad que padecen en la actualidad los partidos políticos tradicionales y con mucha razón. Los partidos sufren de una decadencia la cual de ninguna manera comenzó recientemente, sino que lleva décadas gestándose y creciendo sin que aun se encuentre solución plausible alguna. Podemos establecer el inicio de este ocaso   en los esplendorosos y turbulentos años sesenta, una era de movimientos de ruptura y contraculturales donde se hizo evidente que estaban surgiendo con fuerza nuevos actores sociales enfocados a preocupaciones propias del desarrollo de la denominada “posmodernidad” y ajenos en mayor o menor medida a los dilemas de la era industrial que habían sido determinantes en la formación de los sistemas de partidos tradicionales con sus grandes familias políticas: socialistas, conservadores, democristianos, socialdemócrata, comunistas, liberales, etc.

Quizá el primer partido que surge como una opción preocupada por devolverle a los ciudadanos parte de la representatividad que los anquilosados partidos tradicionales le habían secuestrado fue el surgimiento en Holanda del movimiento Demócratas 66 (D66), fundado en octubre de 1966 por ciudadanos que tenían como característica no haber participado nunca antes en política, pero a los que no convencía las organizaciones demasiado burocratizadas y excesivamente ideologizadas y/o sectarias de los partidos políticos tradicionales holandeses (socialistas, cristianos demócratas, comunistas, etc.). A su congreso fundacional asistieron solo 44 militantes, quienes hicieron un llamado al pueblo de Holanda para “recuperar las instituciones democráticas”. Desde un principio el partido se autodenominó “ciudadano” y, en líneas generales, ha mantenido desde sus inicios una ideología social liberal y ha formado parte como socio minoritario de la mayoría de las coaliciones de gobierno que ha habido en Holanda desde 1966. Sus líderes fundadores fueron el periodista Hans van Mierlo (Mierlo, no miarlo) y el escritor Hans Grutijers.

En su creación, los dirigentes de D66 convocaron a los ciudadanos a retomar en sus manos el control de los órganos de gobierno. Desde su fundación, los Demócratas 66 han abogado por tener una visión pragmática de las labores gubernamentales, privilegiando las soluciones técnicas, científicas y humanistas sobre las políticas, y a someter, en todo momento, la labor gubernamental al escrutinio ciudadano mediante el impulso de mecanismos de democracia directa (referéndum, plebiscito, revocación de mandato, etc.) y la elección directa de autoridades (primer ministro, alcaldes).


La estrategia electoral de D66 se ha centrado en movilizar el voto de muchos abstencionistas y desengañados con los partidos tradicionales que, a su juicio, monopolizaban la escena política y mediática en Holanda. Al iniciar su labor política, sus expectativas eran únicamente lograr entrar en el Parlamento holandés y continuar creciendo, pero en las elecciones generales celebradas en Holanda en 1967 logó ganar 7 escaños, algo completamente inusitado para una organización emergente y que fue una gran noticia a nivel europeo. Poco tiempo más tarde su éxito en las urnas se amplió al grado que  D 66 entró como socio minoritario de una coalición gubernamental a principios de los años setenta.

Las líneas esenciales aprobadas en su congreso fundacional de octubre de 1966 se basan en la defensa de libertades individuales, la igualdad entre ciudadanos y respeto a las identidades locales de las tierras que conforman los Países Bajos. Los Demócratas 66 rechazan ser homologados en el eje tradicional “izquierda-derecha”, sino que afirman moverse más bien en el eje “libertad-autoritarismo”, ellos moviéndose en lado de la libertad, por supuesto, en una lógica que consideran mucho más cercano a los problemas reales de la ciudadanía. También rechazaban identificarse con cualquier tipo de filiación religiosa. En los Países Bajos existen varios partidos claramente adscritos en este tipo de identidades.
El ideario de D 66 se articula en los siguientes grandes renglones:

Ciudadanía: El Estado no tiene derechos per sé, sólo los tienen las personas. El estado tiene los alcances y límites que los ciudadanos libres quieran darle. Primero son los ciudadano y después el Estado. Rechazan cualquier visión que exalte al Estado en perjuicio de los ciudadanos.

Libertad e igualdad: promueve el espíritu crítico y aboga por los valores democráticos e ilustrados. El Estado debe promover la igualdad de oportunidades de forma que ni el origen étnico, ni el idioma, ni el sexo, ni la posición económica de la familia, determine privilegios.

Laicismo: entendido como neutralidad de la Administración pública tanto en aspectos religiosos como identitarios, y defensa de los valores democráticos e ilustrados. Los sentimientos y las identidades son respetables en tanto que actividades privadas, pero no se puede permitir que se impongan por delante de los derechos públicos de los ciudadanos.

Privilegiar la educación y la investigación científica y tecnológica: Como la manera más efectiva de garantizar igualdad de oportunidades a los ciudadanos y de mantener la competitividad del país frente a la globalización. Llaman a evitar el centralismo educativo, promover la capacitación constante del profesorado y vigilar la excelencia académica.

Defensa del medio ambiente: con la defensa del desarrollo sustentable uso de energías reciclables y una visión pragmática en energía nuclear
Libertad individual: D66 fue uno de los principales promotores del matrimonio entre homosexuales, la eutanasia, la despenalización del aborto y del consumo de drogas

Libertad económica: D66 está a favor de la economía de mercado y de una administración eficiente y vigilada por la ciudadanía. Fue uno de los arquitectos del sistema de salud pública (uno de los mejores del mundo, y ha sido uno de los principales promotores a las recientes reformas al sistema de pensiones, edad de jubilación y legislación laboral.

Como se ve, muchas de las ideas de vanguardia postuladas por D 66 a mediados de los sesenta en temas hasta ese momento ignorados por los partidos tradicionales tales como el ecologismo, lo0s derechos de los gays, la legalización de drogas, etc. son las banderas que desde los años setenta y ochenta han defendido partidos emergentes tales como los ecologistas y que ha adoptado (de forma tardía, por cierto) buena parte de la izquierda en todo el mundo.

D 66 pretendió desde su origen distinguirse de los partidos tradicionales ensayando con estructuras internas lo menos burocratizadas posibles, tratando de evitar aquel fenómeno que Michels llamó “ley de hierro de las oligarquías”, es decir, la inevitable tendencia de las estructuras burocráticas a crear férreas oligarquías dirigentes, pero los resultados de estos esfuerzos no han sido del todo convincentes.

El partido tiene tres órganos centrales, elegidos en el Congreso, de dirección, representación y garantías: el Comité Ejecutivo, el Consejo General y la Comisión de Garantías. El Comité Ejecutivo está compuesto de 15 miembros. El Consejo General es el máximo órgano representativo del partido entre Congresos, y está integrado por los miembros del Comité Ejecutivo, por 35 miembros escogidos en listas abiertas en el Congreso y hasta 25 representantes de las federaciones de agrupaciones. Le corresponde supervisar la actividad del Comité Ejecutivo y determinar las líneas políticas a seguir.La Comisión de Garantías, formada por 9 miembros, es la encargada de velar por el cumplimiento de los Estatutos y el resto de normativa interna, así como por el respeto a los derechos democráticos de los militantes.

Los militantes del partido se organizan en agrupaciones de tres tipos: Territoriales, Sectoriales y la Agrupación Digital.
Las Agrupaciones Territoriales integran a afiliados de una misma zona geográfica:
Las Agrupaciones Sectoriales integran a afiliados de una misma rama profesional o con un mismo interés. Así, existen Sectoriales de Ciencia y tecnologia, Comunicación e Imagen, Educación, Función Pública, Técnica (Ingenieros, arquitectos,), Jóvenes, Jurídica, Política Interior, PYME, Sanidad y Universitaria.
Agrupación Digital es el cauce de participación de los afiliados que deciden trabajar preferentemente a través de internet, ya sea por su situación personal, su lejanía de cualquier agrupación territorial, o su simple deseo de realizar su aportación al partido a través de la red.
Federaciones


Actualmente, mientras el proceso de expansión del partido está en desarrollo, las agrupaciones territoriales se dividen en dos federaciones, lo cual facilita y agiliza los asuntos internos y decisiones del partido según las necesidades e intereses de cada zona.
Resulta evidente que, a final del día, la estructura del D66 no difiere demasiado del de los partidos tradicionales. Por otra parte, el éxito inicial de D 66 hizo que el partido tuviera muy pronto responsabilidades gubernamentales, hecho que provocó intensas disputas y divisiones internas ya que no es lo mismo militar en un movimiento testimonial dedicado exclusivamente a la difusión y sostén de buenas intenciones que trabajar en un partido corresponsable en la toma de decisiones de política real. De hecho, D 66 fue casi víctima de su éxito, a causa de los dilemas internos creados por aceptar participar en coaliciones gubernamentales. Sin embargo, D66 ha sabido sortear bien sus crisis gracias a liderazgos eficaces y a que los temas que desde mediados de los sesentas han postulado son cada vez más vigentes.
Los logros y fracasos del partido ciudadano D66 de los Países Bajos ha sido muy parecido a lo que ha pasado en otras naciones que han visto surgir partidos exitosos con aspiraciones exclusivamente “ciudadanas” y hasta de “antipolítica”y que han llegado a formar parte de coaliciones gubernamentales a nivel local y nacional. Tal ha sido el caso, por ejemplo, del Partido Verde Alemán, el cual analizaremos en la próxima entrada.
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martes, 3 de abril de 2012

Let’s Face the Future!


Muchas son las lecciones que quienes se interesan por la historia de las campañas electorales pueden sacar de las históricas elecciones generales celebradas en el Reino Unido casi inmediatamente después de terminada la guerra la Alemania nazi y que arrojó un resultado asaz sorpresivo: la derrota de Winston Churchill, el líder cuya determinación y temple había salvado el pellejo de su país. Mucho se ha hablado de lo “malagradecida” que resultó ser la nación británica, pero un análisis más acucioso de cómo se desarrolló esta campaña que llevó a los tories a tan inaudita derrota nos lleva a concluir que  razones había, y de sobra, para esperar un cambio de rumbo en la dirección del dolido y menguante Imperio Británico.

     El parlamento electo en 1935 estaría destinado a vivir por el inusitado período de una década. El inicio de la Segunda Guerra Mundial obligó a la suspensión indefinida de comicios generales y a la formación, en 1940, de un gobierno de unidad nacional con la participación de conservadores, liberales y laboristas, todos bajo la dirección de Winston Churchill. Al terminar el conflicto en Europa, que supuso para el Reino Unido una victoria ganada tras grandes sacrificios y mediante una heroica resistencia, la vida política volvió a su cauce normal. El Partido Laborista demandó la inmediata disolución del parlamento. Muchos destacados políticos pertenecientes a los principales partidos abogaron por prorrogar al gobierno de coalición, e inclusive Churchill sugirió mantenerlo, por lo menos hasta que la guerra en el Pacífico concluyese. Pero el laborismo no cedió, y el primer ministro convocó a elecciones para el 5 de julio de 1945.

     La primera elección de la posguerra arrojó una contundente derrota para los conservadores. Este resultado sorprendió, como ya lo comentamos, a la mayoría de los observadores internacionales, quienes esperaban una cómoda victoria de aquel hombre que había llevado al Reino Unido a conquistar uno de los mayores triunfos militares de su historia. Winston Churchill había volado desde Postdam, donde se encontraba reunido con Stalin y Truman discutiendo sobre el futuro de Europa, con el propósito de conocer el veredicto del electorado. En su lugar, Clement Attlee presenció la clausura de la conferencia entre las potencias vencedoras en la guerra. Una nueva época en la historia británica se había iniciado.

     Nunca en este siglo el electorado de una nación democrática había sido tan, aparentemente,  ingrata con un líder vencedor en una contienda armada. El firme liderazgo de Churchill había evitado el aniquilamiento del Reino y su sometimiento bajo la opresión de una tiranía. ¿A qué se debió entonces este claro revés en las urnas?

    Sobraban razones para esperar una derrota tory en 1945. Winston Churchill no era todo el Partido Conservador. Además, dirigir a una nación en la guerra no era lo mismo que gobernarla en tiempos de paz. Al electorado británico se le reprochó su "mala memoria" al votar en contra de quién lo había salvado, pero fue precisamente su buena memoria la que condujo a los ciudadanos del Reino Unido a sufragar como lo hicieron. Recordaron los innumerables errores cometidos por las administraciones conservadoras en los años treinta, que acarrearon recesión, desempleo y carestía. Tampoco olvidaron los enormes desaciertos en política exterior de Chamberlain, con sus esfuerzos por congraciarse con la Alemania nazi y su tibieza durante la etapa previa a la guerra.

   
La sociedad británica de la posguerra necesitaba emprender profundas transformaciones para garantizar la reconstrucción del país, asegurar el éxito del Reino Unido en su tránsito de Imperio a nación y brindar de manera efectiva igualdad de oportunidades y bienestar social. El partido que entendió mejor estas necesidades fue el laborista. El manifiesto electoral que el laborismo presentó en 1945 llevaba por título el que para mi gusto ha sido uno de los sloganes electorales más poderosos de la historia, considerando, desde luego, las circunstancias históricas del momento: Let's Face the Future (encaremos el futuro). En él los laboristas proponían un ambicioso programa de reformas, destacando la nacionalización de instituciones y sectores sustanciales de la economía como el Banco de Inglaterra, el combustible, la energía eléctrica, el carbón, el hierro, el acero y el transporte público. También garantizaba el pleno empleo y prometía la implementación de un servicio nacional de salud, seguridad social y una nueva Acta de Educación.

   
Por su parte, los conservadores decidieron depender al cien por ciento de la figura popular de su líder, al grado que titularon su manifiesto electoral como "Declaración del Sr. Churchill para la Política para las Elecciones". Se trató de un  documento que pese a que prometía algunas reformas sociales en el fondo estaba imbuido en el tradicional conservadurismo doctrinario, además que recurría a  un estilo que inspiraba poca credibilidad entre el electorado.

     La reforma social era el tema central de la campaña electoral, y el Partido Conservador no lo entendió. Aunque en su programa se ofrecía beneficios sociales, ponía el énfasis en un ataque superficial y poco convincente contra los proyectos laboristas. Winston Churchill pronunció reiteradamente invectivas en ese sentido. Pensaba que con una campaña de miedo bastaría para convencer al electorado de no aventurarse con un cambio. Describió a sus adversarios como "aquellos que quisieran imponer a la Gran Bretaña para sus propios intereses un sistema de control burocrático con olor a totalitarismo". También declararía que "el socialismo es aberrante para las ideas británicas de libertad", para rematar diciendo "Ningún sistema socialista puede establecerse sin una policía política...ellos (los laboristas) tendrían que instrumentar alguna forma de GESTAPO". Esta retórica del pánico resultó sumamente contraproducente para el Partido Conservador. Se sacrificaba la discusión de los temas verdaderamente fundamentales en un intento de captar el voto por la vía de la propaganda insustancial, utilizando al miedo como arma política.


Pero los tiempos no eran propicios para el éxito de estas estratagemas tories. Los laboristas, lejos de caer en el terrorismo verbal, desarrollaron una campaña constructiva, explicando lo que pretendían hacer del Reino Unido si llegaban al poder y como encauzarían los cambios sociales que el pueblo británico demandaba. La organización laborista se mantuvo bien estructurada y alerta durante toda la guerra. Su trabajo dio magníficos resultados en 1945 en la tarea proselitista. Otro factor coadyuvante en la victoria del laborismo fue el buen desempeño de sus ministros en el gobierno de coalición, particularmente el prestigio ganado por el líder del partido, Clement Attlee, quien se mantuvo en todo momento respetuoso ante la figura histórica de Churchill a la hora del reto electoral. "los laboristas queremos que los electores entiendan la enorme diferencia existente entre Winston Churchill, el gran estadista en la guerra de una nación unida, y el Sr. Churchill, el líder del partido de los conservadores. Temo por aquellos quienes aceptaron su liderazgo durante la guerra y ahora están tentados por gratitud a seguirle en la paz, quedarían completamente desilusionados". El mensaje implícito en estas declaraciones de Attlee llegó claramente a la mayor parte de los ciudadanos.
     Por otro lado, Churchill menospreciaba abiertamente la capacidad intelectual y de liderazgo de Attlee, a quien describía como “un hombre modesto que tiene muchas razones para ser modesto” y como “Un cordero disfrazado de cordero (a sheep on sheep’s clothingh”) y varias más que han pasado a la historia de los más finos sarcasmos políticos.


Al margen de esta batalla político-ideológica-propagandística, escenificada por conservadores y laboristas, estaban los liberales. Sin ninguna posibilidad real de acceder al poder, el Partido Liberal vegetaba desde principios de los años veinte sin representar una alternativa atractiva para casi nadie en el Reino Unido, menos aún una vez terminada la guerra, cuando la nación  exigía cambios radicales. Los liberales estaban cerca de los laboristas en muchos aspectos, pero no en el relativo a las nacionalizaciones. Su indefinición, la falta de líderes carismáticos, su pobre organización y la carencia de fuentes seguras de financiamiento parecían condenar al Partido Liberal a una pronta extinción.

     El Partido Conservador sufrió el  5 de julio de 1945 una severa derrota en las urnas, la más grave desde 1905. El número total de representantes parlamentarios que los tories consiguieron ese día no sumaba ni la mitad de los que habían obtenido una década atrás. Los grandes vencedores fueron los laboristas, quiénes fueron capaces por primera vez en su historia de alcanzar la mayoría absoluta en Westminster. Los liberales, aunque mejoraron relativamente su porcentaje de votación comparado con 1935, vieron disminuir su representación parlamentaria.

     Clement Attlee se convirtió en el primer jefe de gobierno miembro del Partido Laborista con la posibilidad de ejercer el poder sin la necesidad de depender de ninguna coalición o del apoyo de algún otro partido, factor que abriría las puertas a un amplio programa de reformas.


Resultados de la Elección General del 5 de julio de 1945.

Partido             Total de votos      %       MP's         % 
Conservador     9,988,306        39.8      213       33.3   
Laborista         11,995,152        47.8      393       61.4
Liberal                2,248,226          9.0        12         1.9
Comunista             102,780         0.4          2           0.3
Commonwealth     110,634         0.4          1          0.1
Otros                       640,880         2.0        19          3.0
Totales              25,085,978        100      640        100    


Total del electorado - 33,240,391

Porcentaje de participación electoral - 72.7%


Fuentes: British Political Facts 1900-1985, David Butler y Gareth Butler, Londres, Macmillan Press, sexta edición, y Kessing's Contemporary Archives






lunes, 2 de abril de 2012

El Aguila y el Zorro




La primera elección directa en la vida de la V República enfrentó a dos hombres sumamente singulares, ambos políticos extraordinarios, llenos de talento, carisma, imaginación y tenacidad. Dos personalidades complejas, arrogantes y algo volubles, que a ratos fueron incomprendidos, y a ratos fueron incapaces de comprender al complejo, arrogante y voluble pueblo que les toco gobernar. Dos magos de la supervivencia y del instinto, caracterizados, sin duda, por grandes cualidades y serios defectos, pero, ante todo, convencidos desde el primer instante de la grandeza de su "destino histórico". Manteniéndose por encima de sus propios partidos, tanto Charles De Gaulle como Francois Mitterrand supieron siempre cuando era necesario ejercer un inteligente pragmatismo, y cuando enarbolar la bandera del idealismo. Los dos fueron capaces de imprimir en Francia sus muy personales estilos de liderazgo, y los dos fueron víctimas de su exceso de soberbia y cinismo. Por encima de sus diferencias ideológicas, son más los rasgos espirituales y psicológicos que unen a estos personajes, que las peculiaridades que los separan. Dos biografías dignas de Plutarco, en un país al que, para su fortuna, casi nunca le han faltado grandes estadistas, por lo menos antes de la llegada de los Sarkozys y Hollands.

     A pesar de lo que indicaban las encuestas apenas semanas antes de celebrarse los comicios, que daban al presidente De Gaulle un cómodo margen a favor, la elección presidencial de 1965 no fue un día de campo para el General. Debieron de celebrarse las dos vueltas estipuladas por la Constitución. Es así como, a partir justamente de la primera justa, las elecciones presidenciales francesas se han convertido en una caja de sorpresas, donde nada está dicho sino hasta que ha sido contado el último voto. Una cierta veleidad del electorado se ha hecho presente cada vez que se celebra en el país una elección presidencial, a pesar de lo cual no puede decirse que los franceses hayan hecho, todavía, una verdaderamente mala elección.

     La principal preocupación que ocupó al gobierno del presidente De Gaulle y del primer ministro Pompidou en el período 1962-65 fue la política exterior. Consumada la reforma institucional, bien encaminada la economía, el país libre de Argelia y de sus colonias, el disciplinado partido gaullista dueño de una cómoda mayoría parlamentaria y el país unido en torno a su popular presidente, la prioridad ahora sería fortalecer la imagen de Francia, recuperar su "grandeur", como insistía el General, quien estaba dispuesto a devolverle al país, a como diera lugar, el sitio de honor que merecía tener bajo el sol. 

     Francia empezó a alejarse notablemente de sus aliados, particularmente de los Estados Unidos, la nación líder del bloque occidental, ante quien De Gaulle tenía la obsesión de demostrar que su país mantenía plena independencia de criterio. Las principales causas de discordia entre París y Washington fueron la política francesa respecto a la OTAN y la crisis en Indochina. De Gaulle se obstinaba en desarrollar un arsenal atómico propio para Francia y en mantener una distancia cada vez más dilatada respecto a la OTAN, organismo que era concebido por el presidente galo como un instrumento de la hegemonía norteamericana. Al ex jefe de la Résistance se le hacía odiosa la idea de que su gran nación se convirtiera en una simple subordinada de Washington, y por ello se comportó como un "gran rebelde", algo que había hecho varias veces a lo largo de su fascinante vida.

     Pero aún más irritante para el Departamento de Estado norteamericano que la política de defensa francesa, resultó ser la actitud que París asumió en relación a la Guerra de Vietnam. El gobierno de De Gaulle se negó a respaldar la intervención militar norteamericana en favor de Vietnam del Sur.  En efecto, para 1964, la crisis de Indochina había llegado a un punto sumamente álgido. Estados Unidos se había comprometido profundamente en el combate contra la "expansión del comunismo" en la zona, por lo que demandaba el mayor apoyo posible por parte de todos sus aliados, tanto de la región del sudeste asiático como de occidente. Francia se desentendió del problema y se negó a intervenir de manera alguna en su ex colonia en favor de Estados Unidos. Por el contrario, se convertiría (dentro del bloque occidental) en la detractora más asidua de la política norteamericana en Indochina.

      También se enrarecieron las relaciones con Alemania, a pesar de que en enero de 1963 De Gaulle firmo con el canciller Konrad Adenauer un histórico tratado franco-alemán de cooperación y amistad, que pretendía terminar de una vez por todas con la secular animadversión que enfrentó por siglos a ambos pueblos. Las discordias entre París y Bonn tuvieron su origen, sobre todo, en aspectos de la vehemente política de defensa del General, en diferencias en torno a la Comunidad Económica Europea y en la buena disposición que Francia demostró en estos años hacia la URSS y las naciones de Europa del Este.



     Con el Reino Unido, la principal causa de discrepancia fue el veto (verificado a principios de 1963) que interpuso De Gaulle en contra del inicio de negociaciones para el ingreso británico a la CEE. París justificó este veto argumentando que la estructura del mercado agrícola del Reino Unido era incompatible con las bases establecidas entre las seis naciones comunitarias y además que Londres intentaría desvirtuar a la CEE para convertirla, eventualmente, en una zona de libre cambio. Pero la razón más escandalosa de De Gaulle había sido que consideraba al Reino Unido como un "Caballo de Troya" de la influencia norteamericana, que trabajaría para hacer del mercado libre europeo una zona económica subordinada a Washington. El presidente francés establecía así un paralelismo entre lo que a su juicio había degenerado la OTAN y lo que podría suceder con las Comunidades Europeas de permitir la entrada de Gran Bretaña.

     Pero, sin duda alguna, la actitud que más perjudicó la relación entre Francia y sus socios europeos fue la denominada política de "silla vacía", que De Gaulle decretara en julio de 1965, y que consistió en el retiro temporal de la presencia de Francia del trabajo de los órganos comunitarios, como protesta contra una iniciativa presentada por el entonces presidente de la Comisión de la CEE, Walter Hallstein, en el sentido de tratar de incrementar las atribuciones de la supranacionalidad. El mandatario francés seguía insistiendo en una "Europa de Estados", razón por la que cualquier pretensión de reforzar la supranacionalidad le parecía inadmisible. La "silla vacía" arriesgó la existencia de la CEE, institución que tanto había contribuido en la recuperación económica de Francia y del resto de sus países afiliados.  

     Como una manera de afianzar su "independencia de criterio" en los asuntos exteriores, De Gaulle impulsó una política de distensión y diálogo con la URSS y las naciones de Europa del Este. Asimismo, Francia fue la primera nación del bloque occidental en establecer relaciones diplomáticas con China Popular. Respecto al campo multilateral, Francia adoptó una postura lamentable, al rehusarse a apoyar las misiones de paz patrocinadas a la sazón por la ONU y al negarse a participar en los esfuerzos en favor desarme, tales como las conversaciones de Ginebra.  

     Dos fueron las principales virtudes de la política exterior de De Gaulle: puso punto final al nocivo inmovilismo en el que Francia había caído durante la IV República, y la gran mayoría de los franceses se sentía orgullosa del nuevo papel que supuestamente su país estaba desempeñando en el mundo (lo que aumentó el prestigio interno del General); pero lo cierto es que dicha política exterior tuvo, a final de cuentas, mas costos que logros auténticamente sustanciales. La contundente verdad era que Francia había pasado militar y políticamente a un segundo plano. De Gaulle fue incapaz de aceptar la aplastante e irrefutable lógica de la posguerra, que imponía a Europa las duras realidades del bipolarismo. Con su romántica, pero arrogante y anacrónica actitud, lejos de recuperar la "grandeur" de Francia, De Gaulle  puso en peligro la estabilidad de la alianza occidental y, lo que fue aún peor, la viabilidad de la CEE, llevando, de paso, a su país al enorme riesgo de quedar aislado. En la actualidad, ya nadie se atreve a discutir el hecho de que  para ninguna nación europea es factible el sostenerse sin la estrecha cooperación económica y política con sus vecinos. El gran estadista que transformó al sistema político de su país y que había liberado a Francia para siempre de sus traumas coloniales, no entendió las grandes realidades internacionales, y se empecinó en defender una lógica mundial que ya había desaparecido.  

    Los dos principales alicientes para los desplantes internacionales de De Gaulle fueron la estabilidad gubernamental y el buen desempeño económico. Con la casa en orden, el General se sentía en posibilidades de promover la grandeza de Francia en el exterior. El gobierno de Pompidou no tuvo mayores problemas para desempeñar sus tareas. La Asamblea Nacional era inocua, en virtud a la confortable mayoría con la que contaban la coalición. Y aunque en el Senado los partidos gaullistas eran minoritarios (tenían apenas 32 escaños de un total de 255), la cámara alta no ejercía facultades legislativas verdaderamente sustantivas, ni el gobierno era responsable de manera alguna ante esta institución. Por otra parte, el orden público había sido restablecido, una vez que las actividades terroristas relacionadas con el problema argelino desaparecieron por completo a lo largo de 1963.

    Casi nada estorbaba a la voluntad del presidente, cosa que exasperaba a la oposición, la cual sentía que sus augurios en cuanto al carácter "monárquico" y "semidictatorial" del régimen de la V República se  estaban cumpliendo. Para los dirigentes de los partidos tradicionales, era un hecho que el sistema había traicionado las prácticas más arraigadas de la política francesa, al haber "degenerado" en una suerte de "presidencialismo a la norteamericana" disfrazado de semipresidencialismo. Sin embargo, a pesar del creciente descontento de la clase política, la mayoría de los franceses valoraba en mucho a la estabilidad de la que gozaba el país.

     También el curso de la economía estaba coadyuvando a engrandecer la popularidad presidencial. Al frente del ministerio de Finanzas había sido designado Valery Giscard, líder de los republicanos independientes, un distinguido egresado de la Escuela Nacional de Administración (ENA), donde han cursado estudios superiores casi todos los tecnócratas de Francia. Giscard se desempeñó eficazmente al frente de las finanzas públicas. Bajo su administración, la economía francesa mantuvo un ritmo de expansión, el cual permitió, entre otras cosas, asimilar sin mayores problemas a los casi 750,000 colonos que debieron regresar de la recién independizada Argelia. Asimismo, en 1965, se logró el primer presupuesto gubernamental balanceado en 30 años. Incluso, Giscard tuvo suerte en combatir la inflación, que manifestó un brote en 1963, mediante un plan de estabilización dirigido a castigar a los egresos del sector público 

     El "pelo en la sopa" en el reinado degaulliano lo constituyó una progresiva conflictividad social, la cual esbozaba ya lo que se dejaría venir en la primavera de 1968. El número de huelgas creció de manera desmedida. La principal causa de discordia entre los sindicatos y el gobierno fue la aplicación de una vieja ley encargada de regular el derecho de huelga, que había quedado pendiente desde 1946. Dicha ley estipulaba la obligación de los sindicatos de advertir sobre el estallamiento de una huelga por lo menos con cinco días de antelación. Esta prescripción les pareció ultrajante a la inmensa mayoría de los sindicatos, entre ellos a los dos más poderosos: la Confederación General del Trabajo (Confédération Général du Travail; CGT) y la Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos (Confédération Française des Travailleurs Chretiens; CFTC). Tiempo después, en el curso de 1964, los sindicatos decretaron una ola de huelgas para protestar en contra al plan de estabilización de Giscard. Los servicios públicos fueron particularmente afectados por estas controversias. Asimismo, en el campo se vivió un período de agitación, a causa de que los constantes excedentes registrados en la producción agrícola perjudicaban constantemente a los precios de garantía.

      Pero no obstante la relativa agitación obrera y agrícola, a principios de 1965 la misión de derrotar al General en la elección presidencial se presentaba quimérica para cualquier político de Francia. De Gaulle era un rey popular que hacía y deshacía a placer, dentro y fuera del país, con el beneplácito de la mayoría de los franceses. La única alterna viable para la oposición era establecer una alianza que comprometiera a todas las fuerzas antigaullistas en el apoyo a un sólo candidato, cosa bastante improbable, en virtud de las obvias diferencias ideológicas que prevalecían entre los partidos tradicionales.

     A finales de 1963, el alcalde socialista de Marsella, Gaston Defferre, anunció formalmente su candidatura a la presidencia, la cual fue confirmada por Congreso de la SFIO en febrero de 1964. Defferre comprendía la necesidad de buscar una unidad lo más amplia posible de la oposición, por lo cual trabajó para tratar de establecer una coalición que incluyera desde los partidos centristas -como el CNIP, el radical y el MRP- hasta a los comunistas. Como era de esperarse, esta pacto fantástico nunca se logró. Los comunistas fueron los primeros en rechazarlo, por lo que Defferre se concentró, en los primeros meses de 1965, en tratar de concretar una alianza con el centro. Un equipo de especialistas redactó para el alcalde de Marsella un ambicioso programa de gobierno denominado "Horizonte 80", el cual pretendía ser lo suficientemente moderado como para resultar atractivo al MRP, al Partido Radical y al CNIP..



     Defferre propuso la creación de una Federación Democrática Socialista, que habría de amalgamar desde a los socialistas hasta los democratacristianos. Pero las diferencias entre las corrientes antigaullistas eran insalvables. Particularmente molesto para los democratacristianos del MRP fue la negativa de los socialistas de incluir en el programa de gobierno la protección estatal para las escuelas confesionales. Para empeorar las cosas, al interior de la SFIO afloraron las divisiones. El principal líder de la organización, Guy Mollet, un viejo adicto del sistema parlamentario, pretendía que en "Horizonte 80" se incluyera la intención de hacer que el primer ministro fuera, de nuevo, la figura predominante del sistema político, cosa que Defferre rechazaba. En junio de 1965, quedaron definitivamente frustrados los intentos de lograr una "gran alianza", por lo que el alcalde de Marsella decidió desistir de su candidatura

     Con Defferre fuera de combate, las posibilidades de reelección de De Gaulle crecieron. En ningún partido aparecía el político que pudiera presentar una digna batalla al General. En este contexto, hizo su aparición François Mitterrand, un controvertido político izquierdista, a la sazón de 49 años, quien siempre se había manejado como un independiente, desconfiado de la estructura burocrática de la SFIO y del caudillismo de Mollet. Mitterrand, quien presidía un club político denominado Unión Democrática y Social de la Resistencia (Union Démocratique et Sociale de la Résistance; UDSR), era respetado por la mayor parte de la izquierda por su capacidad y carisma, pero no faltaba quien lo describiera como un "oportunista". En efecto, como un hábil marinero, Mitterrand sabía navegar según soplaran los vientos. En su, ya para entonces, agitada carrera política, había actuado para Vichy, más tarde para la Résistance, después participó  en el gobierno provisional de De Gaulle, y fue ministro en seis diferentes gabinetes durante la IV República. Al estallar la revuelta independentista en Argelia, Mitterrand declaró "Argelia es Francia. La única negociación posible es la guerra", pero en 1962 abogó en favor de la independencia del país Norafricano. En el momento de lanzar su candidatura presidencial (septiembre de 1965), Mitterrand llevaba años de ser uno de los adversarios más intransigentes a las políticas de De Gaulle.



Mitterrand se presentó como un "candidato republicano" que no representaba una organización política en particular, sino que estaba dispuesto a aceptar a todos los grupos "progresistas" que quisieran apoyarlo. En su plataforma electoral, el jefe de la UDSR proponía disminuir los poderes presidenciales en lo concerniente a la convocatoria a los referéndums y a la declaración del estado de emergencia; derogar a las impopulares restricciones al derecho de huelga; reanudar plenamente la participación de Francia en la CEE (fin de la política de "silla vacía"); reintegrar al país a las conversaciones de desarme de Ginebra; cancelar el programa nuclear; poner fin al giscardiano plan de estabilización económica; efectuar algunas nacionalizaciones de empresas monopólicas; aumentar los presupuestos sociales del Estado (sobre todo en educación);  y disolver de inmediato a la Asamblea Nacional para que, de acuerdo con la nueva mayoría parlamentaria, se designase a un nuevo primer ministro.

     El programa era plenamente aceptable para la totalidad de la izquierda. Además, Mitterrand fue lo suficientemente astuto como para no fomentar la formación de un "Frente Popular" o de una coalición que comprometiera demasiado a los partidos izquierdistas. Si bien es cierto que la UDSR, el PSU y la SFIO integraron una alianza bastante informal denominada Federación de la Izquierda Democrática y Socialista (Fédération de la Gauche Démocratique et Socialiste; FGDS), el candidato pretendía recibir también el apoyo del sector de izquierda del Partido Radical, de los clubs y formaciones de orientación socialista, e incluso del Partido Comunista, cosa que logró a final de cuentas. Es decir, en escasas semanas, Mitterrand consiguió, mediante pocos formalismos, una interesante unión de toda la izquierda.


     El centro, reunido desde 1964 en "Comité de los Demócratas" (que incluía al CNIP, a los radicales moderados y al MRP) postuló formalmente como su candidato a Jean Lecanuet (45 años), máximo dirigente del Movimiento Republicano Popular, luego de que Antoine Pinay se rehusara a participar en la contienda. El centro tradicional había sido severamente castigado en los comicios legislativos de 1962, y un nuevo resultado desastroso pondría en entredicho su supervivencia. Dependería entonces del buen desempeño de Lecanuet (45 años), el futuro de esta corriente política tan arraigada. Destacaba del programa de gobierno del centro su pronunciado europeísmo (lamentaba profundamente la crisis de la "silla vacía"), su intención de normalizar las relaciones de Francia con la OTAN, la disposición de implementar una política económica menos entregada a Laisser aire y más orientado a una economía social de mercado, y su advertencia de que el país necesitaba de una opción de centro poderosa para el futuro. Sin embargo, a pesar de que Lecanuet contó con el apoyo de respetadas personalidades -como Jean Monnet, Jacques Soustelle y el ex premier democristiano Pierre Pflimlin- al comenzar la campaña las encuestas no dejaban entrever buenas espectativas.

     Candidatos menores fueron: Jean Louis Tixier Vignancourt, postulado la extrema derecha ultranacionalista, famoso abogado que participó en la defensa de connotados militantes de la OAS; el senador Pierre Marcilhacy, apoyado por pequeños grupos liberales;  y Marcel Barbu, dirigente de un amplio movimiento de comunidades cooperativas. 

     El último en dar a conocer oficialmente su candidatura fue el presidente De Gaulle, quien mantuvo el suspenso hasta el 4 de noviembre, es decir, justo a un escaso mes de celebrarse las elecciones. Desde luego, a pesar de su pretendida "indecisión", toda Francia estaba segura, por lo menos desde mediados de año, que el General aspiraría a la reelección. La plataforma gaullista convocaba al país a "continuar con la profunda tarea de renovación nacional que inició en 1958". Además de la UNR-UDT, apoyaron la candidatura de De Gaulle los republicanos independientes, y algunas personalidades destacadas de otros partidos, como el radical moderado Edgar Faure. 

     Al arrancar la campaña (oficialmente, las campañas electorales en Francia duran tres semanas) De Gaulle contaba con una abrumadora ventaja. De acuerdo con las encuestas, el General contaba con más del 60% de las preferencias, porcentaje que, de confirmarse en las urnas, haría innecesaria una segunda vuelta. Empero, las cosas estaban destinadas a no ser tan sencillas. En esta elección presidencial, como en todas las subsiguientes hasta la fecha, fue especialmente importante el papel de los medios masivos de comunicación. Todos los partidos tuvieron acceso gratuito a tiempos en la radio y televisión estatales, lo que fue muy bien aprovechado tanto por Mitterrand como por Lecanuet para dar a conocer sus plataformas electorales. Particularmente beneficiado fue el candidato del centro, el menos conocido de los tres grandes protagonistas, quien empezó a robarle votos conservadores al presidente.



     Día a día, la competencia se hacía más cerrada. Para contraatacar, el presidente también empezó incursionar en los medios. De Gaulle siempre fue un maestro en el manejo a los medios de comunicación. Sus célebres discursos televisados, algunos de ellos históricos, conmocionaban al país, lo mismo que sus numerosas conferencias de prensa. El "don de la palabra" siempre lo acompaño. Sin embargo, en esta ocasión era notorio que su equipo se había confiado demasiado, dejando por mucho tempo el camino libre a los adversarios del presidente, quienes, por otro lado, tuvieron el talento de no identificarse con la clase política del pasado. Tanto Mitterrand como Lecanuet, hombres relativamente jóvenes, evitaron presentarse como representantes de la fallida IV República. Por el contrario, se dijeron miembros de una nueva generación de políticos, con la vista bien puesta en el porvenir, en contraste con el soberbio y anciano General que vivía de sus glorias del pasado. Mitterrand atacó el dudoso récord social del gobierno, mientras que Lecanuet describió la política exterior de De Gaulle (en especial el incidente de la "silla vacía") como un peligro para el futuro de Francia.

     Como resultado de la revitalización de las campañas de la oposición, De Gaulle no pudo conseguir la mayoría absoluta en la primera vuelta. El presidente debió conformarse con el 44.6% de los votos, frente al 31.7% de Mitterrand y el 15.6% del sorprendente Lecanuet. El relativamente buen resultado de este último otorgaba nuevas perspectivas al centro para su supervivencia. Por su parte, los tres aspirantes menores quedaron demasiado rezagados.

      Procedía la celebración de una segunda vuelta, en la que participarían los dos candidatos mejor situados: De Gaulle y Mitterrand. Mucho dependería para definir el resultado la actitud que asumirían los candidatos eliminados. Lecanuet no recomendó explícitamente votar por Mitterrand, pero sí convocó a sus seguidores a no votar por De Gaulle, y destacó las coincidencias entre su programa y el del candidato de izquierda, sobre todo en lo concerniente a la CEE. El CNIP dejó a sus militantes plena libertad de elección, mientras que, en una actitud algo sorpresiva, Tixier Vignencourt llamó a votar por el socialista, como una forma de vencer a De Gaulle "a como diera lugar". A Mitterrand también lo apoyaron Marcilhacy y Barbu. En otras palabras, la totalidad de los candidatos descartados prefería, de una u otra manera, ver derrotado al padre de la V República, factor que, aparentemente, constituía una ventaja para Mitterrand.  

      Las intervenciones en la televisión fueron claves en la lucha por obtener los votos centristas. Mitterrand intentó explotar los temas de política exterior, destacando lo vital que resultaba para Francia el normalizar sus relaciones con sus socios comunitarios y con la alianza atlántica. Esperaba lograr una coalición antidegaulliana informal que resultara definitiva. Pero De Gaulle recordó a sus compatriotas todos los invaluables servicios que había prestado a su patria a lo largo de toda su vida, y solicitó un nuevo mandato para concluir la tarea que él había iniciado, y asegurar así la total rehabilitación de Francia. Además, subrayó los importantes éxitos en materia económica de su administración, y puso en duda lo solidez de la alianza de la izquierda, que, de triunfar, "aniquilaría, sin duda, la preciada estabilidad política, alcanzada con tantos trabajos". De Gaulle hizo todo esto utilizando una retórica poderosa y emotiva. El "don de la palabra" había vuelto a beneficiar a su favorito.

     De Gaulle se impuso en la segunda vuelta con una ventaja de diez puntos porcentuales. Era claro que los electores centristas habían ignorado las directrices de los partidos. Empero, este constituyó  un resultado magro para el héroe de la Résistance. Aunque el presidente garantizó un nuevo mandato presidencial, durante la campaña se habían hecho evidentes los defectos de los que adolecía el viejo líder: su soberbia frente a la oposición, su errática política exterior y su ausencia de propuestas para enfrentar los problemas sociales del país. En contraste, tanto Mitterrand como Lecanuet salieron muy fortalecidos de la contienda, al quedar convertidos en dos figuras influyentes dentro de la política francesa, para quienes podría haber nuevas oportunidades en el futuro. En más de un sentido, la elección de 1965 marcó el inicio del declive del gaullismo.

     Otra característica de los comicios de este año fue la elevada personalización de la campaña electoral, fomentada en buen grado por los medios masivos de comunicación. La importancia de los partidos y los programas de gobierno quedaba relegada frente a las figuras personales de los candidatos. Este fenómeno se ha confirma cada vez que lo franceses acuden a las urnas para elegir a su presidente.